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Mi bate se mira pero no se toca

En la era del análisis numérico más meticuloso y desapasionado del beisbol, y de nuevas generaciones de peloteros cada vez más apegados a las herramientas tecnológicas, las supersticiones se mantienen inseparables del pasatiempo favorito del venezolano

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Media hora antes del juego en el Estadio Universitario, ordenanza de cambalache en las espaldas de los Leones del Caracas: el mánager estadounidense Rick Sweet (despedido menos de un mes después) cede su uniforme con el número 14 al experimentado segunda base cojedeño Luis Orlando Rodríguez y le pide el 18 al joven jardinero Douglas Landaeta, que se busca para sí el 78. El objetivo era erradicar el 10, hasta aquel domingo 15 de octubre escogido inadvertidamente por Rodríguez en los primeros tres compromisos de la temporada 2012-2013 de los Leones, todos perdidos.

La cifra de la decena, que en el fútbol ha sido usada por los mejores jugadores del mundo, entre ellos Lionel Messi, se considera “pesada” (pavosa) en el equipo con más títulos en la historia del beisbol profesional venezolano. “Es un deporte supersticioso”, se encoge de brazos Sweet ante los reporteros.

Como autor de la teoría cabalística, todas las sospechas apuntan a Oscar Prieto Párraga, odontólogo, hasta 2001 socio y gerente general de los Leones y actualmente asesor deportivo del club al que ha estado ligado prácticamente toda una vida (colecciona cerca de medio millar de representaciones de felinos melenudos de todos los tipos en su vivienda). Según un periodista que cubre la fuente beisbolística y que prefiere mantenerse en reserva, Prieto Párraga es uno de los hombres más supersticiosos de la pelota venezolana: “Si don Oscar se sienta en una silla y el Caracas está ganando el juego, tenga la seguridad de que no se va a levantar de esa silla, pase lo que pase. Pero si al Caracas le revierten la ventaja, entonces él se mueve a otros lugares del estadio hasta que las cosas cambien. Si el equipo está en una racha de victorias, se pone una camisa que nunca se cambia”.

Con algo de recelo, Prieto Párraga lo admite. “Sí. En el Caracas hay varios números que a mí personalmente no me gustan. Son números pesados, vamos a llamarlo de algún modo. ¿Que cuáles son los otros números pesados? No, no se puede decir. Hay gente que los está usando y eso va a crear un problema. ¿Una explicación? Para eso no hay ninguna explicación. Es así porque es así. No te puedo decir ‘Oscar Prieto hace esto o Juan Pérez hace aquello’. Pero todos hacen algo. Hay gente que no lava la ropa cuando le están saliendo los batazos, otros se ponen el mismo tipo de ropa interior o guardan el bate. Es algo universal, que no tiene que ver con tu profesión, clase social o religión: si haces una cosa y te sale bien, la sigues haciendo. Si sale mal, la dejas de hacer. Con el éxito no puedes pelear, es como pelear con tu papá”, concluye el hombre que, junto con peloteros como Andrés Galarraga, Omar Vizquel o el difunto Baudilio Díaz, o el showman de tribuna Alejandro “Corneta” Lezama, es sinónimo de tradición melenuda.

La actitud cuidadosa de Prieto Párraga ilustra una de las dificultades de indagar sobre las supersticiones en el beisbol venezolano en pleno siglo XXI: hablar de una superstición también es pavoso. Puede hacer que pierda su efecto. El Caracas ganó 7-4 a los Tigres de Aragua aquel domingo, pero la ciencia desecharía la hipótesis de que se debió a la erradicación del uniforme 10. Los Tigres, por su parte, pegaron al revés en la pared el lineup (papel que oficializa el orden en que batearán los peloteros) el pasado miércoles 7 de noviembre, luego de una racha de diez derrotas consecutivas. Esa noche derrotaron 3-2 a Bravos de Margarita. Igual no les sirvió de mucho porque hasta finales de noviembre, los actuales campeones de la pelota profesional se mantenían últimos en la tabla de posiciones de ocho clubes.


Lineup ganador. Vivimos la era más científica de la historia del beisbol. El juego de la fortuna, protagonizada por Brad Pitt y postulada el pasado febrero al Oscar a Mejor Película, llevó al gran público la noción de “sabermetría”, que se define como un enfoque apoyado en el análisis de vastos datos numéricos y que con frecuencia descarta muchas de las creencias tradicionales alrededor de la pelota. “El pensamiento del beisbol es medieval. Está atascado en las eras oscuras”, se burla el personaje ficticio de Peter Brand, el economista graduado de Yale que asesora al gerente general de los Atléticos de Oakland, Billy Beane (Pitt), para construir un equipo ganador con un presupuesto irrisorio. Más ciencia en la vida cotidiana, sin embargo, en ningún caso implica la erradicación de la fe en energías invisibles e indemostrables.

