• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

“Algunas me han dicho que no y no te imaginas lo que me ha dolido”

El autor colombiano Gabriel García Márquez | AP

El autor colombiano Gabriel García Márquez | AP

Una entrevista perdida a Gabriel García Márquez. Elizabeth Fuentes y Nelson Hippolyte, dos de los periodistas venezolanos que en el argot de hoy llamarían “duros” y que como tales marcaron con singularidad el género de la entrevista, lograron en 1990 vencer la resistencia del nobel colombiano al grabador. Un documento que cobra valor en estos días cuando el escritor, fallecido el 17 de abril, es ahora memoria, letras y cenizas

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Entre 1989 y 1991 Gabriel García Márquez visitó Venezuela más que cualquier otro país. Hizo no menos de 15 viajes. Tan seguido se le veía en Caracas que llegó a pensar en voz alta si valdría la pena comprarse un apartamento aquí. Estuvo en febrero de 1989 en la llamada “Coronación de CAP” en el Teatro Teresa Carreño e innumerables veces después de la caída del Muro de Berlín, ocurrida en noviembre de ese año. Una vez instalado su amigo Pérez en Miraflores se bañó en las aguas marinas de La Orchila y disfrutó una tarde de toros en la Feria Internacional de San Sebastián, en San Cristóbal. Tres asuntos fundamentales originaban las expediciones del escritor a Venezuela: el proyecto de creación de una escuela nacional de cine, que sería una extensión de la de Santiago de Los Baños, en Cuba; la salvación de Colombia, que por esa época parecía ahogarse en sangre con el asesinato de tres candidatos presidenciales, y la redacción de un documento de pensadores latinoamericanos sobre la celebración del Quinto Centenario del Encuentro entre América y Europa.

En 1990 quien hace esta introducción era estudiante tardío de Comunicación Social en la UCAB, tenía cédula de extranjero y vivía con sus padres y hermanos en un pequeño apartamento de San Bernardino. No existían los celulares, tampoco Internet, ni alguno de esos juguetes tecnológicos con los que hoy la gente está y no está al lado de uno. No teníamos carro, así que La Guaira quedaba lejos, y la vida de universitarios giraba en torno a la Cinemateca Nacional y al café Rajatabla, adonde podíamos ir sin miedo a que nos asaltaran en el regreso a casa. Así, los domingos se iban apagando con la tristeza de ver cómo nos “caíamos” en las carreras del 5 y 6, leyendo y recortando artículos de El Nacional, Semana y El Tiempo y preparando el material para las clases del lunes.

Pero había un entretenimiento que se había revaluado, la radio, gracias al boom de las FM. Entonces los domingos eran, además de días de televisión, días de radio en la minúscula sala del apartamento 2B del edificio Zenith.

El corazón de la casa era el equipo de sonido “tres en uno”, que permitía escuchar radio, poner elepés y escuchar y hacer grabaciones en cassette. Entones nuestros ídolos eran los locutores que nos ponían al tanto de las novedades musicales del mundo y algunos periodistas a los que teníamos por modelos del futuro oficio. Entre estos últimos estaban Nelson Hippolyte y Elizabeth Fuentes, que conocíamos de “oídas” como los irreverentes de Feriado, el iconoclasta magazine dominical de El Nacional, que era tan importante para nuestra formación como los mamotretos que nos mandaban a leer las temibles profesoras Aguerrevere y la Balbás. Por supuesto nos hicimos seguidores de su programa de radio, cuyo nombre y contenido evocaban una de las secciones más seguidas de aquella revista: La propia y El chimbo… o La chimba y El propio.

Una de esas tardes La propia y El chimbo nos anunciaron que el programa no iba a ser cualquier programa. Y en efecto no lo fue. Sin calcular a quién pertenecía el cassette que estaba en el equipo aplicamos récord-play. No hubo tiempo para el review. Y así quedó grabada la cinta TDK: desde la mitad del lado A hasta la mitad del lado B. Siempre supe que era un documento importante y así la conservé entre los libros y papeles que me acompañan desde siempre.

Aunque el interés del programa es la voz de Gabriel García Márquez, la antesala que hicieron Fuentes e Hippolyte resulta, a mi juicio, tan valiosa y entretenida como la entrevista. Por ello este rescate en el tiempo no podía ser solo una transcripción de preguntas y respuestas. Además, el hecho de que el novelista se haya dejado grabar, como lo remarcan los dos periodistas, hace de este un documento toda una rareza.

Sin más, hagamos como que sintonizáramos Radio Capital un domingo cualquiera de 1990:

PRIMERA PARTE (Presentación)

Elizabeth Fuentes: —Aquella vergüenza…

Nelson Hippoliyte: —Aquella vergüenza. Y además La cándida Eréndida y su abuela desalmada. Yo dije, yo no me pierdo que me firme este libro. Y Elizabeth con su camarita… y entonces empezamos a hacerle guardia en el lobby del hotel. Espera, espera y espera. Por ahí viene. ¿Sabes qué recuerdo? Que así son las audiencias papales, allá en Roma. Uno está en un gran salón, con miles de personas. Y todo el mundo está eufórico porque viene el papa. Entonces de repente, alguien dice: “Ahí viene el papa”, y todo el mundo se para a aplaudir y no viene nada. Y en ese plan estás como 15 o 20 minutos y nada que viene el papa, hasta que al final llega y la gente se desborda.

