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La ciudad de los gatos

Refugio de gatos en el Parque Cristal, Caracas / Willias Marrero

Refugio de gatos en el Parque Cristal, Caracas / Willias Marrero

Esta es una historia de mininos. De mininos que invadieron e hicieron suyas las áreas verdes de un edificio comercial: Parque Cristal, en Los Palos Grandes. De mininos que tienen amigos y enemigos. De mininos amparados por leyes olvidadas. De mininos de nadie

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No podía ver a un ser humano porque enseguida se alborotaba, le pedía caricias. Se introducía con descaro dentro de los bolsos de las señoras, como diciéndoles “llévenme”. Regalada. Por su amor insistente y terco empezaron a llamarla Quiéreme-a-juro. Ella era una de las habitantes de esa urbe particular y mínima que fundó un grupo de gatos dentro de los jardines de un edificio comercial. Parque Cristal, en Los Palos Grandes, es su ciudad.

Nadie sabe muy bien cómo ni cuándo se formó la colonia de felinos, ni por qué eligieron ese lugar para dormir, procrear, gozar la vida. No es el sueño del escritor Haruki Murakami en el libro 1Q84, quien narra un pueblo de mininos que “bebían cerveza en las tabernas, cantaban alegres canciones gatunas, tocaban el acordeón y bailaban al compás”. No. Estos más bien pasan el día reposando, huyendo del calor entre las plantas de un jardín bien cuidado. Retozan, ronronean, esperan la comida que siempre les llega puntualmente y anhelan la noche, su razón de ser gato.

Pero no todo ha sido fácil para ellos. No viven en una fortaleza. Tienen amigos, sí. Pero también enemigos. No es tan fácil la vida de un invasor.

Acta de fundación. Hace siete, ocho años, los vigilantes de Parque Cristal empezaron a ver muchos mininos en el estacionamiento, cuenta el jefe de operaciones, Juan Carlos Franquiz. Buscaban ratas. Un día comenzaron a migrar al jardín. Y les gustó esa nueva residencia. Llegaron más. Hubo simpatías, peleas, alianzas y romances gatunos. Lo inevitable: la población fue creciendo. La administradora del edificio, Concha Rodríguez, refiere que un grupo de vecinos comenzó a llevarles alimentos hace tres años. Asegura que eso agudizó el problema y empezaron los conflictos. “Ensuciaban el centro comercial, le dimos instrucciones al personal de seguridad de quitarles la comida, pero las personas insistían”.

Mientras, cosas del ciclo vital, el número de residentes seguía aumentando, además algunas personas comenzaron a soltar allí los mininos “sobrantes” de sus casas, gatas paridas con sus crías. La población felina llegó a ser muy visible a comienzos de este año: los gatos no estaban sólo en el jardín, deambulaban por entradas y pasillos de la torre. Algunos vecinos de los edificios cercanos se quejaban del mal olor, de los chillidos amatorios de los moradores de cuatro patas. Llegó a haber más de cien felinos, refieren los voceros del centro comercial, pero quienes les llevaban comida aseguran que nunca hubo esa cantidad, sino la mitad. Destacan que son fuente confiable pues sabían cómo era cada animal: los tremendos, los tranquilos, los ariscos, los amorosos, los negros, los atigrados.

Gatos sin identidad la mayoría, gatos que sólo se llaman gato. Sin embargo, siempre ha habido alguno que se gana un nombre propio. Por ejemplo, Carey, del color de la tortuga, se creía la dueña de Parque Cristal. Lambucín era el que le quitaba la comida a los demás, tragón. El Gran Preñador fue llamado un macho que tenía un harén con tres gatas y una descendencia incalculable y multicolor. La Gata Querida era la consentida de María Dolores Galve, la mujer que religiosamente lleva alimentos a las 5:00 pm. “Si se pudiera cruzar el hombre con el gato, resultaría una mejora para el hombre, pero un deterioro para el gato”, escribió el narrador estadounidense Mark Twain hace más de cien años.

