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Thaelman Urgelles: “La canciller necesita un apuntador”

Thaelman Urgelles considera que un cineasta metido en política gana “muy poco, para lo mucho que arriesga” | Foto Archivo El Nacional

Thaelman Urgelles considera que un cineasta metido en política gana “muy poco, para lo mucho que arriesga” | Foto Archivo El Nacional

El cineasta y profesor universitario concedería un Oscar al presidente Nicolás Maduro por mejor comedia bufa, con “La guerra económica”. Asegura que la historia habría sido otra si Alfredo Maneiro no hubiera muerto pero admite que la Villa del Cine es uno de los legados que habrá que reconocerle al actual proceso

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—Vivir en Miami, ¿es como estar en Venezuela?
—Ciertamente, uno anda por esta ciudad y con frecuencia se le olvida que no está en Caracas. Menos cuando te llegan las multas de tránsito o los bills del servicio de impuestos (risas). Pero andar por el Doral, por ejemplo, es como andar por una combinación de Las Mercedes con Altagracia de Orituco, con sus infractores de tránsito, sus sacadas de madre y sus gritos de ¡Maduro es colombiano!

—¿Son los venezolanos residentes de hoy como aquellos de los años setenta?
—No lo creo; tengo poco tiempo viviendo aquí, pero he venido desde hace mucho porque tengo hijas desde hace 20 años. Los que se vinieron antes vinieron con dólares a 4,30 de verdad-verdad; en los últimos 15 años se vinieron muchos del otro 4,30, el cadivero, en su mayoría enchufados y otras especies boliburguesas, y ahora estamos llegando los inmigrantes del Dólar Today, con una mano adelante y otra atrás porque nuestros bolivaritos no alcanzan ni para los chocolaticos que uno llevaba de regalo cuando éramos ricos y no lo sabíamos.

—¿Fue una vez feliz el séptimo arte nacional y no lo sabíamos?
—Por supuesto, en varios momentos y parcialmente ahora, pero quizá el mayor fue en los ochenta, en la época de Foncine. En 1985 siete de nuestras películas reventaron la taquilla y ganamos un premio en Cannes (Oriana). Aunque creo recordar que lo supimos en aquel momento.

—Si antes era “ta’ barato dame dos”, ahora…
—¡Ufff!, ahora es “tá’ muy caro, mejor no”.

—¿Ahora Miami es más nuestro?
—Más nuestro que nunca. La que se desfasó fue “Adiós, Miami”, porque ahora somos puro “Hello, Miami”.

—¿Ha compartido con revolucionarios?
—¿Y qué es eso?

—¿Logró visitar el spa de Hiroshima Bravo?
—Te lo responderé en serio: aunque comprendo perfectamente el sentimiento de la gente que hizo esa protesta, no la compartí porque se me parece mucho a los actos de repudio que se le hacen en Cuba a los disidentes. Creo que esas protestas son legítimas cuando eres el oprimido y estás en desventaja, en Caracas, por ejemplo. Pero en Miami nosotros estamos empoderados y a salvo, como los que repudian en Cuba protegidos por la policía. O los que nos amedrentan a las puertas del CNE o la Asamblea Nacional.

—¿Qué extraña de Venezuela?
—Todo, salvo por la calidad de vida y la sensación de seguridad, algo que uno agradece después de tanta tribulación. Añoro diaria y globalmente a Venezuela. Lo aminoro con una presencia mayor de lo aconsejable en las redes sociales para enterarme de todo cuando allá ocurre y para meter mi cuchara en lo que pueda. Entiendo a los que se distancian un poco porque la vida aquí es tan demandante que pensar en el país te distrae de las obligaciones necesarias para sobrevivir.

— ¿Por qué emigró?
—Para cumplir un antiguo compromiso con mis hijas mayores, que se vinieron muy jóvenes y hoy son ciudadanas; y con mis otros hijos, que están en México. Es una forma de estar más cerca de todos ellos y de disfrutar a los nietos, que ya son cinco y los veíamos muy de cuando en cuando. Y también para tomar un respiro y una distancia que a Malena y a mí nos era necesaria, luego de muchos años de una fuerte contienda con la vida y con el chavismo.