EF: —Así estuvimos Nelson y yo, esperando al papa.

NH: —Esperando al propio papa, al propio Nobel de las letras hispanoamericanas: Gabriel García Márquez. Y nada, nada que llegaba. ¿Y vendrá? ¿No vendrá? Que ya viene, que está en el Palacio de las Academias, que viene solo, que no sé qué. De repente, entonces, nos paramos. Dije: “Elizabeth, vamos a tomarnos algo”. “No podemos movernos”, dice ella.

EF: —A la hora y media llegó, más o menos.

NH: —Hora y media, exacto. Elizabeth se levanta como un resorte y dice: “Ahí viene”, y efectivamente ahí venía. No estaba de liquiliqui. Estaba, se puede decir, impertérrito.

EF: —Impertérrito.

NH: —Impertérrito. Estamos muy cultos hoy y sacando todas las palabras de domingo. Entonces, efectivamente venía.

EF: —Cual papa.

NH: —Cual papa, con una señora que después nos enteramos de que era su mamá. Dos hermanos, una niñita y otra persona más. Venía caminando lento. Y yo pensé: “Qué tono se da este señor”, que caminaba tan lento, mirando para todas partes, así como diciendo: “Estos infelices”. No tanto, no vamos a ser tan exagerados, pero casi.

EF: —Vamos a decir la verdad, nos cayó malísimo la primera vez.

NH: —Realmente. Y después de esperar una hora, nos acercamos. “¿Gabriel García Márquez?”. “Sí”. “Cómo está, somos Elizabeth Fuentes y Nelson Hippolyte”. “Ah, sí, bueno, van a tener que esperar”. Yo no sé en verdad lo que dijo. ¿Qué fue lo que dijo, Elizabeth?

EF: —“Ya va, es que se me complicó la cosa”, no sé qué, y siguió caminando.

NH: —Siguió caminando y desapareció.

EF: —Y nosotros no sabíamos si teníamos que seguir esperándolo, si nos iba a dar la entrevista. Él balbuceó: “Es que ando con la mamá a cuestas y se me complicó la vida”, y fuíquiti.

NH: —Bueno, entonces desapareció. Y nosotros seguíamos esperando en el lobby. La una de la tarde, las dos de la tarde...

EF: —Y aquella hambre.

NH: —Y aquella hambre. Y entonces Elizabeth dice: “Llamémoslo”. “Oye, no, pero me da pena, qué estará haciendo? Pero decidimos llamar, somos periodistas y hay que echarle pichón, como dicen. Y efectivamente llamamos. “Ah, no, él está en el baño”. “Él está en el baño, llámelo más tarde”. No entendimos si lo teníamos que esperar en el teléfono o esperarlo en el lobby. No sabíamos qué iba a hacer. Entonces seguimos esperando. Dos horas. Las dos de la tarde, las tres de la tarde. A Elizabeth el hambre la tenía a millón.

EF: —Y de repente se abre el ascensor. Por supuesto estábamos haciendo guardia en el ascensor y se abre, y sale toda la familia, menos él.

NH: —Menos él, y nosotros pensamos: bueno, todavía estará en el baño.

EF: — Hasta que dijimos: bueno, chico, vamos a almorzar tranquilos.

NH: —Echa tu cuento como es. Ya tú querías tirar la toalla y tú dijiste vámonos.

EF: —Ya yo estaba obstinada.

NH: —Elizabeth cámara, libros, todo en la mano: “Yo no le voy a dar...”.

EF: —El único hombre que me ha dado una rabia horrible. Jijiji.

NH: —Fuimos a comer al... ¿cómo se llama? Yo no sé cómo se llama, pero está cerca de la piscina. Había un tremendo "bifée", porque no se puede decir “bufée”, jaja.

EF: —Descubrimos que él se había escondido, no sabemos cómo. Mandó la familia adelante y se escondió, no sabemos por dónde. De pronto pasamos por uno de los restaurantes del Hilton y ahí estaba él, con la familia, almorzando, y más rabia me dio.

NH: —Lo molestamos, no lo molestamos. ¿Qué hacemos? Estaba hablando tan tranquilo. Ya eran las tres o las tres y media de la tarde. Entonces subimos a la piscina, y ahí conocimos a esta famosa actriz que está en Roque Santeiro y Vale todo. ¿Cómo se llama ella?

EF: —La protagonista de Vale todo (Regina Duarte)

NH: —Esa misma.

EF: —También estaba Rubens de Falco.

