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La decadencia de Madrid

Protesta en la gran vía de Madrid, en noviembre de 2012, durante un paro general de trabajadores

Protesta en la gran vía de Madrid, en noviembre de 2012, durante un paro general de trabajadores

La capital española afronta sin líderes uno de sus peores momentos: el turismo se desploma, la suciedad se acumula, no hay proyecto tras el fracaso olímpico y la vida cultural y nocturna cae

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Javier Estrella rememora la escena. "Miles Davis estaba recostado en un sillón y acariciaba la trompeta con una mano. Entré al camerino y le dije: `Miles, acaba de caer el muro de Berlín’. Se sonrió y preguntó si había caído solo. Luego cogió la trompeta y comenzó a tocar Lili Marleen. Fue increíble". Ese histórico 9 de noviembre de 1989, Davis actuó ante 5.000 personas en el Palacio de los Deportes dentro del Festival de Jazz de Madrid.

Estrella, organizador del Festival de Jazz desde su inicio, en 1979, se indigna cuando termina de contar la anécdota.

Porque este año no habrá jazz en Madrid. A un mes de la fecha prevista, ha cancelado los 14 conciertos programados -mucho más modestos que los de aquellos años- porque el Ayuntamiento de Madrid no le garantizaba la cesión del teatro Fernán Gómez. "Solo tenían que dejarnos los teatros y poner carteles en el mobiliario urbano del ayuntamiento. Con la taquilla nos arreglábamos. Y ni han sido capaces". La herida de Estrella sangra aún más porque mientras intentaba sin éxito negociar con el Ayuntamiento de Madrid, el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, presentaba en rueda de prensa su festival.

Puede que el jazz no importe mucho. Es probable que el festival generara algunas dudas en el sector y que su pérdida pase inadvertida para muchos de los 3 millones de madrileños. Pero sí refleja el declive cultural de Madrid. La ciudad ha perdido atractivo.

En picada. En las últimas semanas ha recibido varios mazazos. No solo perdió los Juegos Olímpicos, sino que la llegada de turistas a Madrid cayó en 22% en agosto mientras subía en toda España. El aeropuerto de Barajas pierde vuelos y se ha visto superado por El Prat de Barcelona; el Prado prevé que en 2013 el número de visitantes caiga una cuarta parte; el ayuntamiento ha admitido finalmente un problema con la suciedad (aunque lo achacó a "disfunciones" ya solventadas con el nuevo contrato de limpieza). Grandes grupos de música apenas acuden a Madrid, una ciudad cuya célebre vida nocturna se apaga.

La política no va mejor. La alcaldesa Ana Botella no fue cabeza de lista en las últimas elecciones y es objeto de crueles bromas por sus discursos.

La ciudad arrastra una deuda de 7.389 millones de euros que lastra la gestión e impide nuevos proyectos.

El presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, tampoco fue candidato y su principal apuesta, la privatización de la salud, está paralizada en los tribunales. Su otro gran proyecto es Eurovegas, un megacasino en manos de un magnate de Estados Unidos que exige cambios legales a su medida.

La apuesta de Madrid en todos estos años ha sido los Juegos Olímpicos, motor económico que terminaría de impulsar a la capital y ponerla en el mapa internacional. Tras 12 años de apuesta fallida, ya enterrada, la ciudad parece haberse dado cuenta de que no tiene nada más que contar.

Un paseo por el centro muestra suciedad y dejadez. Ni los lugares emblemáticos se salvan. En la plaza Mayor -donde Botella animó a los visitantes a tomarse un relaxing café con leche- dormían 30 indigentes.

Los vecinos dicen que la plaza está sucia y que han llegado a ver ratas. En la Gran Vía hay algún edificio histórico tapiado, como el Palacio de la Música. El centro aparece oscuro, con frecuencia hay papeleras rebosantes.

Los presupuestos del ayuntamiento dedicados al mantenimiento de la ciudad notan el ajuste. En la limpieza de las calles, por ejemplo, los 154 millones de euros de 2010 se redujeron a 129 millones en 2012, cifra que se mantiene en 2013 y que supone 16% menos que hace 3 años. Las cosas pueden ir peor. Los sindicatos han convocado huelga indefinida en el servicio de limpieza de las calles ante el anuncio de 1.400 despidos.

El recorte fue de 46% en la partida de vías públicas. Se incluye ahí la renovación del pavimento, la conservación de la calzada, el mantenimiento de pasos a nivel y subterráneos, galerías de servicio y alumbrado público. En esto se pasó de los 310 millones de euros de 2011 a 167 millones de 2013.

Este agosto ha sido el primero en 20 años sin Operación Asfalto. Ya no se repone. Los ciudadanos, hartos de sortear baches, avisan al ayuntamiento de los huecos y las grietas y este envía obreros para taparlos. No se arregla, se parchea.

El Metro, hasta hace poco un orgullo de los madrileños, recibe ahora críticas por la baja frecuencia de los trenes y el ahorro de aire acondicionado.

