• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

Sin cebolla, por favor

Teatro Municipal / Ernesto Morgado/El Nacional

Teatro Municipal / Ernesto Morgado/El Nacional

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Ese domingo me desperté con ganas de comer sano y terminé almorzando un par de perros calientes y una malta en el centro de Caracas. Uno se contradice descaradamente. Allí estaba, en la calle Oeste 8 con Sur 4, en estricta diagonal con el Teatro Municipal, pidiéndole al vendedor de perros calientes que no le pusiera cebolla al banquete. El tarantín solo ostentaba un pequeño grupo de clientes: moscas, decenas de moscas. Eran las cuatro de la tarde. Mi ataque de hambre pudo más que la prudencia. Lo peor de todo: los perros calientes estaban buenísimos. En el mostrador se exhibía una veintena de potes contentivos de salsas de toda índole. No quise hacer más turismo extremo con mi estómago y pedí las salsas habituales. No era recomendable respirar mucho. El lugar estaba fumigado por un rancio olor a orines que data, supone uno, desde la Guerra Federal. Al lado, una señora en un carrito exhibía otra opción. "Cachapas Socialistas", decía el letrero acompañado con una sonreída imagen de Hugo Chávez. Me pregunté en silencio si eso hacía concluir que mis perros calientes (plural, sí, me comí dos!) eran perros capitalistas. ¿Gastronomía polarizada? Ya es demasiado.

Me estaciono en el Hotel Alba para luego irme al Teatro Municipal y evitar el trance de aparcar en pleno centro de Caracas. El vigilante me dice que mi pareja debe bajarse del vehículo mientras yo busco puesto. Una tiza de desconcierto me raya la cara. Pregunto la razón de tal medida. “Son numerosas”, completa. “Dígame al menos una”, replico. Y enumera: “Algunos entran al estacionamiento para hacer indecencias en el carro, o para consumir (¿crack, monte, perico?), o viene gente rara, peligrosa. Usted sabe, la inseguridad”. La frase del siglo XXI en Venezuela: “Usted sabe, la inseguridad”. Termino aceptando. Pienso qué pasaría si tal medida la aplicaran en el Hotel Tamanaco, Eurobuilding o Sambil. En fin. Todo anda tan distinto.

3:30 pm. La Avenida Universidad es un dilatado bostezo. La limpidez del domingo le otorga un sosiego ajeno al lugar. Sus inquilinos habituales no están. Los edificios históricos respiran aire fresco, como viejos paquidermos que al fin sonríen. Todo luce holgado, posible. Atraviesas la Plaza O´leary mientras la zona que alguna vez diseñó Carlos Raúl Villanueva le hace honor al sarcástico nombre que posee. En ese justo momento, el Silencio reina. Un hombre enjuto, en el centro de la Plaza Miranda, habla por micrófono a un público que no existe. Quizás sea un pastor de almas o un cantante sin duende. Todo parece tan calmo. Pero hay una presencia inquietante en el ambiente. Sientes que alguien te observa, vigila tus gestos. Alzas la mirada y descubres un grafitti con los ojos de Chávez en el tope de un edificio. Más acá, un aerosol repite diez veces los bigotes de Maduro en una indefensa pared. En las columnas, en los rincones, en las esquinas, diseminada como un decreto de gripe, está toda la iconografía revolucionaria. El Big Brother acecha el rumbo de tus pasos. Te olisquea. Quizás esos ojos se multiplican para recordarle a muchos la Misión a la que pertenecen, la Canaimita que poseen, la frugal beca que habita en su cartera. Prohibido olvidar. Incluso los domingos.

Son más de 130 años de historia. El presidente Guzmán Blanco, con su ego bien nutrido, le puso su nombre al teatro que luego la cordura rebautizaría como Teatro Municipal de Caracas. Sería mezquino ignorar el esfuerzo que ha hecho Fundapatrimonio por restaurar las instalaciones del solemne y añoso recinto. Aún no todo está terminado y algunos especialistas podrían polemizar con la propuesta de los restauradores, pero lo importante es que las butacas, el escenario y los camerinos tienen vida de nuevo. Voy a ver Bla,bla,bla: Discurso Tóxico, una sugestiva obra de René Guerra, interpretada para el elogio por Eliana Santander y Pastor Oviedo. Hay gente que hace cola en la taquilla y es allí cuándo descubre lo que va a ver. Ya se han habituado a ir al teatro los domingos. Eso es, sin duda, una conquista invalorable. El temperado precio de la entrada (20 BsF) permite que te hagas cómplice del azar. Lo mejor de la tarde es la afabilidad en curso: el hombre que palmeó mi espalda en la esquina del perrocalientero, la sonrisa sin color político de la taquillera, el saludo entusiasta del soldado que vigila los alrededores y el reencuentro con un espacio que fue parte de mi cotidianidad. En la calzada real del país, la polarización es una marca de agua cada vez más desleída. A pesar de las instrucciones de odio de la bóveda oficialista y el radicalismo de ciertos opositores, hay un largo país cansado del gesto amargo y prefiere elegir la contraseña de la sonrisa.

