• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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La anestesia y la cola

Cola frente al Mercado de Quinta Crespo | Foto Henry Delgado

Cola frente al Mercado de Quinta Crespo | Foto Henry Delgado

Parece una cola, pero es un túnel. Una caracterización día a día de las filas para comprar comida regulada en los supermercados de Caracas arrojó estos hallazgos: el lunes es el peor día, en cada zona se unifican los productos que se venden, hay mecanismos para burlar el régimen por número de cédula y los consumidores, dominados por la modorra, apenas se miran a los ojos y avanzan adormecidos. Este ejercicio obligatorio para comprar alimentos regulados tiene su propia psicología: la escasez se acuesta en el diván

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El problema es la tristeza: aquí no se habla de deporte, no se hacen chistes, no se lee. Son cápsulas de cloroformo, centros de hipnosis, galerías de la nada. No es lo que se ve desde lejos, no son las fotos que han rodado por el mundo, porque el problema de las colas es lo que pasa adentro, el letargo de las personas que las hacen, el impacto de la vida con escasez en la capacidad de concentrarse y ser útil.

Un recorrido por las colas de cada día de la semana en supermercados de Caracas demuestra que la situación se agrava cuando se convierte en un potenciador del estigma de la pobreza. Los que menos tienen son los que más dependen de este modelo imperfecto que acentúa las desigualdades: hay días menos abastecidos que otros, no en todos los lugares funcionan las mismas reglas, nada garantiza que lleguen los productos ni que alcancen para todos y algunos encuentran vías para burlar las normas. “La gente antes hablaba en las colas; ahora son filas silenciosas. Se cansaron de hablar. Les molesta repetirse a sí mismos. Hay escasez de productos y hay exceso de miedo. Cuando combinas las dos tienes la fórmula perfecta para hacer lo que te dé la gana. Los venezolanos están anestesiados por las represalias, por las amenazas. Es un sometimiento completo, es una Venezuela soviética”, dice el psiquiatra Harry Czechowicz.

La escasez tiene su psicología y su interpretación en las maneras de sentir de una población. Eldar Shafir, profesor de psicología y relaciones públicas de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, asegura en sus estudios académicos: La escasez es una trampa “que lo empeora todo y nos vuelve más pobres porque la capacidad para atender asuntos está seriamente comprometida y tomamos decisiones que nos harán menos productivos en el futuro”.
“Yo salí del trabajo por el jabón de lavar”, dice una mujer que igual hace la cola aunque ya se acabó el producto porque, la mayoría, igual hace la fila. Sea lo que sea que vendan, salga a la hora que salga mercancía. El tiempo perdió su valor. “Las colas son horas de trabajo o de esparcimiento perdidas. El problema no es la administración de la cola, sino que un ciudadano encuentre lo que necesite cuando lo necesite”, señala Roberto León Parilli, presidente de la Alianza Nacional de Usuarios y Consumidores, Anauco. Asegura que 8 de cada 10 venezolanos hacen cola.



El peor. Un hecho, en apariencia trivial, desmejora el derecho al acceso a la alimentación: ese minuto en el que cada quien recibió, cuando niño, su número de cédula. El gobierno estableció un sistema según el cual las personas solo pueden adquirir 24 productos regulados de acuerdo con el último número del documento de identidad, con la finalidad de que la mercancía alcance para todos. Sin embargo, la falta de un diseño de distribución masiva de alimentos en época de desabastecimiento ha hecho que algunos días sean peores que otros para hacer las compras. “Hay un problema con los lunes: los que quedaron ahí salieron desmejorados porque el suministro del fin de semana es menor y menos continuo. La distribución el sábado y el domingo es complicada. El gobierno no sabe cómo hacer con el lunes”, dice Tomás Socías, economista especializado en abastecimiento.

