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El día que se desató la guerra en América Latina

La prensa vivía el drama de una posible guerra | Foto: Archivo El Nacional

La prensa vivía el drama de una posible guerra | Foto: Archivo El Nacional

El 14 de octubre de 1962, un avión espía U2 fotografió la presencia de cohetes ofensivos soviéticos en Cuba. Comenzaba lo que se conoce como la crisis de los misiles y durante los 13 días siguientes el mundo estuvo a un paso del holocausto nuclear. Esta es la crónica del episodio, de sus causas y de los efectos contraproducentes de su solución

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A las 2:00 de la madrugada del 17 de agosto de 1961, Richard Goodwin, asesor presidencial de John F. Kennedy, sostuvo una larga conversación confidencial con Ernesto Che Guevara. El encuentro tuvo lugar en el frívolo marco de una fiesta ofrecida en su casa de Montevideo por el embajador Edmundo Barbosa da Silva, representante brasileño ante la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALAC). Durante varios días, ambos habían asistido en Punta del Este a una reunión extraordinaria del Consejo Interamericano y Social (CIES) de la OEA, convocada por Estados Unidos con urgencia para que su secretario del Tesoro, Douglas Dillon, le presentara oficialmente a la comunidad latinoamericana los pormenores de la Alianza para el Progreso, desde ese instante polémico de la historia continental, eje central de la nueva política de Washington para la región.


El diálogo o la guerra. A su regreso a Washington, Goodwin le entregó a Kennedy un memorándum con una minuciosa reseña de su entrevista con Guevara, que comenzó con su advertencia al argentino de que él no estaba autorizado a negociar nada con Cuba. “Tampoco yo estoy autorizado a negociar nada”, le respondió Guevara, pero en cambio, le indicó a Goodwin que Cuba estaba empeñada en construir un estado socialista y que esa era una decisión irreversible. Tan irreversible, recalcó, como que Cuba ya no pertenecía a la zona de influencia de Estados Unidos. Reconoció, sin embargo, que su gobierno enfrentaba graves problemas políticos, económicos y financieros, y que ante esa realidad, aunque Cuba no buscaba un entendimiento global con Estados Unidos “porque eso era imposible”, consideraba conveniente para ambas naciones que sus gobiernos trataran de alcanzar “un modus vivendi, al menos, un modus vivendi provisional”. En este sentido, Guevara le planteó, como posibles puntos de partida de esas eventuales negociaciones futuras, lo siguiente:


1. Si bien el gobierno cubano no devolvería las propiedades estadounidenses expropiadas, podría examinar la posibilidad de pagarlas todas, incluyendo centrales azucareros y bancos, con productos cubanos de exportación.
2. Así mismo podría renunciar a establecer alianzas políticas con los gobiernos de Europa oriental, aunque no podría eliminar las simpatías recíprocas existentes entre esos pueblos y el cubano.
3. Aceptaría la celebración de elecciones libres, como exigía Estados Unidos, pero sólo tras un período de institucionalización revolucionaria, que incluyera el establecimiento de un sistema electoral de un solo partido.
4. Por supuesto, Cuba se comprometía a no atacar la base naval de Guantánamo.
5. Aunque a regañadientes, Cuba podría considerar discutir con Estados Unidos las actividades promovidas por la revolución en otros países.

En su memorándum, Goodwin le sugirió a Kennedy que en vista de esta inesperada moderación de Guevara, la Casa Blanca debía promover una política más matizada con respecto a Cuba, menos “obsesiva”, aunque sin renunciar en ningún momento a la ejecución de “actos de sabotaje en puntos álgidos de plantas industriales cubanas, como las refinerías de petróleo, y a seguir ejerciendo presiones económicas, militares y diplomáticas sobre el gobierno revolucionario, así como no dejar de patrocinar la puesta a punto de campañas de propaganda y desinformación”. Terminaba Goodwin recomendándole a Kennedy mantener abierto un diálogo “subterráneo” con altos funcionarios cubanos. Kennedy descartó las recomendaciones conciliadoras de Goodwin, entre otras razones, porque la humillación sufrida en Bahía de Cochinos era todavía una carga demasiado pesada en la conciencia colectiva de Washington para pasarla por alto y Kennedy prefirió limitarse a seguir promoviendo acciones encubiertas y de alcances prácticos muy limitados contra el gobierno cubano, enmarcadas ahora en lo que se llamó Operación Mongoose.