NH: —Había un gentío. Aprovechamos de comer las mejores carnes, los mejores platos, con una música chimbísima, porque se quedaron en los años cincuenta, “El pájaro chogüí” y no sé qué otra cosa.

EF: —Comiendo con aquella cara de derrota.

NH: —De derrota y dijimos: “Se acabó la entrevista con García Márquez”. Pero de repente viene otra vez la familia en cambote. Y yo digo: “Elizabeth, voy a preguntar al hermano dónde está García Márquez, que cómo es posible”. Me acerco y le digo: “¿Mire, usted es el hermano?”. “Sí”, respondió Jaime, que creo que se llamaba. “Él los está buscando, es que se le olvidó que ustedes estaban allí”.

EF: —Di la palabra, porque es buenísima. “Se olvidó que esos ‘muchachos’ lo estaban esperando”. Jijiji. Que estaba angustiadísimo y corrió pal lobby a buscarnos. Imagínate eso.

NH: —Y que estaba en el lobby buscándonos.

EF: —Eso sí es propio, García Márquez buscándolo a uno. Jiji

NH: —Y Elizabeth, “sí ponte a creer”. Y efectivamente nos estaba buscando.

EF: —Tan lindo, sí.

NH: —Y eran las cuatro de la tarde. Yo le dije: “Bueno, y ¿dónde vamos a hacer la entrevista?”, y él nos dice: “Aquí abajo”. “No, el ruido, esto es para la radio, el ruido, que no se qué”. Y él respondió: “Es que si los llevo a mi suite se van a quedar más de una hora y no puedo”. Pero como que le caímos en gracia, y empezó ahí una cosa muy buena, una rapport excelente. Subimos y él con su tarjetica. Tú sabes cómo son esas puertas de las habitaciones de los hoteles, que se abren con tarjeta. Él dijo que nunca servía, pero le abrió. Una tremenda suite con chocolates, flores y una vista maravillosa de Caracas, y ahí empezamos la guerra de preguntas.

EF: —Y después sí nos cayó superbién porque en verdad es una persona extraordinaria. Lo que pasa es que tiene razón. Él se fastidia cada vez que va a cualquier país le caen 50 periodistas con las mismas preguntas. Pero bueno, el deber de uno es entrevistar a García Márquez, como se lo dijimos ahí. Nada qué hacer.

NH: —Nada qué hacer.

EF: —El señor García Márquez durante la entrevista dijo como tres o cuatro groserías. Entonces, como está prohibido decir groserías en radio...

NH: —Ni siquiera que sea un Nobel.

EF: —Ni siquiera que las digan los Nobel, el hombre experto en las palabras. Cada vez que él diga una grosería Abraham me va a hacer una seña y yo voy a decir “Piiiii”, como en la televisión. ¿Sirve? jijiji. ok. Dale, pues…

SEGUNDA PARTE (La entrevista)

Nelson Hippolyte: Usted dijo que todas las entrevistas que le hacían eran iguales y las preguntas lugares comunes. Entonces los periodistas enfrentamos una doble angustia con usted: conseguir la entrevista, que es casi una tragedia y una apoteosis, y luego, que sea distinta. Lo malo es que todas las preguntas como que ya fueron inventadas. ¿No cree usted?

Gabriel García Márquez: ­Yo he dicho. ¿Qué es lo que dije? Porque es que la mitad es cierta y la otra mitad no. ¿Cómo es?

NH: —Que todas las entrevistas que le han hecho hasta ahora eran iguales, y eran lugares comunes y eran fastidiosísimas.

GGM: —Yo he dicho que todas las entrevistas que me hacen ya son iguales. Nunca he dicho que las preguntas que me hacen sean lugares comunes, sino que ya me han hecho las mismas preguntas. Ahora, cuando yo huyo de las entrevistas y no quiero hacerlas no es porque me parezca que son malas, sino por protegerlos a ustedes. Yo estoy absolutamente seguro de que con tantas entrevistas que me hacen, cuando el lector abre, dice: “¿otra entrevista de García Márquez? Cónchale, otra entrevista de García Márquez”. Y si se fijan por casualidad en el nombre del entrevistador ya se desprestigia. Ese es mi problema.

—Elizabeth Fuentes: Pero más triste es que García Márquez pase por Caracas y nadie lo entreviste.

GGM: —Esta es la entrevista número 22 o 23 que he hecho y siempre me dicen que nadie me entrevista.

NH: —¿Por qué se imagina usted que nosotros estamos aquí?

EF: —Piiiii

GGM: —…Porque podrían estar haciendo algo más útil, que le interesara más a alguien.

EF: —¿Sabe qué pasa? Es que usted forma parte de la mitología de los periodistas latinoamericanos. Hay gente que dice que entrevistarlo a usted es prácticamente un orgasmo profesional.

GGM: —Yo te puedo asegurar que hay orgasmos mejores.

NH: —¿Qué opina usted de la obra de Isabel Allende, que dicen que es la García Márquez mujer?