Domingo, 6:15 pm. Avenida Lecuna. La noche se acerca con pasos menesterosos. Camino hacia “Teatros”, una de las estaciones de la Línea 4 del Metro. En la calle hay vendedoras de chucherías y cigarros (muchachas sentadas encima de otras muchachas), rodeadas de niños que saltan como conejos en la sombra. A lo largo de la avenida, cual manchas de soledad, hay hombres reclinados en la pared. Nada hacen. Solo están. Son parte de la escenografía. Quizás mascullan en silencio el balance de sus vidas. O esperan impacientes por la llegada del lunes y entonces, la esperanza, la redención.

Ya en el Metro, me tropiezo con la sonrisa de muchos. Se preguntan - se les nota-  qué hago allí. Tan peatón. Tan ellos. Esa es una nostalgia no resuelta. La de caminar una zona de la ciudad que –juras- no quiere que la camines. Fueron abundantes los años en que mi pateadero habitual era el centro de Caracas. Aún no entiendo si me desterraron o yo mismo partí. Avanzas desde Parque Central hasta el Hotel Alba. La prudencia propone ir a paso de vencedores. La oscuridad se traga la placidez de un domingo que ya no es. Ha llegado la noche con sus colmillos lustrosos.   

¿Qué se conversa en una fiesta? Ocurrió la noche anterior. Recordemos que este país no suspende su alegría. La política es tema para varios tragos. El destino del país, la salud de la oposición, los dislates de Maduro. Es mucho material. Pero se vuelve repetitivo. Una lluvia del mismo color. Entonces, la gente aventura otros temas (que, en el fondo, son el mismo). Una amiga ve el reloj y dice que a las dos de la mañana debe buscar a su hija adolescente que está en otra fiesta. La diligencia suena a riesgo, a sobresalto.  Rosalba procede a contarme sus avatares de madre de hija adolescente. Es la edad donde más fiestas se celebran. Invariablemente, todos los amigos de tus hijos tendrán su fiesta de quince años, de graduación, y de ganas de hacer una fiesta. Toca a los padres buscarlos en lugares remotos y horas inadmisibles. Algunos se turnan y reparten la camada de jóvenes por toda Caracas. La gestión se agrava cuando eres madre soltera o divorciada. Todo se convierte en una ruleta rusa.

A una madre le tocó el hombro la mala suerte. Llevaba de regreso al hogar a su hija Camila y sus tres amigas. Desplegaban esa felicidad ingrávida de la adolescencia. Camila celebraba el triunfo estético de su calzado. Fueron los zapatos de la fiesta. De pronto, las emboscaron en una calle estrecha.  Todas daban alaridos al unísono. Tres de la madrugada y ya la fiesta era un recuerdo mohoso. Bienvenidas a la pesadilla. Los hombres las ruletearon hasta que se cansaron del tono chirriante de los gritos y de la infructuosa negociación monetaria. Las soltaron en mitad del túnel de La Trinidad. Camila vio irse sus zapatos de reina junto con el carro de la mamá. Cuatros adolescentes y una madre, descalzas y abrumadas de pánico, en la garganta umbrosa del túnel. Esa era la posdata de la noche. Nadie se detenía a ayudarlas. Un taxi se apiadó y las devolvió a sus vidas, que tal vez ya no serían las mismas.

En un mes o antes, las invitarán a una nueva fiesta. No puedes dejar presos a tus hijos en la casa. La juventud es cualquier cosa menos encierro. Así me argumenta Rosalba. “Dentro de tres años, los tuyos entrarán en esa dinámica”, me augura sin entusiasmo. Observo a mis hijos de once años, reventados de sueño. No falta mucho para que sean adolescentes y se apoderen de las madrugadas. Me preocupo hondamente. ¿A qué hora de la angustia estará Venezuela dentro de tres años?

“Usted sabe, la inseguridad”, me dijo el vigilante de aquel estacionamiento. La frase del siglo XXI en Venezuela. No sé por qué, campaneando la medianoche, pienso en comer un perro caliente, diagonal al Teatro Municipal. “Sin cebolla, por favor”.