• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

La crónica y sus afanes

Leonardo Padrón | Foto: Raúl Romero

Leonardo Padrón | Foto: Raúl Romero

¿Está o no de moda la crónica? ¿Es un auge marginal? ¿Una euforia clandestina? ¿Acaso importa?  A fin de cuentas, toda moda acarrea su propia tumba

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Empiezo por aclarar que en el tema de la crónica soy más un fanático que un teórico. De hecho, le tengo alergia a las tesis, a los argumentos sesudos, a las disquisiciones dilemáticas. Pero quisiera desbrozar algunos de los motivos por los cuales la crónica como género me entusiasma tanto. O, al menos, lo que yo ­dudosamente entiendo como crónica. Y digo dudosamente porque he leído tantas definiciones que casi alcanzan en hartazgo todas las que hay sobre la poesía. Es una buena prueba de que los ornitorrincos y los poemas siempre se la han llevado bien.

 

***

Carlos Monsiváis decía que la crónica es “el género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”. García Márquez, muy a su estilo, soltó esta flecha: “Una crónica es un cuento que es verdad”. Antonio Cándido, en otro encomiable ejercicio de brevedad, la llama: “Literatura a ras del suelo”. Martín Caparrós, un cronista químicamente puro, la cataloga como: “Un intento siempre fracasado de atrapar el tiempo en el que uno vive”. Mark Kramer lo dijo así: “Género que tiene un pie en la ficción y otro en la notaría”.

Leí tantas definiciones  ­ingeniosas, provocadoras­ que me quedé a solas, aterrado de pensar que, quizás, nunca había escrito una sola crónica, a pesar de ufanarme de algunas páginas con ese nombre. Una de las más divertidas paradojas que he conseguido mientras refrescaba ciertas opiniones de los especialistas en la materia es que mientras algunos proclaman el boom de la crónica latinoamericana, sus más emblemáticos cultivadores lo niegan.

Es decir, cada vez posee mayor visibilidad el género, aparece con terquedad en la agenda de congresos y festivales, se editan antologías aquí y allá, va ganando reputación académica la palabra y, por otro lado, los cronistas, los verdaderos protagonistas del aparente boom se quejan de que no hay tal, que los editores de la gran prensa los siguen evitando como se esquiva a un viejo amigo que habla mucho y presume de distinto. Juro que quedé confundido. ¿Está o no de moda la crónica? ¿Es un auge marginal? ¿Una euforia clandestina? ¿Acaso importa?  A fin de cuentas, toda moda acarrea su propia tumba.

 

***

 Ahora, ¿hasta qué punto es importante tener una definición exacta de lo que es la crónica? ¿Acaso ­insisto­ la poesía la tiene? La maravilla es que uno sabe cuando se tropieza con la centella de la poesía, con su aceite y su lujo, con el zarpazo de su inmanencia. Por eso ya todos dejamos de preguntarnos qué es la poesía. Uno la reconoce, simplemente. Sin resquicio de duda. Así sucede con las grandes crónicas.

 

***

Darío Jaramillo Agudelo ha dicho que “la crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica”. No deja de contagiar ánimo esa frase. Es un género que tiene cultores de abolengo. Pensando en estas líneas desenterré viejos números de El Malpensante y de Etiqueta Negra. Releí a Caparrós, me enamoré otra vez de Leila Guerriero, subrayé a Juan Villoro, seguí en Twitter a  Alberto Salcedo Ramos. Volví a José Martí, aplaudí a Kapuscinski, registré a Truman Capote, a Clarice Lispector y me tropecé hasta con Vallejo. Busqué ideas, provocaciones, párrafos ruidosos. Todo eso hallé. En cantidades notables.

 

***

Soy un firme creyente en aquel axioma ­estoy evitando la palabra cliché­ que dice que la realidad escribe mejor que la ficción. Los narradores le dedican un colosal esfuerzo de sus glúteos y neuronas a tratar de superarla. Casi nunca lo logran. Y quizás eso es lo que más me gusta de ese ornitorrinco de la prosa, como la llamó ­para siempre­ Juan Villoro: su  mestizaje. Esa dosificada mezcla de verdad y literatura, de reportaje y poesía. Creo que la crónica es un género que la realidad exigió para dar cuenta de sus arrebatos y caprichos.

