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El aviso de Yehuda Grunfeld

Yehuda Grunfeld

Yehuda Grunfeld

El lunes pasado se cumplió un año de la muerte de Yehuda Grunfeld. En los meses finales de su vida, aquejado por un cáncer violento, escribió una bitácora que compartió con su amigo, el periodista venezolano Boris Muñoz, con la expresa petición de que se publicara en El Nacional. Lea la versión completa en www.el-nacional.com

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Un soleado mediodía de otoño, a fines de octubre de 2012, recibí en la contestadora de mi celular la llamada de mi amigo Yehuda Grunfeld que aún guardo. Lo había visto menos de un mes antes cuando ya la enfermedad daba muestras de estar acelerando su paso, de por sí violento. Lo llamé de inmediato. Su voz sonaba debilitada pero su conversación era, como siempre lo había sido, perfectamente coherente.

Antes de ponerme al tanto de su estado, quería saber mi opinión sobre el escrito que días atrás me había enviado y que ahora ustedes podrán leer.

Le ofrecí unos comentarios muy sumarios, diciéndole que habría que hacer arreglos menores para publicarlo en la prensa. Él me dijo que lo dejaría en mis manos y que solo me pedía que tratara de que se publicara en El Nacional, donde él confiaba que sería mejor recibido por los lectores. Luego me contó que a fines de la semana anterior había quedado ya completamente ciego y que tenía que valerse de la ayuda de Dayana Alvarado, su indoblegable compañera de lucha, para las cosas más básicas de la supervivencia. Con valentía y sin rodeos, dijo que sabía que ya no le quedaban muchos días. Había decidido no consolarse a sí mismo ni buscar el consuelo en los amigos que seguían insistiéndole en que se mantuviera luchando. Tal vez, conjeturó, porque ellos mismos no podían asimilar la inminencia de su fallecimiento. Sin embargo, nada me preparó para la noticia que, como un rayó, me sacudió la mañana del 28 de octubre, menos de una semana después.

Podría escribir largamente sobre Yehuda y su enfermedad, pues los seguí a ambos casi paso a paso desde que ésta hiciera su primer, ominoso anuncio, tras un súbito desvanecimiento a fines de mayo de 2011 mientras visitaba a su hija Daniela en Boston. Pero lo que resulta verdaderamente significativo es el testimonio que hoy lega a los lectores y a otros enfermos de cáncer como él. Yehuda quería alertar sobre el uso de protocolos que no toman en cuenta la historia del paciente, generando consecuencias irreparables.

También sobre la mercantilización que a veces predomina en la medicina privada.

Para mí queda el ejemplo de un ser humano excepcional, por la entereza y dignidad con que enfrentó las horas más difíciles de su vida. Descansa en paz, Yehuda Grunfeld, querido amigo.

Boris Muñoz Cambridge, Massachusetts


Diario de Yehuda
30 de junio de 2012 Apenas estaba de regreso después del viaje que hice al exterior para realizarme unos exámenes médicos. Me encontraba de buen ánimo porque los resultados fueron muy alentadores. Los chequeos ya eran rutinarios: los venía realizando cada tres o cuatro meses como consecuencia de un tumor cerebral que me descubrieron luego de una pérdida de conocimiento que sufrí mientras desayunaba, en mayo de 2011 durante unas vacaciones en Boston. Un día después de que me desmayé me llevaron al hospital general de esa ciudad, donde me extrajeron el tumor. A un mes de la operación me sometí a un tratamiento de radioterapia de cerebro completo, simultáneamente con una quimioterapia para tratar lesiones que aparecieron en otros órganos. El diagnóstico señalaba que todo había sido consecuencia de un cáncer de piel que había hecho metástasis. De aquel incidente ya había transcurrido más de un año y la rutina posterior a la cirugía consistía en hacerme resonancias magnéticas y tomografías de pulmón, tórax y abdomen. No había aparecido ninguna nueva lesión en el cerebro y las que surgieron en el resto del cuerpo habían reducido su tamaño, lo que indicaba que el tratamiento estaba funcionando bien hasta ese momento.

16 de julio Comencé a notar algunas fallas en la visión, lo que me llevó a pensar que ya era hora de cambiar la fórmula de los lentes. Como efecto secundario de la quimioterapia, sufría de resequedad y de ojos rojos, para lo cual ya me habían prescrito las gotas de rigor. Me recomendaron acudir a una clínica en la ciudad que quedaba a muy poca distancia. Fui de inmediato. Llegué a las 10:00 am y le dije a la recepcionista que se trataba de una emergencia. Me atendieron con diligencia e iniciaron el chequeo que incluyó exámenes con instrumentos que permitían observar fotografías en tres dimensiones. Percibía la visión igual en ambos ojos y lograba identificar todos los detalles de la foto perfectamente. La internista que hizo esta etapa inicial me trasladó al consultorio donde me recibió la médico de escalafón uno. Allí empezó el procedimiento típico de estas situaciones: expuse mi historial médico y todo lo que había ocurrido el último año. A continuación, ella pasó a hacerme un chequeo completo que confirma la resequedad extrema de la cornea. No encontró ningún otro tipo de problemas. Me recetó unas gotas y un gel y me indicó que regresara en dos días. Es decir: el miércoles siguiente.