La Operación Mongoose.Este nuevo proyecto comenzó a tomar cuerpo en septiembre de 1961, durante una reunión que se celebró en Washington, a la que asistieron los hermanos Kennedy, el secretario de Defensa, Robert McNamara, y el general Edward Lansdale, a quien el  Presidente había decidido encargarle la tarea de buscarle una solución definitiva al “problema cubano”, en aquel momento, la primera y más urgente prioridad de la Casa Blanca. Al final del encuentro, el grupo estimó que era perfectamente posible derrocar a Castro y acordó que la industria azucarera cubana constituiría el primer objetivo de las acciones de sabotaje a emprender y que tanto dentro como fuera de Cuba debían iniciarse de inmediato actividades perturbadoras del orden político y económico, al menos para mantener a Castro ocupado en los asuntos internos de la isla, sin tiempo para meter las narices en otros puntos del continente.
   

El 20 de febrero de 1962, Landsdale, oficial de infantería con destacada participación en la lucha contra la guerrilla comunista en Filipinas durante los años cincuenta, le presentó a la Casa Blanca un minucioso cronograma cuya meta era sustituir a Castro por un gobierno amigo de Estados Unidos antes de fin de año. Preámbulo de la operación, que debía comenzar sus actividades clandestinas en marzo, el Consejo Permanente de la OEA convocó la VIII  Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, que se celebró en Punta del Este entre el 22 y el 31 de enero de 1962. La resolución que se aprobó señalaba, primero, que la adhesión de cualquier país miembro de la organización “al marxismo-leninismo es incompatible con el sistema interamericano y quebranta la unidad y solidaridad del hemisferio.” Segundo, que el Gobierno de Cuba “se ha identificado oficialmente como un Gobierno marxista leninista”. En consecuencia, los países miembros de la OEA, por 14 votos a favor, uno en contra (Cuba) y 6 abstenciones (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México), decidieron excluir “al actual Gobierno de Cuba de participar en el Sistema Interamericano”
  

  La reacción de Cuba no se hizo esperar. El 2 de febrero, ante una inmensa multitud reunida en la Plaza de la Revolución, Castro leyó la llamada Segunda Declaración de la Habana, calificada por los medios cubanos, todos oficiales, como una reafirmación de principios revolucionarios y antiimperialistas. En realidad, una proclama sobre la vocación latinoamericanista de la Revolución Cubana, en función de la cual Castro convoca a los pueblos larinoamericanos a desatar una segunda guerra de independencia, ahora contra Estados Unidos y sus aliados en la región.
Tambores de guerra. Sin embargo, los avances de la Operación Mongoose durante los meses siguientes estuvieron muy lejos de desencadenar los hechos que Washington había calculado, de modo que Lansdale, profundamente desanimado, en memorándum del 25 de julio de 1962, reconoció que, de los objetivos previstos en los planes de la operación, Washington sólo podía contabilizar éxitos muy parciales en las áreas diplomática y de inteligencia. Una señal clara de que al gobierno de Estados Unidos “se le acaba el tiempo para actuar…”.

   Con esas palabras, Lansdale  decretó en realidad la muerte de la operación Mangoose, pero el gobierno cubano tenía la convicción de que tras la negativa de Kennedy a entablar un diálogo bilateral, el inicio de la operación Mangoose ponía en evidencia que Kennedy se disponía a lanzar un ataque frontal contra la isla en cualquier momento. En vista de ello, Castro aceleró sus planes conjuntos de cooperación estratégica con la URSS para enfrentar el peligro de una invasión directa de las fuerzas militares de Estados Unidos. Dos meses más tarde, Moscú ya había desplegado en Cuba más de 40 mil hombres, 750 piezas de artillería de  campaña, 400 baterías  antiaéreas convencionales, 200 tanques y 150 aviones de combate. Un arsenal, todavía defensivo, pero cuya acumulación disparó en Washington todas las alarmas.