 

***

Hace días, a propósito de la compleja y nebulosa situación venezolana, escribí en las redes sociales un tweet que decía: “Este país necesita subtítulos”. Y se me ocurre pensar que quizás los cronistas pueden equipararse a unos subrepticios traductores de la realidad. En Venezuela, la realidad perdió cromatismo. Todo se lee, se ve, se respira en blanco y negro. El oficialismo y la oposición ofrecen sólo dos caras, excesivamente esquemáticas, de ese jeroglífico llamado Venezuela. Quizás esa mirada aguda, morosa, ávida en matices, que suele tener la crónica, sería el lente ideal para explorar la intensidad, el fanatismo y los vaivenes de la realidad nacional.

El periodismo venezolano pasa por su más duro trance: canales de televisión y emisoras de radio cerrados o vendidos, periódicos cercados económicamente, rudo control de divisas, acoso incesante  de la guerrilla comunicacional, y el virus de la autocensura expandido en cada rincón hacen del oficio del periodista un verdadero tour de force en esta Venezuela  llena de adjetivos rimbombantes. El neopopulismo es también una gramática y una cadencia.  En tal contexto el balancín se ha roto. Los extremos se tocan y la realidad ha quedado simplificada en dos colores: blanco y rojo, para ser un poco literales.

Para evitar reducir la realidad a una lectura epidérmica, para no enquistarnos en nociones tan genéricas e inútiles como “pueblo” y “traidores”, “patria” y “apátridas”, “izquierda noble” y “derecha retrógrada” quizás hace falta acerar la mirada, sumergirnos en los pliegues, en definitiva, rebasar los titulares de prensa. Me gusta pensar que entonces los cronistas pueden ser realmente útiles, aunque sea un término incómodo, para prender linternas dentro de tanta neblina.

 

***

 Los cronistas suelen burlar a los vigilantes, ignorar advertencias, procurar los pasillos, alzar la pregunta inesperada y el café cómplice. Una herramienta muy eficaz en épocas puntillosas, donde la libertad de expresión se tambalea cotidianamente.

Un cronista, por definición, evita la lectura maniquea del mundo. Es un antropólogo del dato último, un historiador de la cotidianidad y sus asombros. No menos necesitamos para descifrar este país donde un hombre llamado Hugo Chávez se ha vuelto una religión. Una religión cuyo cáliz imprescindible es el petróleo. Una religión armada y turbulenta.

 

***

 

Hacer crónica es contar la realidad como si fuera mentira. Y hoy veo a mi país como una cantera abundante en historias inverosímiles.  Un país donde, por ejemplo, la ministra del Servicio Penitenciario amenaza con soltar a los presos que se porten mal. Donde los pranes de las cárceles organizan  shows bailables con strippers y estrellas del vallenato y el reguetón, mientras cuentan sus municiones. Un país donde el agua es más cara que la gasolina.

Donde los dueños de los apartamentos se encadenan a las puertas de su casa para expulsar a los inquilinos. Donde los comunistas rezan en la televisión.

Donde las reinas de belleza reinventan el castellano. Donde los policías atracan y secuestran a los ciudadanos. Donde inauguran una estatua en honor a Tirofijo, un guerrillero colombiano de amplio prontuario. Donde las invasiones han devenido en el surgimiento del rancho vertical más grande del mundo. Donde los delitos los organiza gente que ya está presa y por lo tanto no los puedes meter presos.  Donde termina un mandato y nadie se juramenta para el otro. Donde los decretos de Gobierno se hacen a través de la firma escaneada de un presidente que estuvo oculto más de dos meses. Donde la enfermedad de ese presidente se convirtió en un misterio de ribetes fílmicos y un país entero se encrespó de incertidumbre hasta que ocurrió la estremecedora noticia de su muerte.

Tomás Eloy Martínez aseguró en una ocasión que “la crónica es, tal vez, el género central de la literatura argentina”. Creo que a Venezuela le ha llegado la hora de los cronistas. Quizás nos ayudaría a entender un poco más este mañoso continente donde los caudillos no pasan de moda y siguen cabalgando ­con un pueblo entero a cuestas­ hacia el desván de la historia.