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El asesinato de un ecologista

 Gonzalo Alonso Hernández / Cortesía El País

Gonzalo Alonso Hernández / Cortesía El País

El biólogo español Gonzalo Alonso lo dejó todo para irse a vivir con sus perros a un parque natural brasileño. El domingo 4 de agosto terminó asesinado en el lecho del río que defendía con fiereza de los extractores de arena. La muerte lo esperaba en el paraíso

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D esde la casa que Gonzalo Alonso Hernández se construyó en la cumbre de un bucólico cerro a 850 metros de altura se divisa una vista que corta el aliento. El mirador es una de las cotas más altas que rodean un valle quebrado por el río de las Piedras. Desde el precioso refugio de madera de eucalipto, cantos rodados y grandes cristaleras, Gonzalo pasaba largas horas contemplando el pico del Papagayo y, más a la derecha, la piedra Chata, una cima de 1.380 metros a la que esporádicamente subía en sus paseos por el parque natural de Cunhambebe, en Brasil.

El biólogo español, de 49 años de edad, se calzaba unas botas de agua y se lanzaba diariamente a recorrer junto a sus tres perros (dos labradores y un pastor canadiense que responden a los nombres de Huck, Marmota y Scrappy) los senderos de este lugar idílico donde sólo un anacoreta o un loco podría vivir en casi total aislamiento. Él lo consiguió hasta que alguien acabó con su vida de un disparo en la nuca el pasado domingo.

De gerente a ermitaño. El biólogo llegó a Brasil en 1997 enviado por Telefónica con la misión de desarrollar la filial de telefonía móvil Vivo, en la que ocupó un cargo ejecutivo en el área de investigación y desarrollo. Durante los primeros años residió en Río de Janeiro y con el paso del tiempo fue alimentando la ilusión de adquirir un pedazo de tierra en algún lugar aislado adonde no llegara el estruendo de la ciudad. Compró 3,6 hectáreas en una zona de montaña paradisíaca, a 40 kilómetros de la localidad costera de Angra dos Reis, con la suerte de que años más tarde sería declarada parque natural.

La primera vez que subió a la cota más alta de su pequeño dominio se prometió, frente al pico del Papagayo, pasar allí el resto de sus días. La declaración de intenciones se produjo poco antes de que, en 2005, Telefónica decidiera repatriarlo a España, a lo que se negó, forzando un despido que lo desvinculó definitivamente de la compañía. Fue en ese momento cuando Gonzalo cerró para siempre su apartamento de Río, subió al monte y nunca más bajó.

El biólogo español estaba físicamente en forma. Medía 1,80 y pesaba 86 kilos en el momento de su muerte. De lunes a viernes vivía solo, con la única compañía de sus perros y de alguna visita esporádica. Casi todos los fines de semana, su compañera, María de Lourdes Pena Campos, de 48 años de edad, recorría los 160 kilómetros de carreteras que unen Río de Janeiro y la Finca del Montañés (como Gonzalo llamaba a su propiedad en la intimidad) para estar con él y descansar de su trabajo de consultora técnica en un concesionario de automóviles de lujo.

Según Lourdes, Gonzalo solía despertarse a las 7:30 am y le dedicaba dos largas horas al desayuno mientras escuchaba uno de sus programas de radio preferidos. Después salía a pasear con los perros por los senderos cercanos y observaba el estado del campo, medía la altura de las aguas del río de las Piedras, hacía fotos y tomaba notas. Cuando se cruzaba con cazadores furtivos o extractores de palmito salvaje no dudaba en enfrentarse a ellos y exigirles su salida inmediata de la zona. "Era un idealista de la causa ambiental. Todo lo que veía ilegal lo denunciaba enseguida", dijo al diario O’Globo Mario Vidigal, secretario de Medio Ambiente de la localidad de Río Claro.