GGM: —Nunca he dado un concepto sobre otro escritor.

NH: —¿Por qué? ¿Por prevención?

GGM: —Por solidaridad, porque si tengo una duda no tengo que decirla; y entonces, para evitar que tengo una duda tampoco digo las dudas que no tengo.

NH: —¿Pero la ha leído?

GGM: —Sí, claro. Yo tengo que leer a todos los otros escritores, sobre todo a los latinoamericanos para mantener a raya a la competencia, saber cómo vienen las cosas.

EF: —¿Qué es exactamente lo garciamarquiano? Porque es ahora un adjetivo. ¿Usted también es garciamarquiano?

GGM: — Yo tengo años de estar leyendo todas las críticas que se escriben sobre mí tratando de entender qué es lo que quieren decir con lo garciamarquiano, y todavía no he podido entenderlo. No he podido saberlo realmente.

NH: —¿Pero no lo intuye? ¿No ha hecho algún análisis de por qué se ha convertido en una referencia, en una especie de adjetivo?

GGM: —Yo preferiría un sustantivo. De veras, no es broma. A mí me dicen tal libro es plagiado o se parece mucho o está inspirado en un libro tuyo. No lo identifico. Es como si uno fuera incapaz de reconocer a sus hijos.

EF: —Antes le decían “Pichón de Proust”, “Faulkner colombiano”, ahora se da el lujo de que por Los hijos de la medianoche digan que Salman Rushdie es el García Márquez de la India.

GGM: —Sí, lo que pasa es que la vida no la para nadie. La vida va pasando y los jóvenes nos vamos volviendo viejos y los viejos nos vamos volviendo muertos. En eso no hay nada que hacer.

EF: —¿Y cuán viejo y cuán muerto está García Márquez hoy día?

GGM: —Siempre dicen que está más muerto que vivo, yo sé que está más vivo que muerto. A mí me tumban pataleando.

EF: —Bryce Echenique, el escritor peruano, dice en su obra Martín Romaña, o el protagonista Martín Romaña dice que a él le gustaría volverse loco un ratico. ¿A usted también?

GGM: —A mí me gustaría volverme cuerdo un ratito. Debe ser un grande caso.

NH: —Usted en el año 55, cuando vio la nieve, dijo o dicen que se volvió loco. Hoy en día ¿por qué se puede volver loco García Márquez?

GGM: —Tres o cuatro veces al día, sobre todo en Caracas, con tantas reinas de la belleza sueltas que andan por ahí.

EF: —Eso significa, sospecho yo, que ninguna mujer le dice que no a García Márquez.

GGM: —Algunas me han dicho que no y no te imaginas lo que me ha dolido.

EF: —¿Qué le ha dolido? ¿El ego? ¿La ambición? ¿La aspiración? ¿El sentir que un Nobel a la hora de la verdad no es nada?

GGM: —No, qué va, a la hora de la verdad un Nobel es mucho. No se miden los nobeles por los nobeles de las mujeres.

NH: —Lo que pasa es que usted, yo creo, le ha dado prestigio al Nobel. El Nobel se ha hecho más prestigioso desde que se lo dieron a García Márquez, porque se lo han dado a otros y no ha habido este éxito. Y usted sigue siendo, a pesar de los años, cada día más vedette.

GGM: —Pero eso no es culpa ni del Nobel ni culpa mía, es culpa de ustedes. Yo trato realmente de pasar totalmente inadvertido y no lo consigo. Se suponía que venía el lunes. De pronto me puse a pensar: eso debe saberlo ya media Caracas, va a estar aquello lleno de gente. Y me vine el domingo. Y llegué y no encontré taxi.

NH: —Quiere decir que usted ha agarrado las técnicas de Fidel. Es decir, que cambia los días, se mete por ductos, por puertas falsas, se enconcha.

GGM: —Fidel por razones de seguridad, y yo por razones de inseguridad. Llegué. Pero fíjate que llegué al aeropuerto y no había taxi, me cansé de buscar taxi. Tuve que llamar por teléfono a un amigo, que cuando se enteró fue a buscarme con una cantidad de gente, hasta con cámaras de televisión.

EF: —Hay una frase que me gusta mucho en relación con personajes como usted. Dice: Persigo al mito que hice de mí y siempre estoy en deuda conmigo mismo. ¿Quién hizo su mito? ¿Por qué cree usted que es un mito, una vedette? ¿Cómo usted construyó eso?

GGM: —Eso me sucedió por timidez. La verdad es que yo quisiera que nadie se ocupara de mí, que nadie me reconociera. Entonces tengo esas técnicas fidelistas de que hablaba nuestro amigo. Y tengo muchos recursos para tratar de pasar inadvertido.

NH: —¿Cuáles son esos recursos? Tiene que decirnos aunque sea uno.

GGM: —Por ejemplo, esta es mi habitación del hotel. Acá me meten toda clase de papeles, me llaman por teléfono, etcétera. Yo no vivo aquí. Yo tengo esta habitación como un polo de atracción falso porque necesito que todo se concentre aquí y yo vivo tranquilo en otro hotel.