En el socialismo del siglo XXI se ha igualado a todos en la misma fila bajo el sol, así  como a los productos que llegan cada día a zonas particulares. “La distribución es homogénea porque el Ejecutivo se ha quejado de que algunas cosas llegan a unos lugares y a otros no, y porque nadie se quiere quedar con un almacenamiento importante que reciba de los productores o importadores por temor a las fiscalizaciones de la Superintendencia de Precios Justos. Apenas llegan los productos, los despachan”, explica Socías.

Es la estandarización que para Czechowicz adquiere un perfil hostil: “Creo que todo esto es una estrategia bien diseñada. La idea de progreso ya es historia en Venezuela. La escasez trasciende a los alimentos, hay escasez de opciones para crecer. Es una situación de guerra. Y no lo digo como una interpretación, sino como una realidad”.



Tímido comienzo de semana
Día: lunes
Hora: 9:30 am
Productos: ninguno
Frase: “Los lunes nunca hay nada”

En la avenida Sucre hay una cola perenne que solo descansa los lunes. Ese día es incipiente. No logra erguirse. Ni siquiera porque quienes la encabezan comenzaron a construirla a las 4:00 am. Seis horas más tarde no hay más de 20 ciudadanos en fila.
Ese día tampoco están frente al supermercado los camiones que llevan mercancía. El comercio es abierto y todo el que quiera entrar a comprar un producto no regulado pasa libremente.
Leida Roque está de tercera. Aunque su cédula finaliza en 2, hace la cola para su hija. Los lunes les corresponde comprar a las personas cuya cédula termina en 0 y en 1. Roque espera sin saber qué podrán adquirir.
—¿Por qué viene tan temprano?
—Porque si llego temprano, compro temprano; si no, pierdo todo el día aquí.
Pero Roque ha pasado 12 horas en cola y al final del día solo ha logrado comprar 2 paquetes de pasta regulada.
A quienes les corresponde el lunes consideran que el día es un castigo. “Los lunes nunca hay nada”, repiten los consumidores que tienen cinco meses comprando según los designios del terminal de su cédula.
Las cajeras del establecimiento confirmaron la percepción de los usuarios: “Los domingos y los lunes son los día que menos llega mercancía porque los camiones trabajan a partir del martes”. Precisaron que las colas más largas ocurren por leche, pollo, papel higiénico y jabón en polvo.
“Todo lo que llegue de un producto debe salir ese mismo día. No se puede guardar para distribuirlo durante la semana porque corremos el riesgo de que digan que estamos acaparando”, explicaron.
José Velásquez también hace la cola esperando que llegue algo. “A ver si la pego”, dice. Lo mismo que Neida Jaimes y Rosalía Oliveros.
Dos semanas más tarde Roque volvía a estar sentada en el mismo sitio de la vez anterior.
—¿Llegó de nuevo a las 5:00 am?
—Sí, porque si no pierdo todo el día —reiteró después de cinco horas de cola.


Hoy se come papel
Día: martes
Hora: 10:00 am
Productos: papel toilette, toallín, pañales, jabón de lavar
Frase: “Cumplo 40 años y estoy en una cola”

Frente a un supermercado en la zona alta de Los Palos Grandes, dos mujeres y un hombre están sentados sobre bultos de 12 rollos de papel toilette. Conversan, pero no queda claro si logran escucharse.  

–Ayer en el Pdval sacaron pollo. Compramos tres bichos así grandotes. 500 bolívares.
–Este paquete de papel me lo vendió una barrigona que dejaron pasar porque estaba embarazada.
–Ahí no van a sacar nada, esos camiones están vacíos.
–Hoy cumplo 40 años y estoy en una cola.
–¿Tú vendes en Petare?
–Nooo, yo trabajo en telefonía, mi amor.
–¿Esas cajas que están allá qué son? ¿Café?
–Los que van ahí caminando deben ser buhoneros. Se les nota porque traen un saquito.
–En el supermercado de la Rómulo Gallegos agarraron a una mujer con cinco cédulas. Ella no supo hacerlo bien y se dieron cuenta.
 