—38 años como guionista, productor, editor y director de largometrajes, documentales, miniseries y programas de TV, comerciales y micros institucionales. ¿También fue novio de la madrina?
—¡Qué va! La madrina me ha eludido sistemáticamente durante esos 38 años. Todo ese toderismo que refieres lo ejercité precisamente para ver si conquistaba a esa bendita madrina, pero nada. Vamos a ver si ahora que me estoy poniendo viejo esa señora tan difícil se compadece de mí y me depara algún afecto (risas). Mentira, estoy jodiendo, a la madrina la encontré finalmente en 1983, es mi novia desde entonces y se llama Malena Roncayolo.

—Cuando rodó El atentado, en 1984, ¿pensó que habrían tantas versiones virtuales en el siglo XXI?
—(Carcajadas) Creo que Chávez y Maduro rompieron el récord Guinness de atentados anunciados y sin pruebas, marca que por muchos años estuvo en manos de Fidel Castro. El atentado mío del 84 tuvo la virtud de haber sido real, con un muerto y un herido comprobables. Creo que ahora habrá que producir “los “seudoatentados”.

—¿Actualizaría La boda?
—Muchos me lo sugieren y creo que tendría vigencia. La llamaría “El divorcio” porque la pareja que se casó estaría hoy dividida: ella escuálida y él chavista. Y al final tendría un largo fade a negro, en espera de que aclare la tenebrosa noche que vivimos.

—¿Qué pasó con la jueza Afiuni?
—Sigo trabajando en el proyecto, estoy revisando el guión y reuniendo los recursos financieros y técnicos para rodarla. Ha sido más difícil de lo que imaginé al principio, pero sin duda la realizaré. Venezuela y la doctora Afiuni merecen que esa historia sea contada.

—¿Es Venezuela un país de película?
—Siempre lo fue y ahora más que nunca. Lástima que, con excepciones, los cineastas han preferido evadir los temas candentes.

—¿El tema nacional para una película de terror?
—“Un día en la vida de José Vicente Rangel”.

—¿Y para una cómica?
—“Un día en la vida de Iris Varela”.

—Comedia, tragedia, sátira, pasión, ficción, drama, reflexión, resignación. ¿Qué se está rodando en el país?
—He criticado que nuestros cineastas se han refugiado en comedias con frecuencia banales, o en ese cine histórico o biográfico que suele complacer al poder. Hay valiosas excepciones, no las citaré para no herir susceptibilidades. Ellos saben quiénes son, se los he dicho.

—¿Haría cine mudo, dada la falta de entendimiento nacional?
—Sería muy poco venezolana una película muda. Somos sobre todo hablachentos, arbolarios, gritones y reilones. A menos que se trate de una película sobre el defensor del pueblo o la fiscal ante violaciones de los derechos humanos, o sobre el Banco Central y las cifras de inflación.

—30 años de docente cinematográfico, ¿aprendió algo de sus alumnos?
—Casi todo. La experiencia docente te obliga a investigar, a profundizar y a cerciorarte de lo que crees que sabes. No puedes caerle a cobas a quienes confían en tu supuesta sapiencia. De esa tensión es que uno aprende más.

—¿Qué podría salir de un trabajo conjunto entre los dos bandos políticos?
—Depende de cuáles bandos se trate, porque aquí hay más bandos de los que se ve a simple vista, en el gobierno y en la oposición. Entre los radicales chavistas y opositores saldría un partido como el Podemos de España, con un líder tipo Pablo Iglesias o Berlusconi. Entre los sensatos chavistas, que son muy pocos, y de oposición podría salir un país que tendería a una Noruega, con justicia y eficiencia hermanadas, dirigido por ciudadanos con leyes claras, que se respeten.