NH: —Una de las necesidades básicas del ser humano es el reconocimiento, el ser admirado. ¿Usted se cansó de ser famoso o es una falsa modestia de que ya no quiere ser reconocido? ¿Eso no es muy sabroso?

GGM: —Como tiendo a no dejarme ver mucho, entonces como que se vuelve más intrigante la personalidad y sin darme cuenta me ha salido el tiro por la culata.

EF: —¿Usted sabe lo que es una rosca aquí en Venezuela? Un grupo de amigos incondicionales. ¿Su rosca serían Fidel Castro, Robert Redford, Carlos Andrés Pérez? ¿Quién es su rosca?

GGM: —Aquí en Caracas mi rosca son mis hermanos, para empezar. Y toda una cantidad de amigos de los tiempos en que éramos felices e indocumentados.

NH: —¿Y del mundo?

GGM: —Y del mundo lo mismo. Lo que sucede es una cosa: que toda esa muchachada que andaba haciendo lo mismo hace 40 años ha crecido, ha envejecido y algunos han tenido la desgracia de llegar a ser presidentes de la República.

EF: —¿Pero usted se cansó de ser famoso?

GGM: —No, no es que me cansé. Es que realmente no hay nada más fatigante que eso; no de ser famoso, sino de ser demasiado famoso. La fama sería muy bueno que fuera con botoncitos. Para decir: ahora sí, ahora no. Ahora cero punto tres, cero punto siete. Pero es que es 24 horas al día…

EF: —¿Usted cuántos botoncitos tiene? Usted en una oportunidad dijo que quería tener uno para ser famoso y otro para dejar de ser famoso. ¿Cuáles otros botones tiene o cuáles le gustaría tener ahora?

GGM: —Me gustaría tener todos los botones que fuera posible para hacer cada vez lo que quiero y para no hacer lo que no quiero. Pero sobre todo para que no hagan conmigo lo que quieren, que es el gran problema de la fama, que termina uno a merced de los demás; y lo que uno desea es solo un poquitito de autonomía, de vida privada sobre todo.

EF: —¿Las generaciones del futuro ya no dirán “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”… sino “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía”, etcétera, etcétera?

GGM: —Mira, vale, tú si te has tragao el mito bien tragao.

EF: —Sí.

GGM: —¿Eh? Estás completamente tragada por el mito. Espero que no digan eso.

EF: —¿Por qué? ¿No se lo merece?

GGM: —Espero que no hagan esa cita como si fuera del Quijote. Se siente uno como embalsamao.

EF: —Usted es supersticioso. Las pocas veces que lo he visto lo he visto vestido de blanco, hasta un reloj blanco llevaba en estos días, las flores amarillas. Eso como que le ha funcionado bien, porque le ha ido muy bien en la vida.

GGM: —¿Y tú confundes el buen gusto con la superstición? Es todo lo contrario. La supersticiones van es hacia el mal gusto. La pava, por ejemplo, que ustedes tan bien conocen, creo que es una gran defensa nacional contra el mal gusto. Identificar lo feo con el mal gusto, identificar lo feo con la mala suerte. Yo creo que esa es una virtud venezolana. La ropa que más me gusta a mí es la ropa blanca y entonces le pongo un reloj blanco, porque si no es con un reloj blanco pues no se ve mejor la ropa blanca. Yo sí tengo supersticiones, pero primero no son las supersticiones que todo el mundo conoce, las establecidas, la de lugares comunes, las hereditarias, sino que son más bien presagios, son cosas que de pronto uno tiene así la intuición de que traen mala suerte y busca uno la manera de corregirlo. Pero catálogo de supersticiones, no. Ni tampoco me confundas mi ropa, porque me cuesta mucho trabajo encontrar mis relojes; que tengo colección, además.

NH: —¿Cuántos tiene?

GGM: —No sé, voy comprando relojes por ahí. ¿Sabes por qué? Porque cuando estaba muchacho soñaba con tener un reloj de pulsera y no pude.

NH: —De esas supersticiones o de esas premoniciones, ¿podría darnos un ejemplo?

GGM: —Ah, no, muchas, casi todas están en mis libros. Todas las que tiene el coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad han sido mías; y reales, además. ¿Cuáles son? Ya no me acuerdo.

NH: —Por ejemplo, las rosas amarillas, el liquiliqui negro. De los colores, el blanco es apertura, el negro es rechazo. No son supersticiones, sino creencias. De alguna manera usted se ha adentrado en ello, y nuestro pueblo, el Caribe, Colombia, Venezuela, son muy supersticiosos, y tienen mucho que ver con la magia. ¿Usted, por ejemplo, cuando va a escribir no tiene alguna superstición? Hay gente que dice que si ve, yo no sé si era Asturias o Carpentier, que decía que si veía a una persona pavosa no seguía escribiendo.

