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El cruce entre moda y poder

El luto de Cristina Kirchner, el sincretismo de Evo Morales o la distinción de Christine Lagarde son ejemplos de como funciona la lógica de la apariencia

El luto de Cristina Kirchner, el sincretismo de Evo Morales o la distinción de Christine Lagarde son ejemplos de como funciona la lógica de la apariencia

El luto de Cristina Kirchner, el sincretismo de Evo Morales o la distinción de Christine Lagarde son sólo algunos ejemplos de cómo la lógica de las apariencias se cuela en el terreno político y económico

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“La moda establece pertenencia, distinción, competencia. Una de sus raíces es competir con el otro a través de la apariencia”, afirma la socióloga argentina Susana Saulquin. Por eso su lógica impacta en el poder político tanto como incide en lo económico o en los vínculos sociales. Y por eso –en un movimiento que de la “tiranía” de las pasarelas pasó a la multiplicidad del diseño, el hedonismo y la búsqueda de lo “personal”– hoy asistimos a la emergencia de una dinámica en la que el sistema de la moda sigue operando. “Existe la necesidad de salirse de lo masivo, más allá de que el sistema de producción y consumo lo sigan siendo”.
Especializada en Sociología del Vestir y directora del posgrado en Sociología del Diseño en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, Saulquin observa en el luto de Cristina Kirchner, el sincretismo que el boliviano Evo Morales buscó entre la tradición indígena y la alta costura, o la distinción chic de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde, distintos modos en los que la apariencia se hace carne –o escenario– políticos.
¿Cómo surge su mirada sobre los modos del vestir?
—Me interesaba ver en qué medida el poder se cuela en las relaciones entre personas, y cómo las apariencias se meten como una cuña en esto. No sólo tiene que ver con la moda: me parece importante hablar de las apariencias. Creo que hay un nuevo orden de poder en el siglo XXI, que tiene que ver con una sociedad donde la realidad está mediatizada por las imágenes. En Poesía y capitalismo, Walter Benjamin decía que cuando comienza la modernidad empieza la importancia de los objetos, y por eso se crean los estuches, aparecen las vitrinas: había que tener y exhibir. Hoy es distinto; todo es parecer.
Pero los imperativos de poseer y exhibir siguen vigentes.
—Exhibimos de otro modo. El celular, el auto, ya no son los objetos en sí lo que se muestra, sino un estilo de vida.
¿La moda nos gobierna más allá de la vestimenta?
—La moda existe en todo: en lo político, en la vestimenta. Hasta en la ciencia y la técnica. Una de sus raíces es competir con el otro a través de la apariencia. Y los políticos compiten con el otro.
¿En qué aspectos es más claro el cruce entre moda y poder?
—El poder político es escenográfico. Fíjate en el luto de Cristina Kirchner: para ella fue una herramienta política que le permitió restaurar la pareja con Kirchner. Con ese luto traía la figura del marido ausente y restauraba una pareja política que había funcionado durante años. Otro ejemplo es Eva Perón, la evolución de su estilo después del viaje que hace a Europa. Antes de ese viaje, ella tenía una manera glamorosa de vestirse. Pero en Europa conoce a las socialistas italianas, y allí se le hace el quiebre. Empieza a despojarse, hasta que llega el famoso cabildo del justicialismo donde asiste con el pelo atado, el tailleur. Hay algo del poder como un escenario.
En tiempos de Internet, ¿dónde radicarían esas escenografías?
—Estamos atravesando una transición; la superposición de dos formas culturales, la sociedad industrial y la digital. Vivimos en una sociedad compleja, ambivalente, difícil de interpretar. Creo que vamos hacia la fragmentación del poder y el protagonismo de las redes sociales. La imagen digital diluyó lo político y lo privado.
En Política de las apariencias, su último libro, se refiere al acercamiento entre Evo Morales y el mundo de la alta costura. ¿Cómo entender ese gesto?