—¿A qué le saben los aplausos?
—Son gratos, sabrían a miel con tamarindo. Aunque ya no me acuerdo, de tanto tiempo sin recibirlos (risas).

—¿Y las críticas?
—Es hipócrita decir que no nos importan. Claro que me importan, pero los críticos tienen derecho a eso, es su trabajo y hay que calárselas con las botas puestas.

—¿Un Oscar para un dirigente?
—Te doy dos: mejor comedia bufa para Maduro, con “La guerra económica”. Mejor guión de farsa, para varios del gobierno y la oposición, por “El revocatorio no se podrá hacer en 2016”.

—¿Y a la constancia cinematográfica?
—A nuestros cineastas, y en especial a la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC), por su sostenido esfuerzo para crear y mantener una cinematografía en un país donde ello parece un imposible.

—¿Un sector de utilería?
—Hay varios, pero puesto a escoger me quedaré con la FANB.

—¿Otro ávido de un apuntador?
—También son varios, pero ninguna como la pintoresca canciller Delcy Eloína. Debería tener conexión directa con La Habana, regulada neuronalmente por su hermano Jorgito.

—¿Y de un buen guión?
—Sobra quienes lo necesitan, pero se lo daría al defensor del pueblo para sus infelices comparecencias en CNN con Fernando del Rincón. 

—¿Qué gana un cineasta metido en la política?
—Muy poco, para lo mucho que arriesga. Vivimos en un mundo de casillas, todo y todos tenemos nuestra gavetica donde los demás nos colocan. Si tú tratas de estar en dos gavetas a la vez puede que las dos se cierren al mismo tiempo mientras tú estás pasando de una a la otra, y entonces te quedas en el aire y caes por mera gravedad. Esa situación me ha acompañado siempre y no me arrepiento, soy escorpión de librito y, como dice aquel chiste: “Es mi naturaleza”.

—¿Volvería a coproducir con Carlos Azpúrua?
—Lo hicimos en nuestros inicios, fue grato y fructífero; pero eso sí que tiene la vida, que nos separa de algunos amigos. Ahora nos sobran razones para no coproducir.

—¿Qué hubiera pensado hoy Alfredo Maneiro?
—No puedo imaginarlo, pues tengo la convicción de que si Maneiro no hubiese muerto esto no habría pasado. Chávez hubiese sido quizá un seguidor secundario de Alfredo, quien habría sido el que tomara el poder y esta historia sería muy distinta.

—¿Un título para la oposición?
—“Cazadores de la partida de nacimiento perdida” (solo para cierta oposición).

—¿Para la revolución?
—“La revolución no será mantenida”.

—¿Una sinopsis para la MUD?
—En el segundo plot point, el que estamos viviendo: se deponen los intereses particulares, se unifican todos en la estrategia del revocatorio y a finales de noviembre estamos revocando a Maduro.

—¿Para el gobierno?
—Aceptan haber perdido su oportunidad histórica, negocian una salida lo más honorable posible y se disponen a reagrupar fuerzas, para ver si logran legitimarse como la eterna oposición que corresponde ser a la izquierda radical.

—¿Un mandatario latinoamericano para la pantalla grande?
—Sin duda, Hugo Chávez.

—¿Sueña con la alfombra roja?
—Te juro que no. Me aburre todo lo que está implicado en los festivales, aunque sé que los premios ayudan a difundir tu trabajo y a obtener mejores ingresos por él. Eso sí lo aprecio.

—¿Entre el cine capitalista y el socialista?
—El cine independiente realizado con honestidad, inteligencia y respeto por el espectador.

—¿Un héroe cinematográfico?
—Hay tantos, pero me quedo con Rick Blaine, el despechado dueño de un café interpretado por Humphrey Bogart en Casablanca, de Michael Curtiz (1942).

—¿Una heroína?
—Sería Ilsa, el amor imposible de Rick Blaine, inolvidablemente encarnada por Ingrid Bergman. Aunque adoro a Ripley, heroína de la saga Alien, interpretada por Sigourney Weaver.

