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La cuerda floja

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La cuerda floja

No parece haber malla de protección. El precipicio nos hace señas. Desde el día de las elecciones presidenciales del 14 de abril todo se ha vuelto trance final. Millones de venezolanos salieron a buscar un país distinto, de una forma tan tajante, que el estrechísimo y cuestionable resultado a favor del oficialismo ha generado la crisis de gobernabilidad más grande de los últimos tiempos

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Hace más de una semana coloqué en mi mesa de noche tres entusiasmos: Flores en las grietas, la autobiografía del novelista Richard Ford; Cambios, un breve texto de Mo Yan, premio nobel de literatura 2012, y Mendigo, una antología poética del sevillano Jesús Aguado. Allí siguen. 

Inalterables. Apenas he podido hojear sus primeras páginas. Escasamente he saltado de uno a otro poema. No hay literatura posible cuando la realidad te gira el rostro y te exige verla fijamente. 

Intento escribir y las palabras se atascan en un pantano llamado silencio. O estupor. Sé que todo lo que escriba será sepultado por algún evento inesperado. El país está corriendo a exceso de velocidad. No lo alcanzo. Peor aún, me quita las manos del teclado. 

Me he acostumbrado a escribir con el televisor encendido eternamente. ¿Cómo apagarlo? Parece una sala de emergencia. Cada suceso que transmite es un tajo mayor que el otro: protestas masivas, cientos de detenciones, cadenas de TV coléricas, destituciones arbitrarias. Twitter escupe noticias y escombros a cada segundo: videos que prueban abusos, piedras y víctimas de ambos bandos, diputados sangrantes. Estamos rodeados por nosotros mismos. La violencia, esa bestia ontológica, saliva de entusiasmo. 

Me recluyo en el candor de mis hijos. No basta. Me hacen preguntas. Están tan inquietos como yo. Nos asomamos a la ventana. Caracas entera parece una pregunta escrita con miedo. Todos llaman a la paz en un país donde ya no nos escuchamos. 

*** "Creíamos que, como teníamos poder, teníamos también sabiduría", dijo alguna vez el poeta norteamericano Stephen Benet. Lo recuerdo cuando observo al heredero de Hugo Chávez rugiendo su brusquedad en cadena nacional sólo porque la mitad entera de un mapa reclama el conteo total de votos. Desde su altura de fatigado jugador de básquet, expulsa insultos e infamias, como cualquier gatillo alegre. Le da una estruendosa patada a la mesa de las concertaciones y convierte a la venganza en su primer decreto como gobernante. Grita cárcel para los líderes de la oposición y tilda de asesino a su contendor. A la hora, más de 250 mensajes de texto llegan a mi celular con una misma frase: "¡¡Capriles asesino!!". Una verdadera instrucción de odio convertida en hemorragia. Buscan en el Facebook de los empleados públicos alguna foto donde asome una gorra, el trazo de una marcha. 

Revisan sus gavetas, rastrean cualquier señal de vocación opositora. Se activa la cacería de brujas. El país entero se vuelve una mueca torcida. 


*** Alejandra tiene 12 años de edad. Suele ser introvertida. Nació con la estructura ósea de una deportista. El día de las elecciones presidenciales no dejó de hacer piruetas en el aire, mientras sus padres esperaban los resultados con el corazón, también, haciendo acrobacias. Ella parecía ajena al tema. Llegaban vecinos, amigos, todos hablaban de la trama en desarrollo. Sus padres recibían mensajes de texto, llamadas, chats, todo lleno de cifras y tendencias favorables. Ella, mientras tanto, estaba sola en su cuarto, sumergida mansamente en un videojuego. Cuando la presidenta del CNE leyó en cadena nacional los resultados, el edificio entero enmudeció. De pronto se escuchó un grito gigantesco, inesperado, como un pulmón roto para siempre. Nada más dijo Alejandra esa noche. Nada más escucharon sus padres. Ella se quedó respirando, agitadamente, en la cuerda floja de su silencio. 

Tres días después, la madre de Alejandra, con los ojos empozados en lágrimas, no dejaba de recordar ese grito. 