El beisbol no es amable con los advenedizos. “Sí, tengo mis creencias. Pero eso es personal”, se excusa, desconfiado ante el entrevistador cuya cara no le resulta familiar entre los que habitualmente rodean la cueva de los Tiburones, el mánager de La Guaira, Marcos Davalillo. El equipo que comparte el Estadio Universitario con los Leones comenzó esta temporada con una racha negativa de 0-8 y, cuando consiguieron su primera victoria ante los Tigres, al día siguiente Davalillo aplicó una de las cábalas más famosas del juego: la de que el lineup ganador se mantiene intacto. Un estratega “científico”, en cambio, modifica sus bateadores según su rendimiento o el pitcher rival. “Los mánagers de ahora ya no creen en esa vaina de que la alineación ganadora no se toca”, suelta, quejoso, Prieto Párraga.

“El pelotero latino pareciera estar más pendiente de las supersticiones que el estadounidense. Si alguien está ‘caliente’ (conectando muchos hits) no quiere que más nadie use su bate. O se pone el mismo interior o la misma franela”, relata Alfredo Pedrique, timonel de los Caribes de Oriente (en grandes ligas dirigió a los Cascabeles de Arizona en 2004) y uno de los que en Venezuela emplea las herramientas “sabermétricas” (el análisis numérico desapasionado y práctico de lo que aporta un pelotero para ganar juegos). “Yo siempre confié más en mi preparación y en mi conocimiento del beisbol. No era supersticioso. Pero, cuando yo jugaba en los Tiburones de La Guaira, mi compañero Norman Carrasco no dejaba que nadie le tocara su bate cuando estaba caliente. Gustavo Polidor, que en paz descanse, tenía la mala costumbre de usar el bate de todo el mundo, y Norman, que era muy delicado con eso, se lo reclamaba. A Oswaldo Guillén tampoco le gustaba que nadie tocara su guante”, recuerda Pedrique.

El pavoso de turno. “Por la experiencia, yo paso por un dugout (o cueva, equivalente al banquillo lateral de suplentes en el fútbol), y veo un bate o un guante, y soy incapaz de tocarlos. Porque he visto y tengo conciencia de lo que representan sus herramientas diarias de trabajo para muchos peloteros”, revela Humberto Acosta, periodista con cuatro décadas de experiencia en la pelota criolla e internacional y un manantial de anécdotas sobre supersticiones.

“Cuando hacía entrevistas desde el campo de juego para el canal RCTV, sentía una angustia muy grande porque en un terreno de beisbol nunca puedes ubicarte en el medio; debes estar en un dugout o en el otro, y si el marcador del juego cambiaba en ese momento, los peloteros perfectamente podían atribuirte a ti el papel de pavoso. Además de pegar el lineup al revés, existe la creencia de que la persona que entrega el lineup al umpire, si gana el equipo ese día, debe volverlo a entregar al día siguiente. Si tienes una racha de victorias, hay gente que llega al extremo de no lavarse la ropa interior. Decían que el guante de Dámaso Blanco estaba embrujado en Birongo. Recuerdo que, en los años sesenta, el Caracas trajo una especie de chamán que les echó unas ramas a los bates de Vitico Davalillo y César Tovar. Es algo muy de nuestra cultura. Es raro ver a un pelotero estadounidense que llegue a primera base, vea al cielo y le dé gracias a Dios. En muchos casos son conductas aprendidas por imitación, que se transmiten de generación en generación, más que creencias reales. Porque los peloteros tampoco son ignorantes, en el mejor sentido de la palabra. Ellos saben que, si no están bateando, es porque no están trabajando en algo de la manera más adecuada, no porque un extraño les tocó el bate o el guante”, advierte Acosta.

“La tecnología ha cambiado mucho el juego. Los peloteros toman un turno e inmediatamente después se van al cuarto de video a analizar su mecánica de bateo. Los lanzadores revisan los resultados de la pistola de velocidad. Muchos quieren publicar algo para los aficionados en Twitter. La actual generación de beisbolistas parece más dada a lo tecnológico, a la objetividad, pero se mantienen las cábalas y los hábitos de repetición. Todo ser humano repite lo que le sale bien: tomar la misma ruta con el carro cuando el equipo está ganando, ponerte la misma ropa o zapatos o comer lo mismo”, opina el ex pitcher Iván “Perla Negra” Arteaga, gerente de los Bravos de Margarita.

“¿Qué hacía yo? Más que superstición, lo llamaría costumbres: evitaba pisar las rayas de cal en el terreno de juego, y cuando era pitcher abridor comía lo mismo en los días en que me tocaba una apertura. Pero ¿y cuando pasé a ser pitcher relevista? Entonces ya ni sabía qué días me tocaba lanzar. Por eso no puedes dejar que la cábala se convierta en una excusa, una manera de escurrir el bulto”, recomienda Arteaga.

