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Sacerdote, acróbata y payaso

El padre Dizzi Perales estudió en el seminario, pero además se graduó de payaso / Francesca Commissari

El padre Dizzi Perales estudió en el seminario, pero además se graduó de payaso / Francesca Commissari

El padre Dizzi Perales. Este sacerdote jesuita de 40 años de edad estudió en el seminario, pero además se graduó de payaso

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No sólo mueve montañas. La fe da volteretas al aire en una tela, practica malabares en un semáforo, usa una pelota roja en la nariz y hace reír. El catolicismo no se muestra sólo desde un sermón en un altar, está en el arte. Así lo demuestra el padre Dizzi Perales. Este sacerdote jesuita de 40 años de edad estudió en el seminario, pero además se graduó de payaso; celebra eucaristías, pero al mismo tiempo es director de Cultura de la Universidad Católica del Táchira; ha casado a muchas parejas, pero también ha trabajado en un circo.

Perales supo de la existencia de los jesuitas porque nació y vivió en una parroquia jesuita en Ciudad Guayana: “Vi que siempre estaban vinculados con lo social, la educación, el arte. Eso me generó un interés por estos hombres que, siendo sacerdotes, no se dedicaban sólo a cosas de la iglesia, sino que estaban sumergidos en diversos ámbitos de la realidad”.

En 1992 ingresó en el noviciado de la compañía de Barquisimeto, luego estudió Humanidades, Filosofía y Teología. A la vez, tenía inquietud por el arte. Había hecho teatro y en Puerto Ordaz tuvo contacto con los malabaristas de la calle. “Daba clases de Filosofía en la universidad y los veía en los semáforos. Quise ser como ellos, pero por motivos distintos: aquellos sólo actuaban en Puerto Ordaz, donde vivía la clase media y podían recibir más dinero; yo trasladé ese mismo espectáculo callejero a los semáforos de San Félix, la zona más pobre, porque pensaba que allá también tenían derecho de disfrutar del arte”. Esa actividad fue polémica: la gente no entendía que un jesuita y profesor universitario fuera artista callejero.

Pero la congregación no lo rechazó, al contrario. Cuando volvió a Caracas, sabiendo su interés, el padre Ignacio Castillo le habló de una escuela de circo. Allí Perales empezó a hacer acrobacia aérea, incluso trabajó en una carpa. “Para los jesuitas hay un tema fundamental, que es la espiritualidad encarnada, el Dios vivo que actúa en la historia. El sacerdote no sólo tiene una dimensión sacramental religiosa, sino que está presente en la vida misma. En nuestra congregación cumplimos distintos servicios, el mío es a través del arte, así acompaño la vida de la gente. Aunque lo que hago no parece religioso, en realidad tiene que ver con la instauración de un mundo más fraterno y humano”, expresa.

La Compañía de Jesús lo ha apoyado y le ha permitido hacer cursos de circo en Canadá y graduarse en la escuela de payasos de Argentina. Indica que para la congregación es importante la preparación, que no sea una actividad amateur. “Seguramente el único lugar donde podía ser cura es en la Compañía de Jesús”, dice.

“Entre los jesuitas hay una tradición de acompañamiento espiritual heredada de Ignacio de Loyola; soy artista jesuita, mi ser artista lo vivo desde mi espiritualidad y desde allí acompaño a quienes están en situación de mayor vulnerabiliad”. Como payaso, Perales va a los hospitales y creó Dr. Yaso en Táchira; como director de Cultura, creó un festival artístico y un observatorio cultural; y como sacerdote, celebra eucaristías en la capilla de la universidad. “Muchas veces me llaman para bautizos o bodas de gente del arte que no está vinculada con lo religioso”. Y se ríe al recordar que cuando llegó al estado Táchira muchos se preguntaron si un tipo que se guindaba en un trapecio podía ser cura. “Pero luego fueron descubriendo que las cosas de Dios aparecen por caminos diversos”, dice.