Lawrence Chang y Peter Kornbluh, en la introducción a su indispensable libro sobre la crisis de los cohetes (Cuban Missile Crisis, New York, 1998) sostienen que los documentos secretos norteamericanos desclasificados ponían de manifiesto que la instalación de misiles ofensivos soviéticos con ojivas nucleares en Cuba, más que un episodio aislado de la Guerra Fría, debía ser percibida como la culminación de un proceso de deterioro progresivo en las relaciones de Estados Unidos con la Unión Soviética, y de Estados Unidos con Cuba. “Más aún”, advierten, “la crisis no puede ser entendida de acuerdo con la interpretación que hace Robert Kennedy en sus memorias sobre aquellos 13 días de octubre, como si todo hubiera comenzado puntualmente con el descubrimiento de misiles nucleares soviéticos en Cuba el 14 de octubre…”.

Por otra parte, la documentación sobre la Operación Mongoose demuestra que la amenaza norteamericana de invadir Cuba era más real en 1962 que antes de la invasión de Bahía de Cochinos. El propio Robert McNamara,  de visita en La Habana como invitado a la conferencia convocada por Castro para que los principales protagonistas soviéticos, estadounidenses y cubanos de aquella crisis la analizaran con objetividad, declaró a la prensa internacional que cubría el evento que en octubre de 1962 resultaba lógico pensar que los preparativos de una invasión norteamericana a Cuba estaban en una etapa muy avanzada. “Bahía de Cochinos no interrumpió las actividades encubiertas de Estados Unidos contra el régimen cubano, sino todo lo contrario”, sostuvo.


La defensa ofensiva de Cuba. El propósito soviético era utilizar el territorio cubano como plataforma de lanzamientos de cohetes nucleares capaces de llegar a Washington o New York en apenas 5 minutos, mecanismo que el Kremlin consideraba proporcional al despliegue de cohetes Júpiter en Turquía, y como fuerza suficiente para disuadir a Estados Unidos de invadir Cuba. Y así, en julio-agosto de 1962, los primeros aviones de combate enviados por Moscú el año anterior, los MiG-15, habían sido reemplazados por aparatos MiG-19, mucho más modernos, y ahora comenzaban a llegar a la isla escuadrones de caza-bombarderos supersónicos MiG-21. Esta nueva fuerza aérea cubana constituía el primer fruto del acuerdo militar Cuba-URSS, firmado en Moscú el 3 de julio por Raúl Castro, primer paso para poner en marcha la llamada operación Anadyr, y la instalación en Cuba de cohetes defensivos antiaéreos SA-2, misiles cruceros y 42 cohetes de naturaleza ofensiva, los R-12, de alcance medio (1.600 kilómetros), y los R-14, de alcance intermedio (4.000 kilómetros), todos ellos armados con ojivas nucleares. El resto del armamento nuclear, de cuya existencia Estados Unidos no se enteraría hasta después de haber estallado la crisis, incluía bombarderos ligeros Ilyushin-28, tan obsoletos como los Mig15, pero aún capaces de arrojar sobre territorio norteamericano su carga de bombas atómicas de 12 kilotones. Para el 22 de octubre, al anunciar Kennedy el bloqueo naval de la isla, 20 MiG-21, muy superiores a sus equivalentes estadounidenses, y sus correspondientes tripulaciones soviéticas, ya custodiaban los cielos cubanos.


 Según Castro, “el traslado marítimo y aéreo secreto desde la URSS de las tropas y medios bélicos y su dislocación en el territorio nacional cubano se realiza en 76 días. En octubre de 1962, unos 43 mil soldados soviéticos se encuentran en Cuba, equipados con armamento y medios de combate de última generación, y en capacidad de lanzar sobre el territorio de Estados Unidos una carga nuclear de 67.5 megatones, equivalentes a 5.198 bombas como la de Hiroshima”.


Cronología de la crisis. El 11 de septiembre de 1962, el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS, Andrei Gromyko, al dirigirse a la Asamblea General de la ONU, advirtió que un ataque militar de Estados Unidos a Cuba podría desencadenar una guerra nuclear entre las dos superpotencias, primera advertencia formal del Kremlin de que la crisis cubana acarreaba peligros inauditos para la paz mundial. Cuatro semanas más tarde, el 9 de octubre, Kennedy ordenó realizar vuelos de reconocimiento de aviones espías U-2 sobre territorio cubano. El día 14, uno de ellos obtuvo fotografías de lo que evidentemente eran componentes de cohetes soviéticos de alcance medio y de sus correspondientes lanzaderas. Al día siguiente, se le informó a Kennedy del hallazgo.


