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Simón Alberto Consalvi

La cultura enemiga

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A sangre y fuego, Shih Huang Ti unificó las provincias del vasto territorio que desde antiguo se conoce como China, y se erigió en su primer emperador. Ascendió al poder en un pequeño reino antes de la edad requerida y tuvo que esperar para asumirlo en 238 a. C. Pasó a la historia por sus proezas. Una de ellas, la eliminación de los reinos feudales y la unificación del imperio. Otra, haber construido la Gran Muralla. Y una tercera, la abolición del pasado.

Al enterarse de las hazañas del emperador, la de haber construido la muralla y la de abolir la historia, Jorge Luis Borges confesó que, inexplicablemente, sintió cierta emoción por el hecho de que un solo individuo hubiera podido acometer tan desmesurados designios. Sintió inquietud por esa emoción y se dedicó a inquirir sus razones. Así lo cuenta en su ensayo “La muralla y los libros”.

“Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el Emperador Amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia comenzara con él”, al disponer que se quemasen todos los libros anteriores a su época, dice Borges. La indagación que el autor de Historia universal de la infamia llevó a cabo para explicarse su extraña emoción por el personaje le dio ciertas claves: “Shih Huang Ti había desterrado a su madre por libertina; en su dura justicia, los ortodoxos no vieron otra cosa que una impiedad; Shih Huang Ti, tal vez, quiso borrar los libros canónigos porque estos lo acusaban; Shih Huang Ti, tal vez, quiso abolir todo el pasado para abolir un solo recuerdo: la infamia de su madre”.

No glosaremos el fascinante ensayo de Borges, de apenas tres páginas. Ni nos detendremos en los delirios de inmortalidad del emperador que murió en unas montañas remotas buscando las fuentes de la eterna juventud. Ni en la Gran Muralla y las metáforas del escritor erudito. Nos interesa el precedente de la quema de libros, de la abolición del pasado, no si fue cierta la conjetura de la madre libertina.

Con los siglos, el espíritu del primer emperador chino reencarnó en otros personajes obcecados con la abolición de la historia, la quema de libros y de blasfemos en las hogueras de la Inquisición, y así Shih Huang Ti se fue llamando Torquemada o Savonarola. Y de ellos pasó a los totalitarismos del siglo XX. A José Stalin, a Benito Mussolini. A Adolfo Hitler. A Francisco Franco. Totalitarismos de un signo y de otro, que indefectiblemente se dan la mano, aunque como astutos impostores se ataquen entre sí, justificándose el uno con las amenazas del otro. La metódica destrucción del enemigo para controlar a todo el mundo.

Espero que no resulte cómico, o arbitrario, este viaje de 2.000 años para llegar a la Venezuela del siglo XXI, y a las páginas de este libro, La cultura bajo acoso de la escritora María Elena Ramos (Artesano Editores, 2012). Concebidos desde una perspectiva humanística, y con un conocimiento profundo de los problemas de la cultura en nuestro país, estos ensayos proponen una reflexión que no discrimina ni dicta sentencias. Que analiza o cuestiona, o denuncia, según los requerimientos de las circunstancias y de los hechos, pero que postulan el diálogo y la diversidad como únicas alternativas frente a la tentación de dominio, a la pretensión de abolir la historia o de reescribirla, o de reinventar lo que por su naturaleza está destinado a reinventarse como el arte. Ni el “arte prohibido” de la oscura época europea de los años treinta y cuarenta, ni el arte oficial y regimentado, puesto al servicio de un sistema político que niega o aniquila a todos quienes no se le rindan a discreción.

El primero de estos ensayos, “Nueve señales para pensar hoy la libertad”, explora la realidad venezolana de nuestras desventuras, el lenguaje y sus laberintos, el odio como estrategia política, la violencia, la duplicidad y la mentira que alimentan una crisis profunda y plantean un desafío a la conciencia ciudadana. Veamos este retrato: “El gran jefe totalitario lo quiere todo y así va buscando ocupar los poderes, los lugares y las mentes. Uno de los alimentos esenciales para lograrlo es el hombre-masa. Se organiza a la masa explotando su ingenuidad (…) Se organiza a la masa desde los viejos resentimientos personales (…) desde el hechizo magnético del líder carismático, y algo importante, se la organiza desde la humillación de lo individual al interior de la propia persona”.

La cultura entra en ese “todo” bajo el dominio o la pretensión de dominio, afortunadamente condenada al fracaso en nuestro país. Cuando se politiza la cultura, se daña la sociedad, al individuo y al país. “Cuando se politiza, la cultura es solemnemente enunciada como interés de Estado, pero no para enriquecerla como recurso humanístico sino más bien para ponerle la mano, encubriéndola de ideología”.

En Venezuela, como en la China del desorbitado emperador Shih Huang Ti, también se ha construido una gran muralla. No divide la geografía, algo peor, está hecha de piedras invisibles, divide a la gente, y no hay peor daño para la cultura y la idiosincrasia de un pueblo que condenarlo a ser su propio enemigo.