Salvador Pérez, catcher de 22 años de edad que firmó un contrato de 7 millones de dólares en grandes ligas antes de pisar esta temporada por primera vez un terreno venezolano, parece ratificar lo dicho por Arteaga acerca de las nuevas generaciones. “No, yo no soy de esos, no tengo nada que ver con eso”, apura el paso, parco, cuando se le pregunta por sus presuntas supersticiones, antes de enconcharse en la cueva de los Tiburones.

“El beisbol es un deporte profundamente ligado al azar: un partido se decide por diferencias de centímetros”, sostiene Efraín Ruiz Pantin, periodista que pertenece a las Asociación de Cronistas de Grandes Ligas. Los strikes y las bolas son sentenciados subjetivamente por el umpire principal según una zona imaginaria: el criterio de si la pelota cayó un poquito más allá o acá significa la diferencia en un turno decisivo que termina con ponche o batazo a terreno de nadie. Una buena atrapada de un shortstop o un jardinero central frustra lo que parecía un hit o un jonrón seguros.

“Como el factor suerte es tan elevado, los peloteros necesitan aferrarse a alguna creencia, y por eso las supersticiones son indesligables del beisbol”, concluye el venezolano residenciado en Texas, a que planea escribir un libro en español sobre análisis sabermétrico. Sus conclusiones son aplicables a la vida misma. “Eso no va a desaparecer del beisbol. El ser humano es así”, remata categóricamente Prieto Párraga, el odontólogo de la teoría de los números “pesados” y el coleccionista de leones.

La ciencia carece del monopolio de las respuestas acerca del tránsito vital. Hasta el más incrédulo y ateo, en el fondo, se aferra a la apuesta casi deportiva que lanzó Pascal en el siglo XVII: en caso de duda, siempre es mejor creer en lo indemostrable.

Sincretismo
“60% de lo que es Oswaldo Guillén hoy en día se lo debe a los santos”, confesó el mánager venezolano, campeón con los Medias Blancas de Chicago de la Serie Mundial de 2005 y recientemente despedido por los Marlins de Miami, en una semblanza para la revista Exceso escrita por Roger Santodomingo.

En el mismo texto, Ozzie reveló que poseía el nivel superior de babalao (sacerdote) en la religión yoruba, que tenía un gallinero en su vivienda en Chicago y que su vecino estadounidense se quejaba de que pertenecía a una secta satánica.

En Grandes Ligas (1989), una de las comedias cinematográficas de beisbol más emblemáticas, el pelotero latino es representado a través de Cerrano, un cuarto bate cubano que realiza rituales de santería en su locker.
“No hay peloteros más creyentes que los cubanos, y eso tiene que ver mucho con su sincretismo, que se ha extendido a otras regiones del Caribe”, ratifica Humberto Acosta.

“No te puedo dar una respuesta contundente porque es un secreto bien guardado en el club house, pero la temporada pasada, cuando nos fue muy mal en el round robin, veías algunos eventos de santería allá dentro”, cuenta Rafael Gruszka, directivo de los Caribes de Oriente, y agrega: “La mayoría de los que hacemos vida en el beisbol estamos acostumbrados y uno respeta las creencias y procederes de los peloteros, siempre que se ubiquen dentro de los parámetros normales. Es aceptable. Mi única cábala es con las franelas de los colores de Caribes: azul y naranja. Si ganamos y tengo puesta la naranja, me la llevo al día siguiente para que sigan las victorias. Pero, obviamente, nada de eso se cumple”.


En las mayores

César Suárez, segunda base de los Tiburones con diez temporadas de experiencia en la pelota venezolana, acepta conversar (en pleno martes 13 de noviembre) sobre lo que pasaba dentro del club house de La Guaira cuando el equipo arrancó la temporada con marca de 0-8: “No vi velas prendidas ni nada de eso, porque los peloteros sabíamos que estábamos jugando mal beisbol. Cuando jugamos bien y perdemos, ahí sí piensas que hay una pava”. Sus propias creencias: “No soy supersticioso, pero siempre que salgo a calentar al terreno toco la pared del left field y me regreso. Si me siento bien con un bate, no lo cambio, pero ya no es superstición, sino lógica”. Para Suárez, el pelotero supersticioso más emblemático de todos los tiempos es un estadounidense de origen mexicano ya retirado: el shortstop Nomar Garciaparra. “Era increíble observarlo, antes de cada juego y de cada turno al bate hacía exactamente lo mismo: sentarse en el mismo sitio, tocarse el casco o ajustarse los guantines de la misma manera”, recuerda.