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La diva cumple 100 años

Fedora Alemán es considerada la “primera gran cantante lírica de Venezuela”

Fedora Alemán es considerada la “primera gran cantante lírica de Venezuela”

Fedora Alemán, considerada la "primera gran cantante lírica de Venezuela", celebrará un siglo de vida el próximo 11 de octubre. Aclamada en escenarios mundiales, se ha sentido orgullosa de ser también profeta en su tierra. Hoy en día sigue recomendando, como secreto de juventud eterna, la buena respiración

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Respirar es su secreto. La respiración siempre la mantuvo joven y activa, la escoltó en su arte y sigue siendo su aliada ahora, cuando está a punto de cumplir 100 años de edad. "Respiro a fondo siempre", confesaba en una entrevista en 1982. Todavía aconseja hacerlo a sus familiares y amigos. Para ella es sinónimo de vida. Ella misma es un ejemplo.

Fedora Alemán nació en Caracas el 11 de octubre de 1912. Recorrió el mundo entero, expresando toda la intensidad de sus emociones y su apego a la vida a través de su voz de soprano. Por más de 50 años, la diva –que el periodista Lorenzo Batallán comparó con un "cisne neoclásico"– logró mantenerse en el escenario con la voz prácticamente intacta. Es, a juicio de su alumna, la mezzosoprano Isabel Palacios, "la primera gran cantante que tuvo Venezuela".

Ahora no sale mucho. Vive en calma en su apartamento de la urbanización Santa Rosa de Lima, localizado en una calle que fue bautizada, en su
honor, Fedora Alemán. Su última aparición pública fue en mayo de 2011, cuando asistió a la inauguración de la sala que también tiene su nombre en el Centro de Acción Social por la Música. Estaba elegante ese día, con un vestido azul eléctrico, perfectamente maquillada.
Modestísima, dijo unas palabras: "No lo merezco realmente". El director fundador del Sistema de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles, José Antonio Abreu, dijo de ella en esa ocasión: "Es una artista emblemática de América Latina, dotada de un espíritu penetrante y generoso".

Aunque pasa todo el tiempo en su casa, la disfruta, le encanta mirar la ciudad desde el enorme balcón con vista privilegiada. Goza de sus plantas. También de la música. De su música. "Casi a diario le ponemos alguno de sus discos, tararea, se alegra mucho", cuenta su nuera, Mariela Villegas, que vive con ella. Se mantiene enterada de todo, lee el periódico y las revistas de moda. Como siempre. Sigue coquetísima, relata la nuera. "Está pendiente del espejo, ella misma se maquilla". Sigue cultivando su belleza.

Pocos amigos la visitan, los de su edad ya no están. Siguen pendientes de ella sus colegas más jóvenes, sus alumnos y, por supuesto, sus tres hijos y nueve nietos. La cantante Margot Parés Reyna la considera un ejemplo: "Logró la cima tanto en la carrera como en la vida familiar".

Vida llena
En su hogar, Fedora Alemán también recuerda. Recuerda la vieja Caracas, su niñez en la casa ubicada de Sordo a Peláez, sus estudios en el colegio San José de Tarbes donde era la niña musical, sus incursiones en la radio. Sobre su infancia, en 1977 dijo: “Fui una niña insignificante, muy introvertida, miope; todo eso me hizo tener un mundo mío, pero llegó el momento en que quise expresarme de algún modo”.

A los 15 años de edad estudia en la Escuela de Música y Declamación, en Santa Capilla. Aunque le decían que no era una profesión, perseveró;
era lo que amaba. “Me trazo metas. Yo quería ser cantante y lo fui. Con una voz pequeñita logré más que aquellas que tenían grandes voces”, dijo en una entrevista en 1988.

En 1935 viaja a Estados Unidos para estudiar. Allí conoce al director Mario Di Polo, con quien se casó en 1938. Se radica en Venezuela. Comienza a dar conciertos y protagonizar óperas, pero nunca descuida su labor materna, según recuerda su hijo, el músico Frank Di Polo. “Siempre estaba presente la madre. Ella es un ser único que, como artista, sembró en mí la música, saber respirar la melodía”.

En 1961 se fue a París a estudiar pedagogía musical, pues pensaba retirarse. Allí le ofrecieron una audición en el Mayo Musical de la ciudad de
Bordeaux. Le tentó la oferta. Fue seleccionada. “Las críticas fueron tan elogiosas que nunca me atreví a mandarlas a Caracas porque pensaba que aquí las encontrarían exageradas”, relató en una entrevista. En sus giras, siempre incluía música de compositores venezolanos y latinoamericanos. Creía en el país. “A Venezuela la habitan gentes, no barriles de petróleo”, dijo en 1963. También afirmó: “Sí soy profeta en mi tierra”.

Prefabricada
Los grandes escenarios le abrían las puertas.Iba cada año a Europa. Era un fenómeno. La cantante Zaira Castro la reconoce como un ejemplo para otros artistas: “Ella nos da la sensación de que en el arte siempre se puede ir más allá”.

Pero los humos no se le subieron a la diva. En 1977 ganó el Premio Nacional de Música y dijo que le gustaba mucho presentarse en los pequeños pueblos: “Ni quiero ser elitesca ni lo soy. Créanme, nada más agradable que cantarle a un público fresco, desprevenido, puro”.

La obra con la que mejor se sentía cantando era Las Bachianas de Heitor Villa-Lobos. Sentimiento recíproco, pues ese compositor brasileño dijo
que Fedora Alemán había sido la mejor intérprete de esa pieza. Muchos otros músicos se inspiraron en ella para componer, como el español
Joaquín Rodrigo, que le compuso la pieza Pájaro de Agua. Quedó viuda en 1975. Pero la vida le dio la oportunidad de otra historia de amor. En
1983 –a los 71 años de edad– se casa con Ernesto Blanco Uribe.

Fedora Alemán siempre insistió en que era una artista “prefabricada”, que creció gracias al estudio. A los 76 años de edad aseguraba que su voz
había cambiado poco: “Yo creo que el milagro Alemán es que a mi edad todavía tenga una voz fresca, vocalizo diariamente media hora. Yo creo que ese es el arte de no envejecer: practicar todos los días para poder hacerlo mañana”. Nunca dejó de estudiar. Isabel Palacios destaca: “Nunca vi un día que no estuviese centrada, que no fuera reina en el escenario, hacía de la curva del piano una escenografía, expresaba hasta con su sonrisa, con esos ojos vivos”. Sonrisa y ojos que siguen brillando ahora en su balcón, mientras mira su querida ciudad, escucha su propia música y respira.