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La otra cara del botox

Aplicación de botox | Reuters

Aplicación de botox | Reuters

Generalmente utilizado con fines estéticos, el botox es un aliado para pacientes con parálisis facial que son tratados por neurólogos. La toxina también es sanadora

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Cada vez que la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, viene al país, los amigos de Carolina Marcano se burlan de la mandataria por su excesivo maquillaje y, sobre todo, por su adicción al bótox. En Twitter explotan los comentarios malévolos y los ataques: la llaman Madame Bótox.

Carolina esboza una sonrisa ladina, porque ella también es, de algún modo, adicta a esa toxina. No porque sea vieja o porque su piel esté arrugada. Tiene otras razones.

Cada cuatro o seis meses –dependiendo del capricho de sus músculos– Carolina debe inyectarse 50 cc de de esa sustancia. Cuando se acerca la fecha de la aplicación, llora, maldice al doctor, le da diarrea, migraña. Pero nunca falta a su cita.

Las agujas que se clavan en su piel son más pequeñas que las que usan los diabéticos para inyectarse insulina. Una primera inyección no duele nada. Cuando van siete, ocho, nueve, su ojo derecho empieza a lagrimear sin consuelo. El doctor le da un minuto para que respire y se vacíe la cavidad ocular. Tienen que seguir la faena.

Ella está contraída, trata de inhalar y exhalar, pensar en otra cosa. Pero su cara es atravesada por 35 inyecciones –tiene varios vasos rotos, y ojos que comienzan a ponerse morados–, así que nada la calma. Su suplicio parece terminar 45 minutos después. “Me veo como si me hubiesen dado un golpe en el ojo. Mañana seguro tendré migraña. Nunca falla”, dice.

Con el transcurrir de los días, sus músculos inician un viaje milimétrico para volver a su lugar. Luce como se supone que ella es en realidad. (Aunque nunca queda igual que después de la última aplicación). El clímax de su reacomodo se alcanza en la segunda semana, cuando el bótox está en la meseta de su efecto paralizador, luego viene un lento e indetenible declive que dura meses.

Carolina agradece al neurólogo por sus manos de oro. Él le contesta que inyectar bótox y esculpir son actividades muy similares; cada inyección es un cincel.

La primera vez que Carolina consulta al neurólogo Gonzalo Gómez Arévalo está tensa, él la nota fuera de sí. No es para menos, un año antes, una médica le había desviado el labio inferior. El efecto duró más de lo que imaginó. Era una oftalmóloga que quería incursionar en el terreno de la aplicación del bótox, y ella fue su conejilla de indias. “Era una perra. Nunca me atendió el teléfono, así que le mandé un SMS diciéndole que era una pesetera. Sólo allí me ofreció ir a consulta a remendarme. Obviamente, no fui”.

Ese día, mientras el médico mezcla el bótox con una solución salina, le habla sobre la toxina: 

“Si alguien vierte 2.500 cc de bótox puro en el Guaire o el Río de la Plata, esa cantidad basta para envenenar media ciudad. El bótox fue ideado mucho antes de la Segunda Guerra Mundial como un arma de destrucción masiva”.

Se queda boquiabierta. Y le pregunta al neurólogo si algún país lo ha usado contra otro.

Sí, le contesta, cuando los japoneses ocuparon Manchuria en los treinta, probaron el bótox con los chinos. Le cuenta también que durante la Segunda Guerra Mundial esa sustancia se transformó en un arma de bioterrorismo. Pero fueron los americanos y los canadienses quienes siguieron investigando cómo usarlo.

Esa historia despierta la ansiedad de saber más. Carolina comienza a googlear y a buscar en Wikipedia. Descubre que el nombre del bótox se debe a una bacteria llamada Clostridium botulinum, que produce el botulismo. El término proviene del latín botulus, que significa “salsa”.

No lo cree: ¿salsa? Pues, según una de las web que consulta, en el siglo XVII, durante las guerras napoleónicas, hubo numerosas epidemias por botulismo, y pensaban que el origen de aquellas plagas estaba en la salsa de la carne.

Más le sorprende saber que todo fue accidental. El oftalmólogo Alan B. Scott trata de hallar una cura para el estrabismo más rebelde. Tras años de investigaciones, nota que el bótox debilita el músculo ocular y, al mismo tiempo, las arrugas se atenúan o desaparecen. Así que, de un uso neurológico, el bótox se convierte en una milmillonaria maquinaria cosmética.