Se para un carro. Una señora baja el vidrio y pregunta:
 
–Buen día, ¿qué están vendiendo?
–Aquí nada. Allá era que vendían papel.
 
“Aquí nada”, pero ahí continúan. Y esperando a la nada, la cola crece. Ninguno acierta a responder cuando se les pregunta por las causas de la escasez. “Los que producen se están yendo”, dijo la más joven de las mujeres. A los demás no les interesó la pregunta. De hecho, las respuestas dependen de la postura política del consultado: para el gobierno y sus seguidores los culpables son los empresarios que esconden los productos para presionar y subir los precios, y para los opositores el desabastecimiento es una consecuencia del control estatal de costos.
 
Vuelven los tres a su recital sordo.
 
–Ahora a los de Cantv les van a dar un apartamento. Eso salió en las noticias.
–Te metes con un buhonero de Petare y te joden.
 
Al ver la cola, dos Polichacao que patrullan en moto se estacionan frente al supermercado. “Cuando vemos gente, nos paramos”. Según Datanálisis, 65% de los compradores de las colas son revendedores.
Pasa una buhonera que sube la calle empinada con una cava: “A la orden, los chupi, los chupi, los chupi”.  Nadie le compra. No es día de chupis.
 
–Yo como que me voy de aquí.
–Mi señora y mis hijas me tiene listo lo del cumpleaños.
 

11:30 am. Los Ruices. El sol está más benévolo. Un anciano que tiene un puesto de objetos para el hogar se pregunta: “¿Por qué el gobierno tiene para hacer viviendas y no para ocuparse del estómago del venezolano?”.  
 
–¿Qué hay hoy?
–Pañales medianos y papel.
–¿Qué son “pañales medianos”?
–Pañales talla M.
–Ah, ok. Yo necesito M. Bueno, hagamos la cola relajados.
 
El ímpetu de un hombre recién llegado trae a la fila un ánimo que no existía.
 
–¡No podemos seguir así, hay que sacar este tipo del gobierno!.
 
Una mujer se anima a responder:
–Todo el mundo estaba muy contento: “¡Ay, precios justos!”. ¡Bueno, ahí tienen!.
–Cuando vienen las elecciones rematan los electrodomésticos y siguen engañando al pueblo.
 
Una señora se suma apresurada al último lugar de la cola. “Me salí del trabajo por jabón de lavar”, dice. Pero hoy llegó muy poco y se acabó temprano. Molesta, pero riéndose –extraña cualidad de la resilencia venezolana– agrega: “A los que nos toca los martes comemos papel. Es lo que siempre llega. Yo tengo papel y toallín, pero voy a agarrar más”. La desconfianza en el futuro, la dificultad para creer que la situación del abastecimiento mejorará, tiene su expresión más clara en los que compran aun teniendo.
En un local comercial vecino a la fila, entran una mujer y su madre anciana. “Quería comprar unos refrescos, pero la gente se pone a gritar, se molestan, creen que uno se va a colear”, lamenta. La madre, con acento italiano, manotea y dice: “No vale la pena estar haciendo el ridículo”.  

Números prestados
Día: miércoles
Hora: 3:00 pm
Productos: azúcar, lavaplatos, aceite y harina de maíz
Frase: “Vengo a hacerle la cola a mi mamá”