Sin identidad. Madrid tampoco tiene una marca, una postal que identifique a la ciudad, un relato que la haga conocida e interesante. Es un asunto que preocupa a las administraciones, pero también a los colectivos que tratan de cambiar el modelo de ciudad.

Los arquitectos de PKMN, un grupo de jóvenes que trata de repensar la ciudad desde el popular barrio de Tetuán, hicieron un experimento. Pidieron a un grupo de estudiantes estadounidenses que fabricaran sombreros de cartón con motivos madrileños, con aquellas imágenes que les parecieran icónicas. Algunos hicieron sus gorros con figuras que simulaban al Museo del Prado, al Metro o al Real Madrid. Varios de ellos utilizaron el Museo del Jamón y Cien Montaditos, dos marcas visibles de la gastronomía en la capital.

El caso de Cien Montaditos, franquicia de la empresa Restalia, es llamativo porque su ascenso es imparable; su fórmula de llevar el bajo costo a la comida rápida le ha permitido multiplicarse por la capital. En 2003 abrió su primer restaurante en Madrid; hoy hay 81 en la región. A la par, se
han cerrado 4.500 bares y cafeterías en cuatro años, 1.800 en 2012, según la asociación de hosteleros La Viña. Cierran bares con sabor local y abren franquicias.

La crisis ha marcado el guión que sigue la urbe. A unos metros de la Puerta del Sol, la idea es construir un lujoso hotel de la cadena Four Seasons que ocuparía siete edificios colindantes. Antes de la crisis, cada vez que alguna empresa planteaba ideas para esos edificios, el ayuntamiento ponía por delante el interés patrimonial de estos.

Sin embargo, ahora solo protege sus fachadas. El proyecto ha recibido críticas. Más de 20 arquitectos han firmado un manifiesto contra el plan, que también tiene la oposición de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El otro gran proyecto arquitectónico para la ciudad es la remodelación del estadio del Real Madrid. Otro plan es convertir el paseo del Prado en el gran centro mundial de museos, aprovechando su cercanía al Reina Sofía y al Thyssen, pero duerme por falta de presupuesto. Hay un concurso de ideas para remodelar Sol otra vez, pero no hay garantía de financiamiento oficial.

Madrid buscó durante años tener esa postal reconocible, pero obtuvo tumbas arquitectónicas y proyectos inacabados. Frente a los cuatro rascacielos construidos en el paseo de La Castellana, un ensayo de city madrileña que aún está por consolidarse, una gran zanja muestra el lugar donde iba a colocarse el nuevo Palacio de Congresos. Del increíble Campus de la Justicia, que iba a albergar en 14 edificios todas las instituciones judiciales, solo se hizo el Instituto de Medicina Legal y una maqueta. Tampoco tuvo éxito el terminal de Nuevos Ministerios, que iba a servir para que los usuarios de Barajas facturasen sus maletas antes de llegar al aeropuerto. Ni la Caja Mágica, una instalación de tenis construida para los Juegos Olímpicos y que tras una inversión de 300 millones de euros apenas ha servido para albergar el Open Madrid de Tenis, dos semanas al año. Otras instalaciones ni siquiera fueron terminadas, como el Estadio Olímpico o el Centro Acuático. Su presencia se ha convertido en un recordatorio de esa apuesta olímpica que no ha revertido en la ciudad.

En fin, ¿a qué juega Madrid? ¿Adónde va exactamente? La capital es una ciudad sin proyecto, sin imagen, sin relato, según muchos críticos. "Madrid tiene el estigma de haber sido la capital de la dictadura y eso sigue pesando", opina Olivia Muñoz-Rojas, socióloga experta en ciudades por la London School of Economics. "Londres y París tienen códigos: sitios de moda, ropa que ponerse. Madrid no tiene, la gente hace lo que quiere y eso es lo que debería vender", explica.

La nocturnidad. Lo último que hizo que Madrid fuese reconocida internacionalmente fue su vida nocturna. La movida.

Madrid vendía un lugar en el que salir cualquier día de la semana con oferta de conciertos, bares, teatros y cines. Pero hay quien opina que eso también se tambalea.

Marcela San Martín es desde 1995 la responsable de la sala El Sol, que programa unos 250 conciertos al año. El Sol emana cierta nostalgia. Allí en los años ochenta "corría el champán".

"Era el lugar en el que se podía presentar un libro de Umbral, un disco de Nacha Pop o acoger una fiesta de Almodóvar. Ahora, los promotores de conciertos grandes ya no van a Madrid".

La queja es generalizada. El teatro también está en pie de guerra. Carlos López, responsable del teatro Nuevo Apolo, pinta un panorama negro. "Este verano cerraron una decena de salas en Madrid, algo que nunca había ocurrido. Lisboa y Oporto tienen mejor oferta cultural. No hablemos de Londres o París".

El cierre arrastra a otros sectores. Algunos bares de copas también van cayendo. "Con la excusa del ruido matan a la ciudad. En Madrid a las 12:30 am nos obligan a cerrar", dice Kike Sarasola, presidente de una cadena de hoteles "Hace 10 años Madrid era una ciudad divertida, en la que podías salir. Después empezó una persecución, y el turista lo nota", añade.

