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El bosque que espera por las ranas

Con sillas playeras, linterna y zapato cerrado, vecinos hacen tertulias en el bosque | Foto Leonardo Guzmán

Con sillas playeras, linterna y zapato cerrado, vecinos hacen tertulias en el bosque | Foto Leonardo Guzmán

Detrás de la Concha Acústica de Bello Monte, en Baruta, un grupo de vecinos y activistas por el ambiente se adentran al bosquecito que resiste sobre un talud al paso de tractores y urbanizadores

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“No, mi amor. Todavía estoy viendo la Luna”, y así se calma la impaciencia al otro lado del bosque. Pasan los minutos y el satélite, lleno hasta enceguecer, por fin se asoma entre dos árboles. Pero esta noche la Luna engaña. La penumbra pasó sin avisar, apenas fue un sonrojo de Mona Lisa. Pocos la notaron. Nadie se va derrotado este viernes de octubre. El bosque también eclipsó. Prometen volver.

El grupo de 30 personas se apretuja en sillas playeras, mantas y de pie, en medio de un claro del bosquecito al que se llega tras cruzar la escalinata de la Concha Acústica de Bello Monte. Los aficionados a las estrellas se reúnen para observar el eclipse parcial que promete colorear la Luna; lanzan los conceptos básicos, otros se conocen, intercambian el asombro de estar en medio de un bosque a 1 kilómetro de la autopista Francisco Fajardo que borbotea carros a esta hora; otros matan la espera y los mosquitos. “¿Hay un astrónomo entre nosotros?”, pregunta el biólogo Luis Levin.

Detrás del anfiteatro, un grupo de vecinos y activistas por el ambiente tienen la rutina de subir a este bosquecito que resiste sobre un talud de vértigo al paso de tractores y urbanizadores. Desde hace 5 años, Levin mantiene el Jardín Ecológico de Colinas de Bello Monte con apoyo de residentes de la zona y de  estudiantes inscritos en el Servicio Comunitario de la Universidad Central de Venezuela y promueve visitas para husmear en el cortejo sonoro de ranas e insectos, avistar aves, ardillas, perezas y eclipses, y cazar postales con lentes macro.  

“La civilización nos ha acostumbrado a las líneas rectas y a las formas rígidas, y en el bosque, que ha sido el hogar del hombre por millones de años, su lugar originario, nuestro modo de pensar cambia. Dicen que una pareja que vive en el bosque nunca se separa”, dice con la convicción de un homo floresiensis. Levin es un hobbit demasiado alto que encontró morada en la ciudad. Su labor, más que ecológica, milita en la filosofía.

Otro viernes es de ranas, aunque tienen menos público que la encantadora Luna llena. En este caso, el hallazgo sí resulta un poco decepcionante. En el concierto que se oye detrás de la concha acústica no tocan las ranas, porque fueron desterradas del lugar.

Levin explica al grupo, que se alumbra con linternas, las razones por las cuales este es un bosque en renacimiento. Un año atrás, una tubería de Hidrocapital se rompió y generó un deslave en la montaña. “No tenían los planos y tuvieron que meter palas mecánicas para ubicar la rotura. Rompieron el bosque, el agua corrió por días, luego se secó y las ranas se fueron”.

En la propia montaña construyó unas charcas para recuperar las especies de anfibios que habitaban el lugar. Los estanques se mantienen vivos gracias al oxígeno de unos peces guppy que, en su opinión, tienen más eficacia en el combate de las larvas de los zancudos que transmiten el dengue, que los operativos de fumigación de la Alcaldía de Baruta, que cada 15 días arrasan con todo tipo de insectos. “Todos los días me asomo a ver si han puesto huevos las ranas”, confiesa Levin. Pero se necesitan tres años para volver a oír el amor nocturno de las ranas detrás del también conocido como Anfiteatro José Ángel Lamas que, luego de haber recibido desde la Orquesta Sinfónica de Venezuela hasta Nat King Cole, ahora es un cajón apagado.

La actividad comunitaria que se desarrolla en el jardín se extiende a los colegios de la zona, que hacen visitas guiadas que sirven de abono a las clases de educación ambiental. Levin es investigador desde hace más de 20 años en el Instituto de Biología Experimental de la UCV, que tiene sede unas cotas más arriba del jardín. Se ha dedicado a estudiar la vida silvestre de los bosques urbanos, que alientan la calidad de vida de las ciudades, lejos de las leyendas de encantamiento, brujas, extravío y bichos. “A mí me gustaría que esta experiencia se replicara en otras comunidades, que la gente sepa cómo aprovechar estos bosquecitos urbanos, que no están esperando que la máquina pase para construir”.