La cola forma ángulos, zigzaguea y crece en línea recta hasta salir del supermercado. Son privilegiados quienes poseen una sombrilla. En cambio, en la lucha por conseguir harina de maíz y aceite –a precio regulado– no vale estar embarazada, ser de la tercera edad o tener a un niño pequeño en brazos.
Julimar López bien lo sabe. Se acercó con su bebé de un año al comienzo de la fila de un comercio en La Urbina y el guardia responsable de la custodia le ordenó devolverse a su lugar. López estaba en su tercera cola del día. Iba con su amiga Mayra León y entre las dos se turnaban el peso del niño o de las bolsas cargadas con harina, conseguida en un establecimiento, y pañales, encontrados en otro. Esa fila la hacían por aceite.
“Sin duda, esta ha sido la cola más larga de hoy”, aseguró León. Los compradores coincidían en que la hilera tenía esa longitud porque les permitían comprar sin considerar el terminal del número de cédula.
Los miércoles por lo general compran los que tengan cédulas terminadas en 4 y 5.
“Nunca encuentro lo que voy comprar, pero salgo a hacer cola todos los días porque siempre hay algo diferente”. La cédula de León finaliza en 9, por lo que en la mayoría de los establecimientos le corresponde comprar el viernes. Su cacería se orienta ahora hacia el lavaplatos.
Ese mismo día el detergente lo ofrecían en un supermercado de El Marqués, pero allí la cola sí era por número de cédula, así que León no podía comprarlo. También había azúcar, y la cola no llegaba a 40 personas.
A Yubisay Tavera tampoco le correspondía el miércoles: “Vengo a hacerle la cola a mi mamá”. Recuerda que se sacó su primer documento de identificación a los 18 años de edad porque tenía un problema con la partida de nacimiento. Ese hecho fortuito la obliga a comprar los lunes porque el terminal es 0. “Trabajo por mi cuenta. De una empresa ya me hubiesen botado”. Tavera tiene una hija que la acompaña. La niña ya tiene cédula, pero por ser menor de edad no le permiten comprar. “Una vez estábamos en una cola y la niña le reclamó a los del supermercado: ‘Yo soy venezolana igual que los demás y me tienen que vender’. Estaba tan seria que al final le vendieron”.
Tavera y su hija tenían varios minutos en la fila cuando el oficial de la guardia que custodiaba el comercio gritó: “Se acabó el azúcar”.

Las arepas son para todos
Día: jueves
Hora: 11:00 am
Producto: harina de maíz.
Frase: “A veces piden cédula y a veces no. Yo no entiendo mucho”

La vendedora de la esquina de los licores y el aceite de oliva –que ahora es tan costoso como una botella de vino tinto– contempla la escena que ya conoce: los mismos rostros, uno detrás del otro. “Aquí es un zaperoco cuando llegan los productos. Se comen las galletas, se toman los frescos, los dejan por ahí botados”, dice detrás del mostrador mirando el barullo.
Un supermercado lleno debe ser una buena noticia para sus dueños y trabajadores. El negocio va bien. Pero así como los anaqueles con productos no regulados no son señal de abastecimiento pleno, los mercados atiborrados de gente tampoco son señal de buena marcha: es un espejismo difícil de explicar.
“Aquí llega todos los días harina y todos los días vuelven a comprar. A veces piden cédula y a veces no. Yo no entiendo mucho”, dice la vendedora. Hoy no pedían cédula y no había cola afuera del supermercado. No es temporada de harina de maíz. No está de moda.
Una empleada que vigila la puerta explica que, como llegaron bastantes bultos, no están rigiéndose por el terminal de cédula que está explicado en una cartulina azul pegada en la pared. “Agarre rápido antes de que se acabe”, dice el de la frutería. Aunque quedan varias cajas, la gente está nerviosa: las rompe con una necesidad post apocalíptica. Alrededor de las cajeras ocurren escenas de solidaridad que, según los testigos, no son muy frecuentes: los paquetes que alguien no se lleva se reparten entre los que no les alcanzó. Permitían cuatro por persona: 76 bolívares en total.
“Yo lo que necesito es papel. Le dije a mi esposa que si no encontramos tendremos que ir a Petare a comprar en los revendedores al precio que sea. Hoy me dijeron mis compañeros de trabajo que había harina de maíz y me vine, pero en mi casa no somos muy areperos”, explica Richard Gómez a punto para pagar. En el supermercado, en Los Dos Caminos, se ven funcionarios públicos comprando: sus chemises con el logo del gobierno bolivariano los delatan a las 11:00 am, a pesar de que la reducción de jornada laboral les deja a muchos la tarde libre. Pero el arribo de productos no tiene horario.
Después de mediodía llegó el añorado jabón de lavar. Ahora sí la cola salía del establecimiento. Ahora les tocará volver a los que, en la mañana, llevaron harina pan aunque lo que querían era jabón.