GGM: —Bueno, pero yo nunca he usado un liquiliqui negro.

NH: —Eso está en una entrevista con José Pulido en la que describe que usted estaba con un liquiliqui negro. Debe ser parte de la fantasía.

GGM: —Hazle a José Pulido la entrevista y pregúntaselo, porque en mi vida he usado un liquiliqui negro. Pero me quedé pensando que a lo mejor es bonito tener un liquiliqui negro.

NH: —Por supuesto, es elegantísimo.

GGM: —Yo con la escritura no tengo supersticiones. Tengo muchas supersticiones con la vida, pero con la escritura no tengo, porque la escritura es en sí misma un acto de conjuro, un acto que derrota todo maleficio. Esto te lo digo: para mí los dos grandes amuletos que hay en este mundo es escribir y la proximidad de las mujeres. Cuando uno está cerca de una mujer no puede sucederle absolutamente nada malo.

EF: —¿Usted está de acuerdo en que el amor es una revolución de a dos?

GGM: —Podría haber definiciones mejores. La soledad de dos en compañía, decía Campoamor. ¿Sería más bien un orden de dos? ¿No se reordena todo el universo cuando dos se encuentran y se entienden? Miren que la palabra revolución está bastante resquebrajada últimamente, está cayendo con el Muro de Berlín. Ten cuidado. Jaja.

EF: —Usted ha dicho presagio y conjuro. ¿Hay alguna palabra que en particular a usted le encante, por el sonido o el significado?

GGM: —Sí, nostalgia, jitanjáfora. En general, las esdrújulas son muy bellas. Pero es por épocas. En unas épocas me gustan unas, en otras épocas me gustan otras. Con las flores me sucede. Yo tengo el problema de que me dicen que a la orilla del mar no hay geranios, pero es una flor tan bella que con tal de escribir geranios los pongo a la orilla del mar, y que se los coman los gatos donde sea.

NH: —Usted vivió supuestamente en los altos de un burdel. ¿Es cierto o falso?

GGM: —No. Es el problema de las palabras. Era un hotel de paso, lo que se llama ahora un motel porque se entra en automóvil. Antes éramos pobres, no teníamos automóviles, subíamos las escaleras a pie, entonces se llamaba un hotel de paso. Era una razón práctica, casi inevitable, era un hotel de paso que estaba muy cerca del periódico donde yo trabajaba, que era un matutino, entonces trabajaba de noche, El Heraldo de Barranquilla. Descubrí, y no por casualidad sino por experiencia, que el mismo peso con cincuenta que se pagaba por una hora acompañado, se pagaba solo estando 24 horas.

NH: —¿Era muy ruidoso?

GGM: —No, al contrario. Acuérdate de lo que decía Faulkner: que el sitio ideal para vivir es un burdel porque por la mañana es muy tranquilo, que son las horas buenas para trabajar, todas las noches hay fiesta y está uno en buenos términos con la policía.

NH: —¿Y el burdel es la propia escuela?

GGM: —¿Cómo la propia escuela?

NH: —La propia escuela del amor

GGM: —Fíjate que hubo una cosa que a mí me interesó mucho. A la edad que tenía yo, estaba por los 20 años, uno ve a las muchachas que viven en los moteles, en los burdeles, esas pobres muchachas que las señoras decentes llaman… (putas)

EF: — Piiii….

GGM: —…siempre las ve uno casi como objetos y viviendo ahí eran mis compañeras de hotel, me invitaban a desayunar, me prestaban el jabón para bañarme. Fue una revelación para mí descubrir que eran seres humanos, y no solo seres humanos, sino gente que habían vivido mucho y que tenían los pies bien puestos sobre la tierra. Casi podría decir que la gente menos… (puta).

EF: —Piiii…

GGM: —…del mundo son las… (putas)

EF: —Piii…

NH: —Según lo que hemos hablado. Hay muchas cosas que le hicieron falta o que quiso tener en su juventud o en su niñez, entre ellas los relojes. ¿Qué otra cosa ha anhelado y ya la tiene o todavía no ha conseguido?

GGM: —Lo que más quisiera tener otra vez es la juventud, por una razón que en alguno de los libros yo digo: que la madurez siempre llega demasiado tarde, y que uno la obtiene cuando ya no sirve para nada. A mí me gustaría madurarme otra vez, pero con la experiencia de ahora. Uno dice, si yo hubiera sabido que la cosa era así pues no hubiera ido por acá sino por acá. Y eso me ha llevado a una conclusión, a una certidumbre irreparable, que si uno no cometiera jamás un error en su vida no se moriría nunca. Que uno se muere es por un error, por un error que uno comete. Si no hubiera un tropiezo, si uno supiera exactamente qué decisión hay que tomar en cada segundo iría eludiendo la muerte eternamente. Pero lo que pasa es que cuando uno tiene esta certidumbre, a esta edad, ya cuántos errores habrá cometido. Ahí si ya está más muerto que vivo.