18 de julio Durante esta visita, la doctora percibió que las gotas y el gel estaban haciendo el efecto deseado. La consulta fue bastante breve. No duro más de cinco minutos, tanto así que le pregunté: "¿Esta consulta hay que pagarla?". Ella respondió con una sonrisa: "Sí". Me dijo que regresara en dos días.

20 de julio En esta cita la doctora del escalafón uno procedió a realizar lo que ya sería el tercer chequeo de los ojos. Se percató de que las gotas y el gel realmente no estaban ayudando. La detuve en medio del examen y le dije: "Espere un momento. ¡Aquí está pasando algo distinto, algo nuevo!" Ella sólo hizo un cambio en el tratamiento: me prescribió otras gotas para la resequedad.

25 de julio El miércoles los síntomas de la falta de visión en el ojo izquierdo empeoraban y se lo manifesté a la doctora que me trataba. Ella decidió llamar a la doctora del escalafón dos para que la ayudara. Decidieron hacer una tomografía en ambos ojos, por sugerencia de ésta. No lo pudieron lograr en el ojo izquierdo por el estado en que se encontraba. Les dije que deberían evaluar otras cosas. "Consideren mis antecedentes porque podría tratarse de un problema neurológico". Con toda esa crisis, las doctoras trataron de que la neuróloga me atendiera ese mismo día, pero estaba muy ocupada, aun cuando se encontraba en la clínica. Me consiguieron la cita para el día siguiente por emergencia. La respuesta de ellas fue la misma: "¡Usted no se quedará ciego!".

26 de julio El jueves, como estaba previsto, llegué puntualmente a la cita. Luego de una larga espera, vino un prolongado examen a cargo de la doctora del escalafón tres. Me hicieron repetir todo, como si mi historia no estuviera en la base de datos de la clínica. Eso nos pareció increíble a mi esposa y a mí.

Era la quinta cita en 11 días. Comenzó un nuevo chequeo oftalmológico. Al percatarse de que el chequeo iba por el mismo camino de los anteriores, la doctora del escalafón tres planteó dos nuevos posibles diagnósticos: o bien una necrosis del nervio óptico, como efecto secundario tardío de la radioterapia, o bien un tumor en el nervio óptico en la región del chiasm. Me resultó extraño que no recurriera a la opinión del director de la clínica, un reconocido oftalmólogo.

1° de agosto Pérdida total de la visión del ojo izquierdo.

10 de agosto Le comenté a varios de mis amigos y gente conocida lo que estaba sucediendo. Uno de ellos reaccionó súbitamente y me dijo lo siguiente: "¡Caramba, soy amigo del director de esa clínica. ¿Él no te vio? Ante mi respuesta negativa, hizo una llamada. Lo contactó y le expuso el caso.

15 de agosto Me atendió el director de la clínica.

Luego de que le expliqué todo lo ocurrido hasta ese momento, procedió a examinarme. Convocó a la reunión a la doctora del escalafón tres. Ella le hizo un resumen de los posibles diagnósticos y él expresó, con cierta impotencia, que estaba de acuerdo.

23 de agosto Comencé a notar que tenía una merma en la capacidad de visión del ojo derecho. Gracias a Dios, ya tenía fecha de viaje para ingresar por emergencia al hospital donde me habían tratado el cáncer inicialmente. Finalmente, llegué a Boston el 25.

26 de agosto. Ingresé por emergencia el domingo.

Entonces ya tenía la visión más comprometida en el ojo derecho. Parecía cuestión de días para que perdiera totalmente la visión del derecho. En la emergencia del hospital procedieron de inmediato a una muy detallada resonancia magnética, que duró 1 hora y 45 minutos. Se confirmó la presencia de un tumor en la región del chiasm.

Sin perder un instante comenzaron los preparativos para iniciar la radiación focalizada el lunes. Todo eso se hizo el domingo, y ya para el final de esa semana me habían administrado seis sesiones de radiaciones focalizadas, lo que detuvo el crecimiento del tumor. Así se logró salvar una pequeña parte de la capacidad de visión del ojo derecho, lo que me permite saber si es de día o de noche.

16 de septiembre Regreso al país. Cada vez que despierto no puedo dejar de hacerme preguntas. ¿Qué diferente sería mi vida si no hubiera perdido 11 días con geles y gotas y hubiera llegado a tiempo a Boston para salvar mi ojo derecho? ¿Cómo siguieron en la clínica oftalmológica el mismo protocolo diagnóstico de un paciente normal con un paciente que entró por emergencia, con antecedentes de haber sufrido un tumor cerebral y un cáncer metastásico en estadio cuatro? ¿Cómo tardaron ocho días para sugerir hacer una resonancia, que finalmente se adelantó por mi insistencia?.