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El delirio por las colas

Las colas se han convertido en un fenómeno en el país | Foto: Omar Veliz

Las colas se han convertido en un fenómeno en el país | Foto: Omar Veliz

Las colas son uno de los principales temas de conversación en el país. Las restricciones en la adquisición de rubros, quizá, han acentuado el frenesí por obtenerlos a cualquier costo

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Las filas son focos de atracción.

“¿Qué hay? ¿Para qué es esta cola? ¿Dónde lo conseguiste?”, son preguntas comunes cuando se está alistado en las afueras de locales comerciales o, inclusive, al caminar por las calles con algún producto en escasez.  El economista Ángel Alayón escribe, en una nota publicada el 2 de junio del año pasado para el portal Prodavinci, sobre este asunto: “La escasez en Venezuela alcanza un nivel que es seis veces superior al que se considera normal para una economía… Las colas en los abastos y supermercados se encargan de recordarnos que la demanda supera a la oferta en muchos productos que necesitamos”.

Cita en su artículo el libro Escasez: ¿Por qué tener tan poco significa tanto?, escrito por Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, que expone, entre otros fenómenos, la disminución de nuestras capacidades cognitivas ante una situación de escasez al enfocar nuestra atención en la ausencia de lo que necesitamos.

Las colas son uno de los principales temas de conversación en el país. Ninguna región escapa a la ocupación de las calles, esquinas o rincones por extensas filas de clientes afanosos de llevarse algún producto en escasez. Las restricciones en la adquisición de rubros, quizá, han acentuado el frenesí por obtenerlos a cualquier costo. Javier Santiago, empleado de una aseguradora, admite escaparse por lo menos una vez a la semana de su trabajo para adquirir algo escaso: “No desaprovecho la oportunidad, ya que nadie me garantiza que los encontraré luego. Es una cuestión de abastecerse y evitar que se acabe algo, pues luego viene el calvario”.

Lo experimentado en Venezuela no es inédito. Otros países en situaciones de conflictos bélicos o severas crisis económicas han sufrido el coletazo del déficit de rubros. Tan conocida es la condición que la escritora Isabel Allende, en su novela La casa de los espíritus, publicada en 1982, dedicó un capítulo a la escasez: “Había comenzado el desabastecimiento, que llegó a ser una pesadilla colectiva. Las mujeres se levantaban al amanecer para pararse en las interminables colas donde podían adquirir un escuálido pollo, media docena de pañales o papel higiénico. El betún para lustrar zapatos, las agujas y el café pasaron a ser artículos de lujo que se regalaban envueltos en papel de fantasía para los cumpleaños. Se produjo la angustia de la escasez, el país estaba sacudido por oleadas de rumores contradictorios que alertaban a la población sobre los productos que iban a faltar y la gente compraba lo que hubiera, sin medida, para prevenir el futuro”.