NH: —¿Y la vejez corporal le pesa? ¿La siente?

GGM: —La verdad es que a mí me inquieta un poco, porque yo creía que se sentía más, y no se siente porque debe ser que uno toda la vida se siente viejo y no lo sabe.

NH: —¿Y cuál es su gran error? ¿Qué error le pesa?

GGM: —¿El más grande de todos? No haber aprendido inglés a tiempo.

EF: —¿Y no es una angustia ser GGM y no poder meter la pata? Tener que decir siempre cosas geniales

GGM: —Esta entrevista demuestra que no tengo ninguna preocupación por decir imbecilidades públicas. Entonces la falla no es esa. No, lo que pasa con ser García Márquez es que se cansa uno de ser García Márquez, porque tienes que ser García Márquez las 24 horas del día. El día que uno deja de serlo se lo reprochan. La otra noche cuando entré al hotel, había un tour de muchachas de Barranquilla, señoras de Barranquilla, y me reconocieron. Con todas me fotografié, a todas les firmé autógrafos. Estuve una hora con ellas haciendo todo lo que ellas quisieron. Había una de ellas que se había atrasado y llegó en el momento en que yo materialmente no tenía tiempo. Entonces le dije que no, que no podía. Y me fui. Y me dijo “Ay, que grosero”. Y cuando bajé, el ruido que había abajo era que yo había encontrado un grupo de barranquilleras y me había puesto con una cantidad de groserías que era absolutamente increíble. Ese es el problema de ser García Márquez. Que si tú decides o si eres realmente amable tienes que ser amable siempre, pero cuando no lo eres no te lo perdonan.

EF: —¿Podemos hacer un jueguito rápido? Es un jueguito de muchachos, pero es bien simpático para conocer a la gente. Si García Márquez fuera un animal, ¿qué animal sería?

GGM: —Pero seguro, burro.

NH: —¿Y si fuera un planeta?

GGM: —Neptuno.

EF: —¿Y si fuera una comida?

GGM: —Arepa.

NH: —¿Si fuera un político?

GGM: —¿Qué quién sería yo si fuera un político? Fouquet.

NH: —¿Por qué?

GGM: —No. Estás preguntando otra cosa. Eso es trampa. Este juega ajedrez y de pronto si le da la gana de que el alfil camine como la torre lo pone a caminar como la torre.

EF: —¿Si fuera una herramienta?

GGM: —Sería destornillador y sería feliz de ser destornillador.

NH: —¿Y si fuera una estatua?

GGM: —De sal, la estatua de sal.

EF: —¿Y un órgano del cuerpo humano?

GGM: —¿Puedo saltármela?

EF: —¿Una flor?

GGM: —La rosa.

NH: —¿Una mujer?

GGM: —Yo mismo, pero mujer.

NH: —¿Un cuadro?

GGM: —Un cuadro… un cuadro… un cuadro… espérate a ver… un cuadro… un cuadro… un cuadro del Perugino que vi en el museo de Holanda, que es un joven escribiendo. Es una absoluta maravilla. Hay que irlo a buscar.

EF: —¿Un bolero?

GGM: —“Perfidia”.

NH: —¿Un olor?

GGM: —Un olor… espérate que lo tengo.. un olor… el de la guayaba.

NH: —Eso de la lista de Woody Allen. ¿Usted pudiera nombrar 10 cosas por las que ha valido la pena vivir?

GGM: —Sí puedo nombrarlas, pero no en una fracción de segundo. Necesitaría tiempo, porque no sería honesto decírtelo simplemente por juego. Me parece interesante, las 10 cosas, pero así es imposible, con un micrófono enfrente.

EF: —De repente puede decir tres que en este momento se le ocurran.

GGM: —Así no, es un problema de tiempo.

EF: —Cuándo usted era periodista ¿cuánto tiempo esperó a un personaje para una entrevista? ¿Cuánto tiempo sufrió eso de tener que esperar y esperar, y casi que rogar para que le den una entrevista?

GGM: — Mi obra periodística hasta 1960 está publicada en seis tomos. No hay una sola entrevista. Nunca en mi vida he hecho una entrevista, porque creo que la entrevista es un género falso, en el que ni el que pregunta ni el que contesta cree en lo que está preguntando ni en lo que está respondiendo, sino que están tratando de hacer una especie de ballet para complacer al lector. Y me parece legítimo, pero como periodista nunca la hice.

NH: —Pero usted sabe que la entrevista es la base hasta de los análisis psiquiátricos. Yo no creo que pueda ser así tan tajante, como usted dice.

GGM: —Ya va, pero una cosa es una entrevista psiquiátrica y otra una entrevista periodística.

NH: —Pero una buena entrevista se acerca a la entrevista psiquiátrica.

GGM: —Pues estoy seguro de que a mí no me la ha hecho nadie.

NH: —Yo quisiera hacérsela alguna vez.

GGM: —Eso dicen todos y nadie lo ha hecho.