   A partir de ese momento la crisis se desarrolló a velocidad vertiginosa. El 17 de octubre, el Pentágono le hizo saber a Kennedy que se imponía un ataque fulminante a las instalaciones misilísticas soviéticas en Cuba. Un día después, Kennedy recibió en la Casa Blanca al canciller Gromyko, quien reiteró, sin el menor titubeo, que la ayuda militar soviética a Cuba era de carácter exclusivamente defensivo y no contemplaba en absoluto el traslado a la isla de armamento de carácter ofensivo. El 20 de octubre, Kennedy, indignado por esta mentira flagrante, ordenó organizar cuanto antes la cuarentena defensiva, propuesta por Robert McNamara como respuesta intermedia a la presión del Pentágono para emprender acciones militares inmediatas y los argumentos diplomáticos que sostenían los miembros más moderados del grupo. Dos días después, pronunció su famoso discurso por televisión anunciando la instalación de cohetes ofensivos soviéticos en Cuba, su exigencia a la URSS de retirarlos inmediatamente y el comienzo de la cuarentena para impedir que continuasen llegando a la isla medios estratégicos soviéticos. El 26, por intermedio de John Scali, periodista de la cadena de televisión ABC, el jefe de la estación de la KGB en Washington, Aleksandr Fomin, le hizo llegar a Kennedy un mensaje de Jrushchov, quien notificaba su disposición a retirar de Cuba los cohetes ofensivos a cambio de la promesa pública y formal del Gobierno de Estados Unidos de no invadir Cuba ni ayudar a que otros lo hicieran.


   La alegría duró poco en la Casa Blanca. Al día siguiente se recibió un segundo correo de Jrushchov, añadiendo una nueva exigencia. Estados Unidos tendría que desmantelar a su vez las instalaciones de cohetes Júpiter en Turquía. Ante este segundo mensaje, el Pentágono le reiteró a Kennedy que ante este desafío soviético, la única reacción aceptable era el bombardeo inmediato a las bases misilísticas y la invasión de Cuba. Kennedy rechazó la propuesta y esa noche el embajador Dobrynin y Robert Kennedy volvieron a reunirse y llegaron al acuerdo de que Estados Unidos también retiraría los cohetes Júpiter de Turquía, aunque lo haría varios meses después para no vincular esta decisión al acuerdo Jrushchov-Kennedy. En cuanto al segundo correo de Jrushchv, Dobrynin y Robert Kennedy asumieron el compromiso de hacer como si el segundo correo de Jrushchov jamás hubiera llegado a la Casa Blanca.


   El domingo 28 de octubre Jrushchov le respondió a Kennedy,  no por escrito sino por Radio Moscú. La URSS había decidido retirar sus cohetes de Cuba a cambio de la garantía de que Estados Unidos no invadiría Cuba ni ayudaría a otros a hacerlo, y nada dijo de los cohetes Júpiter.
El precio de la paz mundial. Jrushchov no informó en ningún momento a Castro de los términos de la negociación en marcha. Alarmado por este hecho, Castro le había escrito a Jrushchov el 26 de octubre para informarle que los informes de la inteligencia cubana revelaban que Estados Unidos se disponía a atacar a Cuba en un plazo de entre 24 y 72 horas, en vista de lo cual a la URSS no le quedaba más remedio que salirle al paso al “peligro de esa agresión imperialista…  mediante un acto de legítima defensa, por duro y terrible que sea.”


   ¿Lanzar un ataque un ataque nuclear preventivo contra Estados Unidos? Nada estaba más lejos de los cálculos del Kremlin, pero era evidente que Castro aspiraba a escalar el conflicto, al margen de las negociaciones para solucionarlo por vía diplomática, de modo que al responderle al líder cubano ese mismo día, Jrushchov le indica a Castro que está a punto de obtener garantías de que Estados Unidos nunca intervendría directa o indirectamente en la isla, y exhortaba a su impaciente aliado caribeño no dejarse llevar por las emociones y demostrar firmeza y “más firmeza.”