—Aunque fue muy resistido en su momento porque nadie comprendía por qué se había ido a buscar una modista de alta costura, fue muy inteligente al convocar a la diseñadora Beatriz Canedo Patiño. En Bolivia está muy dividida la sociedad y si se hubiera vestido absolutamente de aborigen no hubiera incluido a una parte importante de la población. Pero al encargar el vestuario del día de su asunción a Canedo Patiño, Evo hizo una unión. Ella le diseñó un traje que incorpora el aguayo, un tejido boliviano. Se plasmó la voluntad de reunir a todo el pueblo boliviano a través de la imagen.
¿Por qué el análisis de la vestimenta de un político varón resulta tan excepcional?
—Las formas de vestir de la mujer tienen más elementos. El traje burgués aparece con la modernidad, como vestimenta de trabajo. En los tiempos premodernos los varones usaban plumas, todo tipo de accesorios. El hombre hace la gran renuncia cuando empieza la era industrial: él se va a producir y le cede a la mujer el reinado de la vestimenta ornamental. Es posible que en una nueva sociedad los varones recuperen el aspecto festivo de la vestimenta. Aunque se supone que la moda solo afecta a las mujeres, a los hombres los marca bastante. Hace 20 años estudié los cambios en el vestir de los sindicalistas, y observaba su necesidad de aparecer con marcas emblemáticas, por ejemplo, Dior. Necesitaban esa reivindicación. Hasta Perón, en un discurso de 1948, dijo que los sindicalistas que lo visitaban “antes venían de alpargatas; ahora los veo con camisas de seda y buenos trajes”.
¿Un emblema actual de la apariencia en lo político?
—Christine Lagarde. Es glamorosa y emana poder. Yo la he visto en el prêt-à-porter de París, ella siempre va. La Lagarde marca tendencia.
¿Algo que se esperaría más de una actriz o modelo que de una política?
—Hoy todo el mundo se da cuenta del peso de las apariencias como elemento de poder. La importancia de la imagen para conseguir cosas.
Yendo al lado poco luminoso del mundo de la moda: ¿por qué el trabajo esclavo está tan asociado a la industria textil?
—Es fácil encerrar en un lugar una máquina, una mesa de corte y lanzarse a producir todo el día. Algo que la industria pesada no podría hacer. La industria de la producción de indumentaria está muy basada en talleres de trabajo clandestino. Es caro tener un taller en blanco, es verdaderamente sideral la diferencia. Y es muy fácil, salvo para las grandes laneras, montar y desmontar un taller. Por eso la tentación de hacer la producción en talleres clandestinos es tan grande.
Como en Bangladesh.
—Claro, el año pasado se incendió el Rana Plaza, un edificio en Dhaka, la capital de Bangladesh, donde había talleres textiles. Murieron más de 1.000 personas. Por eso el 24 de abril se instituyó a nivel global el Fashion Revolution Day, para concientizar sobre la procedencia de las prendas que uno usa. Algo similar a la Campaña Ropa Limpia, que surgió en Holanda en 1989, y hoy está activa en España y otros países.
Digamos que, en todo el planeta, habría dos grandes problemas con lo textil: la sospecha de trabajo esclavo o infantil al comienzo de la cadena de producción, y las denuncias de impacto medioambiental hacia el final.
—Uno de los “chicos malos” de la industria textil es el algodón, el material fundamental del siglo XX. Incluso el orgánico, que necesita mucho espacio y mucha agua. Además están los tintóreos húmedos, que afectan las napas. El gran ejemplo es la fabricación de jeans que tiene que ver con el algodón, pero también con los pesticidas. Se dice que 25% de los pesticidas a escala mundial son para el algodón. A eso hay que sumar los procesos de tintorería. En Arizona, hace 15 años, se produjo un algodón por selección de semillas: daba un producto de tonos verdes o amarillos, que no necesitaba teñirse. Pero a la gente le gusta el jean clásico. En 1992 en Japón comenzó a buscarse un proceso cerrado, que en vez de tirar el agua, la reciclara. Algo muy caro. Limpiar es muy caro.
¿Cómo lograr un consumo responsable sin caer en el elitismo?
—Tiene que cambiar el sistema de producción. La producción acelerada está destrozando el planeta. Aunque seguimos con los modelos productivos de la modernidad, la política va a tener que darle mucha importancia al cuidado de los bienes naturales y los recursos humanos. Ya se habla del lujo sustentable: el prestigio empieza a estar ligado con cuidar lo medioambiental y las personas.