Sin cédula y sin certeza
Día: viernes
Hora: 12:30 pm
Productos: leche, lavaplatos, aceite y azúcar
Frase: “A mí solo me venden, si consigo, dos paquetes de toallas sanitarias cada ocho días”

La fila es incierta. Crece sin que haya mucha certeza de lo que se encontrará al lograr entrar al supermercado. Eso parece no importar mucho a los compradores ante la convicción de que “algo llegó”.
“Lavaplatos, detergente, azúcar, aceite y dicen que champú, pero yo no lo he visto”, aseguró Jenny Marcano, que tenía horas sentada en los escalones de un establecimiento en la avenida Andrés Bello.
Recuerda que para sacar su primera cédula hizo una cola similar a la de ese día. “Tenía 12 años. Mi papá nos llevó a la antigua DIEX, en la Baralt, de madrugada porque se hacían unas colas larguísimas. Además, no entregaban la cédula enseguida, sino un comprobante. Luego de unos meses era que te la daban”. Cuando recibió el documento resultó que terminaba en ocho y por ese número Marcano solo puede ir a comprar los viernes. En su casa son siete, pero cuatro son menores de edad y dos trabajan todo el día, así que corre por su cuenta abastecer a la familia.
“Me preocupa lo de las toallas sanitarias. Mis hijas tienen 14, 16 y 17 años de edad y no pueden comprar por ser menores de edad. A mí solo me venden, si consigo, dos paquetes cada ocho días”, dijo.
En Los Palos Grandes crecía otra fila, casi al mismo tiempo, pero en esta los usuarios sí tenían un propósito: leche. El producto se vendía sin tomar en cuenta el último número de la cédula, por lo que bastaron pocos minutos para que la fila llenara una cuadra e inmediatamente la siguiente.
Óscar Pérez es de Río Caribe. Viajó a la capital a visitar familiares y al ver la cola, sin restricción, aprovechó para comprar: “En Sucre no se consigue nada. Todos los productos se quedan en Caracas”. Pérez recuerda que sacó su primera cédula en 1956. Es uno de los primeros 3 millones de venezolanos que obtuvieron el documento. Entre su número de identidad y el del hombre que tenía detrás en la fila otras 13 millones de personas se habían cedulado. “Hago cola donde haya productos y por lo que necesite. Encontrar mercancía es cuestión de suerte”, aseguró Alexis Hernández, cuya cédula comienza en 16 millones.


Hablan las cajeras. “Hemos tenido que presenciar peleas por productos, nos maldicen, nos ofrecen golpes. Eso lo hacen hasta los hombres, sin importarles que seamos mujeres”
 
“Antes los empleados teníamos prioridad con la mercancía, comprábamos por pacas porque había suficiente. Ahora no es así. Podemos comprar la misma cantidad que el resto de la gente y se nos renueva el cupo cada ocho días”
 
“Quedamos cansadas. El ajetreo es fuerte. Trabajamos desde el mediodía hasta las 9:30 de la noche y la gente no comprende que la cola se demora si hay una devolución o si debemos contar los cestatickets, a los que además debemos verificarles la fecha y el nombre. O si hay alguien que excedió su límite de compra”
 
“Estamos en proceso de adaptación. Para mí esto no va a mejorar, se va a poner hasta peor”
 
“Recibimos productos en la mañana y en la tarde, pero en las tardes máximo hasta las 3:00 para que nos dé tiempo de salir de todo y que no quede nada en el supermercado”
 
Cajeras de supermercados de Caracas que pidieron no ser identificadas.