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Putin, el hombre que desafía a Occidente

Los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, se reunió con su colega italiano ante líderes de la Unión Europea (UE)/ EFE

Foto EFE

Ni las sanciones occidentales ni la crisis económica en ciernes parecen frenar el ímpetu del presidente ruso

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El protagonista del año no necesariamente es un superhéroe al que todos admiran. Tampoco su selección equivale a la de un Premio Nobel de la Paz. El elegido de 2014, el presidente ruso Vladimir Putin, no es ni Superman, ni Mahatma Gandhi, pero sí un hombre de una férrea voluntad que quiere devolver a su país al lugar que perdió con el fin de la Guerra Fría, sin temor de poner a prueba la solidez del sistema internacional o la voluntad de los dirigentes mundiales de oponerse a sus desafíos.

Putin no es el clásico líder carismático. Nada más distinto a Hugo Chávez, Castro o incluso Hitler. Se ríe poco, no hace bromas, es directo y algo brusco. Más bien bajo de estatura, muy erguido. Parece tener siempre puesto su chaleco antibalas, pero —al parecer— según las fotos que el Kremlin distribuye de tiempo en tiempo, no es eso, sino una musculatura trabajada a fuerza de actividad física. Es cinturón negro de judo, un deporte que usa la fuerza del adversario en su beneficio.

Según Peter Baker y Susan Glasser, autores de “Kremlin Rising: Vladimir Putin’s Russia and the end of revolution”, Putin  es poco empático, y ni cuando saluda enfermos en un hospital infantil es cálido, por eso los niños no lo quieren.

Sin embargo, la popularidad de Vladimir ha crecido con los años, llegando a puntos increíbles de 80%. Apela al nacionalismo más feroz, al chauvinismo endémico en la sociedad rusa. Aceptó ser el sucesor de Boris Yeltsin, en 1999, porque, según sus palabras, quería ayudar a “salvar a Rusia, para que no se desmembrara. Eso sería algo para sentirse orgulloso”. Sigue pensando que el derrumbe de la URSS es el peor desastre geopolítico del siglo XX.

Los acontecimientos de este año demuestran que no ha perdido esa resolución para empujar a Rusia. No ha temido hacer tambalear los cimientos del sistema internacional para cumplir su meta, que no es la de resucitar la Unión Soviética, sino más bien la de recomponer el imperio ruso, ese que tenía no solo Crimea y Ucrania, sino Bielorrusia, el transcáucaso y los países musulmanes de Asia Central. Por ahora, las repúblicas Bálticas no parecen estar en su periscopio.

“El oso es el amo de la taiga (bosque boreal), y no se la cederá a nadie (...) (tampoco) se molestará en pedir permiso”, dijo en octubre en el Club Valdai, un foro organizado por Moscú para discutir sobre el rol de Rusia en el mundo. Frase clave para entender por qué no acepta que la Unión Europea sea más influyente que Rusia en Kiev, o que los georgianos quieran incorporarse a la OTAN. Parece ser más que una declaración amenazadora. Encierra la forma en cómo Putin ve la escena global y el rol de su país en ese entorno.

Cuando Yeltsin cedió su cargo al ex agente del KGB, dijo que “el siglo debía comenzar con una era política nueva, la era de Putin”. Ahora, la pregunta es por cuánto tiempo más podrá mantener firme su posición ante Occidente.

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