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Ratzinger y la soledad de Benedicto

El papa Benedicto XVI oficia la misa del Miércoles de Ceniza en la basílica de San Pedro del Vaticano, hoy, miércoles 13 de febrero de 2013 l EFE

El papa Benedicto XVI oficia la misa del Miércoles de Ceniza en la basílica de San Pedro del Vaticano, hoy, miércoles 13 de febrero de 2013 l EFE

De fama y talante conservador, Benedicto XVI tomó una decisión que podría cambiar el fondo de la concepción del papado. Durante su gestión dio señales de reflexión sobre su fragilidad y no honró la mano de hierro con la que se le asociaba para unir a una Iglesia rota por las intrigas, los engaños y los delitos. Su gesto sólo será valorado por la historia

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Joseph Aloisius Ratzinger está sereno o no puede más. O las dos cosas. En 2010, en una larga entrevista que le hizo el periodista alemán Peter Seewald para el libro La luz del mundo, el papa Benedicto XVI habló sobre su concepción de no huir del peligro, habló de quedarse, de resistir. Pero también habló de que a veces –y a pesar de todo– toca irse.

“Si el peligro es grande no se debe huir de él. Por eso, ciertamente no es el momento de renunciar. Justamente en un momento como este hay que permanecer firme. Esa es mi concepción. Se puede renunciar en un momento sereno, o cuando ya no se puede más. Pero no se puede huir en el peligro y decir: que lo haga otro”. El lunes pasado, tres años después de esta declaración, Benedicto XVI anunció su renuncia y el trabajo al que se refería –limpiar el rostro de la Iglesia de las acusaciones de abuso sexual a menores de edad por parte de sacerdotes– le va a tocar hacerlo a otro.

“Cuando un papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cabo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho, y hasta el deber, de renunciar”, dijo en la misma conversación el hombre que, a los 85 años de edad, no pudo con el peso de la piedra de Cristo.

Ratzinger ha reconocido ser muy alemán: “En mi manera de ser, el ser alemán es muy fuerte”. ¿Tenía planificada alemanamente su renuncia? Los motivos profundos de su decisión habitarán en una de esas capillas de misterios de las tantas que hay en la Iglesia Católica, pero Ratzinger es un pensador, una de las mentes más brillantes del Vaticano y una decisión así sólo podría haber sido tomada después de pasarla por los finos filtros de la reflexión.

El Papa ha deliberado sobre las renuncias. No sólo la de él. En 2011, durante un viaje a Berlín, fue benévolo al hablar sobre los católicos que abandonaban la práctica: “Generalmente los motivos son múltiples en el contexto de la secularización de nuestra sociedad. Estos abandonos son el último paso de una larga cadena de alejamiento de la Iglesia. En este contexto, me parece importante preguntarse: “¿Por qué estoy en la Iglesia? ¿Estoy en la Iglesia como en una asociación deportiva, una asociación cultural, en la que encuentro respuesta a mis intereses y si ya no es así me voy? ¿O estar en la Iglesia es algo más profundo?”. ¿Cuántas veces se habrá preguntado Benedicto XVI por qué es el sumo pontífice? Al parecer, encontró la respuesta “en libertad y después de orar largamente y de examinar su conciencia delante de Dios”, como dijo esta semana el líder espiritual con mal ángulo y poca suerte para las fotografías y ojeras que siempre lo hacen ver más cansado de lo que ya está.

Augusto Garay González es un barítono peruano que integra el coro de la Capilla Sixtina y estuvo en la sala donde se celebró la reunión de cardenales del lunes pasado en la que Benedicto XVI comunicó, en latín, su salida del ministerio petrino. “Habíamos terminado de recitar la hora media con el Papa en la sala del sínodo. Normalmente, el pontífice hace la última oración y canta la bendición final. Con el Salve Regina terminaba la función, pero de pronto vimos que el Papa se sentó y su secretario le alcanzó el discurso. Nosotros, los cantores, tenemos cierta familiaridad con el latín. Muchos cardenales no saben latín, pero pasaron dos minutos y se enteraron. Las caras de estupor, de desconcierto y los rostros de tristeza de los prelados se multiplicaron en toda la sala. Menos mal que después del anuncio no teníamos que cantar. Salimos todos en silencio y compungidos. No dijimos nada. No había nada que decir. Me impresionó mucho el rostro del Papa. Se notaba cuán costosa había sido esa decisión para él”, recuerda.