EF: —¿Eso no sonó como a pedantería?

GGM: —A mí me sonó a pedantería la de él, jajá.

NH: —¿Se puede decir que Cien años de soledad es “La Obra” de García Márquez?

GGM: —No, la obra de García Márquez son sus dos hijos.

NH: —¿Y ellos qué edad tienen, dónde están, quieren ser escritores?

GGM: —No perdonarían nunca que hablara de ellos en una entrevista. Uno tiene 30 años y cuando los cumplió hace poco le hice un truco aritmético que todavía lo tiene preocupado. Le dije, “cuando tú naciste yo era 30 veces más viejo que tú, y ahora no soy más que 2 veces más viejo que tú”. Él es fotógrafo de cine, trabaja muy bien. El otro es menor, estudió y trabaja en diseño gráfico, hace libros, diseña libros, está casado y tiene un nieto de Mercedes porque es sobrino mío.

NH: —¿Usted no tiene nietos?

GGM: —No, yo tengo sobrinos. Los hombres no tenemos nietos, sino sobrinos, los nietos son de las señoras.

NH: —¿Y a ellos no les pesa la fama del padre?

GGM: —Pues hasta ahora no lo han demostrado. Somos muy buenos amigos, llevan todo bastante bien, y no, por fortuna no creo que les pese, si les pesara sí tendría que arrepentirme de algo en la vida.

EF: —¿Eso de no querer ser abuelo significa que además de pedante también es coqueto?

GGM: —Bueno, hemos quedado en que no soy pedante, que el pedante era él. Ahora, el coqueto sí soy yo. La coquetería es una aspiración de supervivencia.

EF: —¿Y cómo seduce García Márquez?

GGM: —Hombre, la única manera de seducir es tratando de que lo quieran a uno.

EF: —Sí, pero por la palabra, por la escritura, por el galanteo. ¿Cuál es su técnica?

GGM: —La única técnica es el cariño. Lo único que la gente quiere es que la quieran. Entonces eso es da que te vienen dando. Uno quiere para que lo quieran.

NH: —¿Usted relee sus libros? ¿Se ha puesto a leer de nuevo por ejemplo Cien años de soledad?

GGM: — Si te doy la respuesta no la crees. Pero aunque no la creas te la voy a decir: nunca en mi vida he releído ninguno de mis libros por miedo de que haya cosas que hubiera hecho de otro modo y que ya se quedó así porque tomé siempre la decisión de no corregir los libros una vez publicados. Cuando vi El Coronel no tiene quien le escriba en el teatro Rajatabla para mí fue un espectáculo mejor y más gratificador que para cualquiera de los espectadores, porque fui descubriendo cosas que efectivamente a mí se me habían ocurrido hace casi 40 años y que no tenía la menor idea de que verdaderamente eran mías.

NH: —¿Por qué sus obras no han tenido éxito en el cine?

GGM: —Eso tienes que preguntárselo a los directores que han hecho las películas, porque si han sido un fracaso no es un fracaso mío. Pregúntaselo a ellos porque yo también tengo curiosidad de saberlo.

EF: —¿Cuál fue su último fracaso?

GGM: —Un bolero. Mi último fracaso… pensé que lo eras tú (cantando).

NH: —¿Y ya no baila vallenatos?

GGM: —Todo, yo bailo todo. ¿En el Premio Nobel no has visto la cantidad de fotos mías que hay bailando cumbia, bailando vallenato? Es el único ser humano en toda la historia del Premio Nobel que ha bailado vallenato en Suecia, vestido de liquiliqui, además.

NH: —¿Conserva ese liquiliqui?

GGM: —Sí, lo conservo. Pero no por ninguna cosa memorable, sino que me gusta, pero se usa tan poco que no se acaba. Y son tan coqueto que hago dieta y siempre tengo el mismo peso.

EF: —Una pregunta horrenda y usted verá si me la contesta. ¿Ya se imagina su funeral?

GGM: — Sí, y tengo la infinita fortuna de que no estaré en él.

TERCERA PARTE (Conclusión)

Elizabeth Fuentes: —Yo creo, Nelson, que esta es una de las pocas veces que se ha logrado hacer una entrevista grabada con García Márquez; y me perdonan la echonería, porque ahora parece que tengo la fama de echona. Pero yo recuerdo que lo fui a entrevistar en el año 75. Y a otros colegas también les ha pasado lo mismo: él, en lo que uno le ponía el grabador: “No señor, a mi no me grabe, escriba, no sea flojo”. Siempre decía eso, así que sospecho que no debe haber muchas entrevistas grabadas de García Márquez.

Nelson Hippolyte: —Es más, él dice que él detesta el grabador porque no es capaz de escuchar los latidos de su corazón. Es una especie de símil. Que la gente que usa grabador no se preocupa de lo que él dice sino que lo deja allí. No hay una comunicación más intensa, me imagino. De manera que esta es una rareza que se haya dejado entrevistar con grabador.