Ella no puede evitar el asombro cuando lee que Scott le vendió su fórmula al laboratorio americano Allergan, por 3 millones de euros. Desde entonces él ha dejado de ganar 1 millardo de dólares al año.

Muchos años antes de llegar a la consulta de Gómez Arévalo, un neurólogo le dice claramente a Carolina que su nervio facial está atrofiado por una parálisis, y que ha perdido 25% de la movilidad de su rostro. “Lloré como nunca, como si alguien se me hubiese muerto. Era mi cara, ¡mi cara! Lo más hermoso que tengo; esa piel de porcelana, mis pómulos, mis ojos rasgados. Todo eso está desdibujado”.

Vive así unos años, hasta que aparece un efecto secundario. Un blefaroespasmo: ambos ojos se cierran sin que ella pueda notarlo, no lo siente ni puede evitar que suceda. Pero los demás sí ven que sus ojos se apagan, y se lo dicen constantemente.

Otro neurólogo al que consulta le habla de un tratamiento alternativo con bótox. Ella está rendida. Pero el médico es sangrientamente sincero: “La parálisis que sufriste fue muy severa, nunca vas a recuperarte. En tu condición, tienes 50% de posibilidades de que el bótox te haga efecto, y 50% de que no funcione. No todos los organismos reaccionan igual, no pierdes nada. Si la aplicación no sale bien, el efecto no durará más de seis meses. Piénsalo”. No duerme en días, y pide una cita con el prestigioso neurólogo Gonzalo Gómez Arévalo, quien le advierte de todas las cosas que pueden sucederle. La anima a probar, sólo probar.

A veces, cuando a las personas nada peor puede sucederles, suelen llenarse de coraje y se deciden a quemar las naves.

Hay magia: es ella y, al mismo tiempo, ya no es ella. Se maravilla con ese nuevo rostro que emerge con esa sustancia, y no deja de mirarse en el espejo. El miedo se ha ido. Pero no todo es fácil. Hay efectos secundarios: ojos secos, fotofobia, a veces párpados caídos, labios torcidos, queratitis, dificultad para modular. La rabia la inunda por temporadas, pero insiste.

Así que cuando oye que la gente se burla de Cristina Fernández de Kirchner, Nicole Kidman e incluso de algunas funcionarias criollas, ella comprende que hay una verdad sobre esa toxina que aún no ha sido revelada: no siempre es frivolidad ni anhelo de belleza. Carolina sabe que el bótox es su mejor amigo, y su risa le ilumina el rostro.

98% del bótox aplicado en el país es por estética

La mayoría de las personas que se aplican toxina botulínica en el país lo hacen por estética. Las cifras proporcionadas por la Sociedad Venezolana de Cirugía Reconstructiva, Estética y Maxilofacial son elocuentes: 98%, estética; 2%, razones médicas.

El bótox médico se aplica para espasmos hemifaciales, blefaroespasmos, migrañas, casos avanzados de HIV con atrofia muscular, espasticidad, entre otros.

La marca más vendida en el país es la Botox, fabricada por el laboratorio norteamericano Allergan, que posee la patente de la sustancia y tiene el permiso sanitario del Ministerio de Salud. Sin embargo, asegura Gabriel Obayi, secretario general de la referida sociedad, en el país circulan otras marcas como Botulax, Botulin. Algunas no tienen permiso sanitario, como sucede con los biopolímeros. También se distribuyen marcas chinas.

Obayi explicó que un paciente medio, de entre 25 y 40 años, puede usar una ampolla completa de bótox. Cada ampolla tiene 100 unidades. En las “patas de gallo” se aplican 5 unidades, lo que da un total de 30 unidades por “pata de gallo” en ambos ojos. En el entrecejo se inyectan 10 en cada ceja, y en la frente se hace un esquema según la persona: “Es una especie de pirámide invertida, y se inyectan según las líneas que tenga la persona. Todo eso es para el tercio superior de la cara, en la parte baja se usa ácido hialurónico”.

Afirma que, en general, la mayoría de las personas usa 50 unidades de bótox.

Los costos de estos tratamientos estéticos varían de acuerdo con los honorarios profesionales. Una ampolla cuesta 2.000 bolívares, pero los montos totales por la aplicación oscilan entre 4.000 y 8.000 bolívares.