• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Simón Alberto Consalvi

Zapata, múltiple y plural

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Siempre me he preguntado cuántos genios e ingenios conviven en la humanidad de Pedro León Zapata. Son múltiples, y por eso pienso que al escribir sobre él (o sobre ellos) conviene hacerlo en plural. No se trata sólo del humorista, evidentemente. Sucede que como humorista y caricaturista tiene un peso tan descomunal que éste se encarga de ocultar a los otros. Como humorista no tiene par, sus caricaturas han llenado 50 años de historia venezolana, y a través de los miles de Zapatazos se puede seguir la política desde los años sesenta hasta el sol que nos deslumbra.

Día tras día, como un calendario que a veces es horóscopo y a veces bisturí, que nos hace reír para no llorar, Zapata nos acompaña como el viajero fiel que llevamos al lado y sin el cual el viaje jamás habría sido el mismo.

El caricaturista es también el hombre que piensa, el que reflexiona y diagnostica con agudeza. Sus dibujos son excelentes, pero sus textos no lo son menos. Podemos despojar a los unos de los otros, ver sus dibujos como dibujos y sus textos como escrituras y tendremos obras admirables. Las caricaturas son la suma de esas dos vertientes, del que dibuja y del que escribe, del que piensa e ilustra sus propios pensamientos.

No hay ningún otro testimonio de la unidad, coherencia y persistencia que los Zapatazos para entender y para revisitar los años de la era democrática. Las caricaturas cuentan la historia, sus grandes o pequeños episodios, con sus protagonistas que pueden ser presidentes o aquellos desalmados camaleones de largos rabos. O Coromotico, testigo de todos los afanes desde aquellos ranchos que parecían rascacielos en las noches y duras imputaciones en los días.

Desde los tiempos de Ramón J. Velásquez en El Nacional y a lo largo de medio siglo, Venezuela se ha mirado en ese espejo. En el siglo XXI aparecieron otros personajes, como una zoología de la política, los sapos con charreteras que se escaparon del charco. No han tenido cuartel o, mejor, son emisarios de los cuarteles que se fugaron de sus muros para ocupar toda la nación y convertirla en un gran cuartel funerario. Zapata vio temprano el drama, y si antes escribió la historia de la era democrática, ahora ha sido también el cronista implacable de la desmesura autocrática que ha tratado de silenciarlo.

Impostores de la revolución, Zapata los percibió al apenas despuntar en la escena. El buen caricaturista no tiene miedo, porque la caricatura es un desafío a los poderes terrenales o a quienes se apoderan de ellos a través de la fuerza, la amenaza y la intimidación.

Digo que el caricaturista Zapata opaca a los otros Zapatas que andan con él como personajes paralelos. En primer lugar tenemos al pintor, al excelente retratista de Enrique VIII o de Goya, al creador infatigable que a través de personajes como Juan Vicente Gómez penetra en las profundidades de sus psicologías.

Digo que el caricaturista y el pintor han opacado al Zapata crítico, al profesor de Arte de la Facultad de Arquitectura, al enciclopedista de la pintura de todos los tiempos, de todos los estilos y escuelas, al hombre capaz de disertar con espontaneidad y conocimiento sobre Leonardo da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti y la pintura del Renacimiento, sobre Pablo Picasso y Henri Matisse y los grandes del siglo XX, sobre los muralistas mexicanos con quienes convivió y trató de cerca, especialmente el gran Diego Rivera. O sobre los venezolanos, desde Juan Pedro López, Michelena y Rojas, hasta Reverón, Otero y Soto.

Pocas experiencias he tenido en mi vida de veedor y diletante de la pintura como las veces en que ido a los museos en su compañía. Una de esas ocasiones memorables fue una visita (en compañía de Antonio Costante) a la National Gallery de Washington. Fuera de la época que fuera la obra maestra que teníamos al frente, Zapata se demoraba y contaba su historia o anotaba algunos rasgos invisibles para los legos, como el que llevaba a su lado. Zapata es un conferencista nato, y oírlo hablar de arte y de artistas es una experiencia perdurable. El caricaturista, el pintor, el profesor de Arte han ocultado a otro Zapata, el que se adentra a través de la historia de Venezuela y de sus personajes, de sus revoluciones, de sus tragedias o de sus tragicomedias. Basta repasar la serie de caricaturas que dedicó a los presidentes venezolanos desde Cristóbal Mendoza hasta los últimos del siglo XX.

El caricaturista, el pintor, el profesor de Arte, el conocedor de la historia dramática o picaresca de Venezuela, han ocultado el quinto Zapata, el del espíritu renacentista, el hombre culto, el viajero de novelas, ensayos y poesía, dramas, el hombre de teatro que sube a la escena con sus propios parlamentos. El que se sabe de memoria El Quijote, el que se pasea por los dramas de Shakespeare, por los humoristas de todos los tiempos. Zapata múltiple y plural, como el que aparece en estas conversaciones inteligentes y discretamente autobiográficas, y que ahora podemos disfrutar y guardar como uno de los tesoros de nuestras vidas.

(Fragmentos del epílogo de Por amor propio, Los Libros de El Nacional)