*** Ese domingo había preparado mi ánimo para una posible derrota. Ya nos hemos entrenado para los virajes de última hora. A pesar de la intachable campaña de Henrique Capriles, de las multitudinarias concentraciones, de la resonancia del evento de los artistas con Capriles, de la inhabilidad discursiva del candidato oficialista, de los comentarios entusiastas de vigilantes, parqueros, cajeras de supermercado, buhoneros, choferes. 

Era lo más recomendable. Los días posteriores a las elecciones del 7 de octubre de 2012 fueron duelo y devastación para la gran masa opositora. Las ventas de antidepresivos aumentaron hasta el escándalo. Los consultorios de psicólogos rebasaron su capacidad. Esta vez se trataba de ser tenue en el optimismo. Compré algún bastimento para esperar los resultados. Iba a ser, sin duda, el día más largo del año. Algunos amigos expresaron su intención de ir a mi casa para celebrar o lamernos juntos las heridas. 

Más provisiones. Pasan las horas. Todo se torna tenso. Los datos que emergen son auspiciosos y nace el nerviosismo del comando oficialista. La tarde se llena de motorizados que merodean como la caballería de una revolución armada. Su trabajo es intimidar. 

Rugen y disparan, a la vez que remedan la actitud de los antiguos bandoleros del oeste salvaje. Mis amigos cancelan la visita. Cada quien en su casa, dictaba la cordura. Al atardecer, el triunfo opositor era un rumor unánime. La indignación colectiva ocurriría a una cuadra de la medianoche una vez que fueron anunciados los resultados. Todavía somos medianoche y rabia. 

*** El país camina sobre la cuerda floja. No parece haber malla de protección. El precipicio nos hace señas. Desde el día de las elecciones presidenciales del 14 de abril todo se ha vuelto trance final. Millones de venezolanos salieron a buscar un país distinto, de una forma tan tajante, que el estrechísimo y cuestionable resultado a favor del oficialismo ha generado la crisis de gobernabilidad más grande de los últimos tiempos. La democracia ha hablado tan duro que esa compleja palabra llamada patria terminó de romperse. Hoy existen dos países con el mismo nombre. Uno, atado a los cantos de sirena del socialismo del siglo XXI; otro, desesperado por una nueva música en sus calles. 

*** Una mujer lo dice en Twitter: "¿Y es que por ser opositora no soy pueblo?". Un joven escribe: "¿Un opositor con una olla es un burgués que incita a la violencia y un motorizado con un arma es un defensor de la patria?". Unas elecciones presidenciales, que deberían ser la llave para dirimir el debate, se convierten en mecha e incendio. Anda allí, arriba, enseñoreado, rey del aire, lúgubre y altivo, el odio. 

*** Mientras escribo, el vértigo se mueve debajo de mis dedos. Se me enredan los adjetivos en el ánimo. La sospecha de estafa es un olor que revuelve el estómago. Se trueca en náusea. Anoche abollé una nueva olla en mi casa. Como millones de venezolanos. 

Por primera vez en mucho tiempo el estruendo de las cacerolas era tan unánime, tan sin diferencia de clases, tan redondo. No sé en qué escalón de la sensatez o de la torpeza estará mi país en el momento en que salgan publicadas estas líneas. No sé qué más ha acontecido en este videoclip del estupor. No sé si el país está aún detrás de la ventana. 

*** Posdata para Nicolás Maduro: Tenga usted la sabiduría de no insultar, ignorar ni descalificar a la inmensa mitad de Venezuela. 

Respete el dedo meñique manchado de democracia de, al menos, 7.300.000 venezolanos. No omita la violencia que viene de sus pares. No prescinda del buen juicio que debe privar en todo político. Conjugue la paz con la verdad. Recuerde que la patria no es una secta ni una religión ni un partido político. Piense en plural y no en rojo. Haga de la conciliación una premisa de vida. 

Calme las aguas de su furia. Cavile serenamente. No satanice al contrario. Suspenda la persecución política. El verdadero poder, termine de entenderlo, es humildad. No dilapide su herencia política. Sepa perder y sepa ganar. Sea venezolano y cuente a todos los venezolanos. Deje de ser amenaza y conviértase en diálogo. 

Deje que todos seamos veintiocho millones de veces la paz.