En medio del conflicto

Las personas que se ocupan de los gatos vieron cómo crecía la tasa de natalidad, pero cómo aumentaba al mismo ritmo la de mortalidad. Empezaron a angustiarse porque durante el primer semestre de 2012 aparecían animales muertos en las aceras cercanas y también dentro del jardín. Cada fin de semana uno, dos, cinco. Nunca se supo quién los agredía. Sólo constaban sus cuerpos. Cuerpos de gatos muertos que nadie reclama.

En junio de este año, los felinos –que hasta ahora sólo habían sido un tema de desencuentros entre los vecinos y los representantes del centro empresarial– saltaron a la prensa. La información de que serían exterminados masivamente por el Ministerio de Salud, por una supuesta petición de la administradora de Parque Cristal, corrió en las redes sociales. Varias vecinas hicieron vigilia en el jardín. Tenían que salvar a los animales.

Los voceros del centro comercial aseguran que nunca solicitaron el envenenamiento de los gatos. “Ni lo hicimos en junio ni lo hacemos ahora, no queremos que los maten”, dice Rodríguez, pero deja claro que tampoco los desean como huéspedes. “Esto es propiedad privada”, recalca para defender su argumento. Pero el despliegue noticioso llevó a una decisión: en conjunto había que hacer algo para resolver el problema de los invasores.

Muchos menos

Maricin Roselló preside el Proyecto Mascota, una organización no gubernamental que nació este año producto del afecto que un grupo de vecinas de Los Palos Grandes empezó a tener por los animales de Parque Cristal. Ellas son las que les dan de comer a diario (comida que pagan de su bolsillo) y les ponen nombres. También fueron las que protagonizaron la vigilia.

Roselló, junto con Ana María Sánchez, Gisela Borges y María Dolores Galve, empezaron a buscar soluciones para controlar y proteger a los gatos. Iniciaron un programa de esterilización, junto con los veterinarios Enixir Noguera y John Ortiz. Además, promueven la adopción y han logrado que varios mininos encuentren hogar. Con el apoyo de la Alcaldía de Chacao y la autorización de Parque Cristal, colocaron hace un mes dos enormes letreros en las rejas del jardín para que la gente no abandone sus mascotas allí. Así, la población felina ha ido mermando. La ciudad de los gatos está dejando de serlo. Pero esa, para ellas, no es la solución.

Buscar un santuario

Los gatos dejaron de ser un estorbo en Roma. Fueron declarados patrimonio biocultural. El Felinus romanus, según diversas páginas web, es un bien de la ciudad y es visto como parte de su interés turístico, tanto así que muchos visitantes solicitan en adopción a algún minino callejero. Tienen varios santuarios en la capital italiana, el más conocido y grande es la Torre Argentina, edificación de los años 400-300 a. C. donde pernoctan alrededor de 300 animales, apoyados por las gattare, como son conocidas las mujeres que se encargan de su cuidado. Las reglas de estos lugares son tres: todos los gatos tienen derecho a la vida, es obligatoria la esterilización y se promueve la adopción.

Las integrantes de Proyecto Mascota quisieran un lugar así para los animales vagabundos de la capital. Cuentan que sólo en el municipio Chacao hay varias ciudades de gatos, similares a la de Parque Cristal. Recuerdan que en las residencias Sanz Souci hubo un exterminio masivo de mininos callejeros y ven con preocupación cómo los que invadieron un terreno de Campo Alegre están en su mayoría enfermos. Aunque la Ley de Protección a la Fauna Doméstica y en Cautiverio, aprobada en 2010, en sus artículos 12 y 35 establece que los animales en abandono deben ser llevados a un refugio donde se les garantice la vida, ningún municipio lo tiene. De la Alcaldía de Chacao alegan la falta de terrenos para un santuario. Aunque el gato “sólo quiere ser gato/ y todo gato es gato/ desde bigotes a cola”, según el poeta Pablo Neruda, es un gato muy distinto si vive en Roma o en Caracas.