—¿Una ideología?
—¡Wow!, no tengo respuesta para eso. Y creo que me satisface estar así.

—¿Una película que cambió su vida?
El año pasado en Mariembad, no por su tema o por su punto de vista conceptual, sino porque me indicó que había un medio para expresarse estéticamente distinto de la literatura, que era lo que yo andaba intentando ejercer a los 20 años sin la capacidad de soportar la soledad que implica escribir. Me dije: “El cine se hace en grupo, es como un juego; y, además, si se hace como esta película estás haciendo también arte”.

—¿La pantalla del venezolano?
—La de creernos muy vivos y despiertos, cuando, comparados con otros latinoamericanos, somos unos auténticos pendejos.

—¿Reclamaría su silla en la Villa del Cine?
—Si es para dirigir sí, para posiciones burocráticas no. Supongo que al terminar esta desgracia, que falta poco, instituciones como esa se abrirán al aporte de todos. Con los defectos que tuvo desde el principio, La Villa es uno de los legados que habrá que reconocerle a este proceso.

—¿La falla sempiterna de las cintas criollas?
—Quedan fallas, pero no creo que hoy podamos encontrar alguna sempiterna. La temática se ha diversificado, con la falencia de ignorar la realidad sociopolítica de estos años; el sonido y la fotografía han mejorado una enormidad, hay un cuerpo actoral de calidad, hemos mejorado razonablemente la estructura del relato y la dialogación se ha hecho más creíble y menos naturalista. Eran las fallas que encontraba en nuestras películas, ahora subsisten pero son más escasas.

—¿Un tema inexplorado?
—La familia íntima, no la saga familiar, sino el drama que anida y bulle en el interior de los hogares y sus miembros. Existen intentos válidos, pero no hemos hecho aún La Película sobre la intimidad de una familia venezolana.

—Aparte de la taquilla, ¿su feedback ideal?
—La opinión de mis amigos sinceros.

—¿Cuándo visita este país?
—Estuve hace dos meses y volveré en cuatro o cinco. Debo ir semestralmente a hacerme chequeos médicos. Esta vez no pude mucho, pero lo aprovecharé para encontrarme con tantos queridos amigos.

—De regresar, ¿se reincorporaría a La Causa R?
—Regresaré. Y no creo que vuelva a militar en partidos. Aunque tengo amigos en La Causa R y a veces aprecio lo que hacen, creo que ellos no suelen acertar en sus decisiones estratégicas y tácticas y han postergado actualizar una definición conceptual y programática. Como ves, no me agrada el concepto de ideología.

—¿Un proyecto ideal?
—No me gusta el cine biográfico, por lo que no logro suponer a quién le haga falta que le dedique una película. Aunque hay en estos días una gran película o miniserie en el Picure; para nada biográfica, sino una saga sobre la génesis y el desarrollo de una megabanda delictiva rural con conexiones urbanas y, al parecer, con el poder. Estoy por llamar a Javier Mayorca a ver qué tiene sobre eso.

—¿Proyecta un final de película?
—Francamente no. Si hay algo que tiene suspenso e intriga es el desenlace de esta desgracia; no la llamo tragedia porque quienes la rigen desde el poder carecen de la grandeza dramática de un Otelo o un Hamlet. El final que sueño es derrotar electoralmente al régimen y el revocatorio es la opción actual. Ojalá que tras angustiosas horas de incertidumbre los carajos acepten negociar una salida, sin que tengamos que garantizarles impunidad para sus delitos ni para las fortunas que acumularon. Parece mucho pedir, pero eso sueño para mi país.

—¿Qué pasaría en Venezuela si los dos elencos en pugna intercambiasen papeles?
—¿Me lo dices o me lo preguntas? Hay actores en ambos repartos que se viven cambiando los roles, otros ejecutan comedia en las escenas dramáticas y viceversa. ¡Ahhh!.. Y abundan los personajes de terror (carcajadas), si no pregúntenle a Chúo Torrealba.