Hay lugares que sí sortean la crisis, pero algunos están fuera de Madrid. Es el caso de Las Rozas Village, un outlet de ropa de marca a 20 kilómetros de la capital. Los turistas toman un autobús en el centro y van allí a pasear por una ciudad en miniatura llena de ropa de lujo, aunque más barata.

Barajas es, según el ayuntamiento y la comunidad, la causa de muchos de los males de Madrid. Barajas y la fusión de Iberia con British Airways, que conllevó la disminución de rutas hacia la capital. La Comunidad de Madrid, del Partido Popular, culpa al gobierno -del mismo partido-, de ahogar el aeropuerto con la subida de tasas. Barajas se ha mantenido con unos 50 millones de pasajeros al año, pero este año puede acabar con 38 millones, estima el gobierno regional. "Estamos preocupados", señala el ayuntamiento, que ha lanzado una campaña de publicidad de 3 millones de euros en medios internacionales. El terminal T-4, que costó 6.000 millones de euros del dinero público, es de uso exclusivo de Iberia y su tráfico se hunde.

Por supuesto que la decadencia no ha convertido a Madrid en un solar. La ciudad tiene vitalidad y es frecuente ver nuevos negocios. Se está experimentando, por ejemplo, un amplio movimiento ciudadano a favor del uso de la bicicleta. El movimiento empieza a cuajar. La página web www.enbicipormadrid.es ofrece, por ejemplo, rutas de calles tranquilas para que los ciclistas sorteen lugares peligrosos y avenidas demasiado transitadas.

Todo esto al margen de los circuitos habituales,fuera del alcance de los políticos.


La reacción de los escritores


Y luego van y lo cuentan
Javier Marías

¿A quién se le ocurre utilizar como reclamo la plaza Mayor y el Madrid de los Austrias, tal como los han dejado los últimos alcaldes del PP y los tiene hoy Botella? La primera hace años que está decorada por pobres indigentes -filas enteras- que duermen bajo sus soportales; sus arcos de acceso se han convertido en los urinarios de borrachos y sobrios, con el inaguantable hedor consiguiente, y, como ya he contado aquí, las ratas corretean de noche entre las mesas de las terrazas, algo sin duda "relajante".

Los suelos de granito de todo el centro eternizan hasta la mancha de un chicle arrojado. Las papeleras se vacían poco y desbordan, Madrid es la ciudad más guarra que he visto, y he visto unas cuantas.

Las plazas céntricas (Sol, Callao) también han sido granitizadas y ahora se cuentan entre las más feas del mundo: espacios sucios, desabridos, inhóspitos, con un solo arbolillo suelto o ninguno, sin un banco en el que tomar asiento, transformadas en contra de los ciudadanos. Hasta la secundaria plaza de Las Cortes se la ha cargado el célebre Siza, que continúa amenazando el paseo del Prado: si ha sido tan buen arquitecto, parece como si el talento abandonase a todo el mundo en cuanto entra en contacto con nuestro ayuntamiento contaminante.

Mientras los turistas han aumentado este año en toda España, Madrid ha perdido 22% solo en agosto. A nadie se le ocurre pensar que tal vez sea porque a la mayoría les da por pasearse por nuestra deteriorada plaza Mayor y nuestro inconcebible centro, y luego van y lo cuentan.


Defensa de la ciudad
Elvira Lindo
La ciudad se defiende a pesar de haber visto cómo agotaban sus arcas con un modelo pretencioso y estéril.

Madrid es resistente por naturaleza. Defendió la ciudad en su hora trágica hasta que se le acabaron las fuerzas y ahora la defiende a pesar de haber visto cómo menoscababan sus arcas durante estos últimos años con un modelo de ciudad, incluida la T-4, que muchos considerábamos pretencioso y estéril.

Su relato, pregúntennos a los que nos nutrimos de ella para columnas, cuentos o novelas, se encuentra callejeando. Callejeando se sabe que aunque las autoridades no trabajan en la limpieza, en la reparación de la calle, en la vida cultural, y aún peor, en la sanidad y la educación, hay vida. Vida cultural, capitaneada por una generación que, por Dios, ya no tiene nada que envidiarle a la dichosa movida; vida que, en su aspecto más social, ha despertado el asociacionismo vecinal que agonizó en la época de las vacas gordas.

El Madrid futuro no será olímpico, no tendrá ciudad de la justicia, verá cómo languidecen barrios que fueron creados al azar de la codicia, pero sobrevivirá a la pésima gestión de sus dirigentes. Florecen ya pequeños comercios que buscan la autenticidad de los que cerraron, abundan movimientos artísticos que generan a la semana una singular agenda. Todo está transcurriendo como siempre en esta ciudad que vibra al margen de los políticos y analistas.

A los novelistas y a los cronistas, al menos, no nos ha de faltar trabajo, porque si el relato necesita conflicto, tensión, esto es una perita en dulce.