   Castro dejó de oponerse a la retirada de los cohetes ofensivos, porque en definitiva eran propiedad de la URSS, admitió personalmente por radio y televisión, pero se negó rotundamente a que también se llevaran los bombarderos Il-28 y los misiles crucero, con el argumento de que según el acuerdo estratégico Cuba-URSS, Moscú le había cedido ese armamento a Cuba. En segundo lugar, Castro rechazó de manera muy categórica que un grupo de inspectores de la ONU, tal como habían acordado Kennedy y Jrushchov a espaldas suyas, supervisaran sobre el terreno la retirada de los cohetes. “Quienes vengan a Cuba a inspeccionar”, fue su famosa y destemplada respuesta al entonces secretario de Naciones Unidas, el birmano U Thant, “que venga en zafarrancho de combate”. Al final, la inspección tuvo que realizarse en alta mar, donde los navíos de guerra de Estados Unidos pudieron comprobar que a bordo de buques mercantes, debidamente desarmados y embalados, iban de regreso a la URSS los 42 misiles estratégicos soviéticos.

   A todas luces, la postura de Castro en favor de conservar los medios que él consideraba que le pertenecían a Cuba, impidió que ese día la crisis llegara a su fin. Mucho menos cuando Kennedy le comunicó a Jrushchov que no bastaba retirar los cohetes de alcance mediano e intermedio para superar la crisis, y exigía que los bombarderos Il-28, sus bombas atómicas y los misiles tácticos con cabezas nucleares también fueran embarcados rumbo a la URSS. Sólo así Estados Unidos mantendría su compromiso de no invadir Cuba. En caso contrario, Washington se sentiría en libertad de emprender acciones militares directas para destruirlos en suelo cubano.
 

Ante la gravedad de la situación, el 2 de noviembre, Anastas Mikoyán, vice primer ministro soviético, aterrizó en La Habana. Su misión consistía en persuadir a Castro de aceptar las exigencias finales de Washington. Fueron días difíciles, pero ni la rabia de la dirigencia cubana, ni siquiera la muerte de su esposa en Moscú, a cuyos funerales no pudo asistir, hizo desistir a Mikoyán de su esfuerzo. Sergo Mikoyán, que le sirvió a su padre de secretario durante aquellos días, y la investigadora Svetlana Savranskaye, reconstruyeron su misión en La Habana en un libro revelador, The Soviet Cuban Missile: Castro, Mikoyan, Kennedy, Kruschchev and the Missiles of November   , que concluyó con el acuerdo cubano-soviético de retirar 80 misiles tipo crucero con cargas nucleares y los obsoletos bombarderos Il-28 y sus bombas atómicas de 12 kilotones.  
 

  Sin duda, Jrushchov pagó un altísimo precio político por ceder públicamente a la presión norteamericana. Una derrota inocultable. Por su parte, Washington podía jactarse de haber impedido que Cuba, a sólo 90 millas de la Florida, se convirtiera en una plataforma de lanzamiento de misiles nucleares soviéticos, pero a cambio se vio obligado a retirar los cohetes nucleares Júpiter instalados cerca de la frontera turco-soviética y, sobre todo, a garantizarle al Gobierno cubano que jamás intentaría actuar militarmente contra Cuba ni propiciar una invasión a la isla. Mírese como se mire, otra derrota política de la Casa Blanca.

En cuanto a Cuba, más allá de la humillación que significó ser tratada por la URSS como un obediente satélite, lo cierto es que la crisis borró de su horizonte la amenaza latente de una acción militar estadounidense y pudo Castro, tanto consolidar su revolución internamente, como entregarse de lleno, y ahora sin correr el peligro de una represalia estadounidense, al objetivo de hacer realidad la tesis guevarista de llevar la lucha armada a todos los rincones de América Latina. Ese día, en efecto, se eliminó la amenaza de un holocausto nuclear, pero la paz mundial significó también el inició entonces una guerra revolucionaria sin fin en la región y comenzó la decadencia progresiva del poderío hegemónico de Estados Unidos al sur del río Grande. Un estado de turbulencia que no ha cesado de agudizarse y que ahora, ya en pleno siglo XXI, con el impulso político y la ayuda financiera de la revolución “bolivariana” de Hugo Chávez, ha terminado por modificar substancialmente la naturaleza del proceso político latinoamericano y de las relaciones de la región con Washington.