Un ex papa. Por lo inédito del caso, todavía hay más interrogantes que certezas. Por ejemplo, no hay ex papas por el mundo asociados en clubes ni reunidos en círculos de lectura teológica; esta condición no existía hasta que lo inventó Benedicto XVI. Lo seguro, en lo que coinciden los especialistas entrevistados en medio mundo, es que la institución eclesiástica no saldrá ilesa de esto. Una concepción centenaria fue colgada por un hombre de apariencia mesurada que durante 23 años, en el pontificado de Juan Pablo II, dirigió la Congregación para la Doctrina de la Fe.

“Es una revolución de un alcance tan amplio que cambia toda la percepción de la jerarquía eclesiástica. Era un monarca de por vida y ya no lo es. Mientras nadie se imaginaba que la renuncia del Papa era posible, él lo hizo”, dijo al diario El País Marina Caffiero, profesora de Historia Moderna del Catolicismo de la Universidad de La Sapienza de Roma.

Para un análisis desapasionado convendría saber las causas que motivaron al sumo pontífice a renunciar después de casi 8 años de papado, 24 viajes oficiales y varios y muy publicitados Vatileaks que revelaron que las confabulaciones de cariz cinematográfico llegaron hasta su círculo más íntimo. 

Al parecer, el robo de documentos por parte de su asistente de cámara, Paolo Gabriele –a quien llamaban Paoletto–, es una pieza clave. “El día que la Gendarmería del Vaticano se llevó detenido a Paoletto –el que sabía cuántas pastillas había de tomar el santo padre y con qué infusión tenía que despedir el día–, el mundo de Ratzinger se tambaleó. Con las cajas llenas de documentos afanados por el mayordomo también afloraron las sospechas”, escribe Pablo Ordaz, corresponsal en Ciudad del Vaticano de El País.

Los papeles secretos que mostró el año pasado Paoletto a la luz pública revelaban que Benedicto XVI no había podido cumplir su deseo de unir y depurar la institución a la que ha entregado la vida. Durante la celebración en la Basílica de San Pedro de la misa del miércoles de ceniza siguió con su línea de declaraciones críticas sobre la estructura eclesiástica: “El rostro de la Iglesia aparece muchas veces desfigurado. Pienso en particular en las culpas contra la unidad, en las divisiones del cuerpo eclesial”.

El 266. El cónclave será rápido: se espera que para Semana Santa se haya elegido el sumo pontífice número 266 de la historia. En la lista de los papables destacan tres de América Latina, región en la que vive 42% de los católicos del mundo: el cardenal argentino Leonardo Sandri; el arzobispo de Sao Paulo, Odilo Pedro Scherer, y el hondureño Oscar Andrés Rodríguez, arzobispo de Tegucigalpa.

Sandri, de 69 años de edad, es un hombre familiar en el Vaticano porque fue el portavoz de Juan Pablo II cuando su enfermedad le impidió hablar. Fue él quien anunció, el 2 de abril de 2005, la muerte del querido y carismático papa: “Nuestro amadísimo padre ha vuelto a la casa del Padre. Roguemos por él”, fueron sus palabras.

La prensa brasileña considera que Scherer puede ser un líder de consenso entre los tradicionalistas y los renovadores. Sin embargo, este hombre de 63 años de edad declaró el año pasado al Estado de Sao Paulo que no se imaginaba como papa. Rodríguez es conocido en su país como “el Juan Pablo II de Latinoamérica” por su don de palabra. Tiene, como mancha en su sotana, haber apoyado el golpe que derrocó a Manuel Zelaya en junio de 2009.

La prensa europea ha informado que los cardenales electores que viven fuera del Vaticano ya reservaron los vuelos para estar en Roma los primeros días de marzo. Los movimientos del próximo cónclave comienzan a sentirse en la ciudad italiana en forma de rumor y negociaciones. La elección de uno de los hombres más poderosos del planeta deberá comenzar en un plazo máximo de 20 días a partir del 28 de febrero a las 8:00 de la noche, cuando termine el papado de Benedicto XVI.

Su nueva vida respirará en el convento Mater Ecclesiae, en los jardines del Vaticano. Allí, alejado de luces y micrófonos, podrá reencontrarse con la idea modesta que siempre tuvo de sí mismo, como reconoció en su primera misa como vicario de Cristo el 24 de abril de 2005: “Yo, débil servidor de Dios, debo asumir este deber inaudito, que realmente supera toda capacidad humana. ¿Seré capaz de hacerlo?”.