Policía ambiental. Gonzalo era conocido por ser el flagelo de todo aquel que atentase contra la exuberante naturaleza del parque de Cunhambebe, que integra 38.000 hectáreas de montañas y bosque atlántico. Así, no era extraño encontrarlo inmerso en una pelea con algún adicto a la motosierra o registrando fotos y videos de extractores de arena de río en plena faena.

Según quienes lo conocían, no pasaba ninguna ilegalidad.

No sólo denunciaba a deforestadores y cazadores, sino que él mismo actuaba como policía ambiental. "Tenía una forma brusca y descontrolada de hablar con la gente si veía algo que no le gustaba, pero aun así era una persona querida en la comunidad", cuenta José Amado Alves, uno de los 2 vecinos que encontraron su cadáver la semana pasada. La religiosa Isa María de Carvalho, íntima amiga de Gonzalo, añade: "Se producía a menudo un choque cultural. Gonzalo venía de un mundo de personas bien instruidas y éste es un entorno rural donde lo que abunda es la gente humilde y sin formación. Si a esto le sumas sus maneras temperamentales de español que mucha gente no lograba entender, el conjunto provocaba frecuentes enfrentamientos con personas de la zona".

Lourdes, su compañera, lo define como una persona "rigurosa, íntegra, introspectiva, seria, puntual y cumplidora de sus deberes".

Último beso. Gonzalo pasaba buena parte del día recluido en la casa del mirador (en la parte baja de la propiedad hay otra edificación donde dormía, cocinaba y desarrollaba buena parte de su rutina). Allí, ante las imponentes vistas, el biólogo estudiaba diariamente un máster impartido por la Universidad Nacional de Estudios a Distancia de España, leía la prensa española en Internet y trabajaba en informes para la ONG Instituto Terra y la Secretaría de Medio Ambiente del Municipio de Río Claro.

El domingo 4 de agosto se despertó junto a Lourdes, desayunó una taza de café con leche y cereales y fue a misa.

Tras su paseo matutino, preparó una paella que ambos despacharon con fruición a la hora del almuerzo. Después apuró un vasito de cachaça añeja (aguardiente de caña brasileño) y echó una siesta.

Por la tarde llevó a Lourdes al terminal de autobuses de la vecina localidad Piraí, donde ella embarcó rumbo a Río. Allí se despidieron por última vez con un beso.

En su todoterreno verde militar matrícula GAH-0204 (las letras y números coinciden con su nombre y fecha de nacimiento), el activista regresó a la localidad de Lídice, donde comienza el pedregoso y serpenteante camino de 9,5 kilómetros hasta su propiedad. Allí arriba el aislamiento es casi absoluto y el vecindario se reduce a una veintena de casas que salpican los montes cercanos.

Bajo las Piedras. A las 8:30 pm del domingo, Lourdes habló por teléfono con su pareja por última vez. Aquella misma noche volvió a llamarlo en varias ocasiones sin éxito y por eso decidió regresar apresuradamente a su casa el lunes por la tarde. El carro de Gonzalo estaba estacionado dentro de la propiedad. La casa permanecía cerrada y los cables de la luz y el teléfono estaban cortados. No fue necesario buscar muy lejos. Al día siguiente, los hermanos José Amado y Adão Alves encontraron el cuerpo inerte de Gonzalo a 15 metros del portón que da acceso a su propiedad. El cadáver estaba sumergido a 40 centímetros de profundidad en el río de las Piedras bajo algunos cantos rodados y hojas de bananero.

Según las investigaciones preliminares, Gonzalo recibió un único disparo en la nuca.

El proyectil fue encontrado cerca del cuerpo. Su computadora portátil y su teléfono celular habían desaparecido.

Para el comisario de la Policía Civil de Río Claro, Marco Antonio Alves, la primera hipótesis para esclarecer el crimen es "que sea una venganza, ya que se trataba una persona comprometida con la causa medioambiental, un individuo que protestaba y que se enfrentaba a algunas personas".

Oficialmente solo se le conoce una denuncia contra un grupo de extractores de arena del río de las Piedras, aguas bajo las que el biólogo acabó.