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Nueva potencia energética mundial

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Durante décadas Estados Unidos ha soñado con convertirse en un país autosuficiente en energía, y así poner fin a una indeseable dependencia de los gobiernos de los países árabes. Ahora ese sueño parece ser alcanzable. Hace pocos días, la Agencia Internacional de Energía (IEA) destacó lo que llamó la “revolución de los combustibles” en Estados Unidos, proyectando que para el final de esta década ese país superará a Arabia Saudita como el mayor productor petrolero del mundo. Para 2035 Estados Unidos estará en capacidad de autoabastecer todas sus necesidades de energía. Esa abundancia ya es notable y los precios de la energía están cayendo, lo cual ha disparado una tendencia entre fabricantes y suplidores que abandonan Europa para instalarse en América. Se está dando un “milagro económico”, derivado de la evolución de nuevas tecnologías de fracturación hidráulica, las cuales han permitido la producción rentable de petróleo y gas natural acumulados en esquistos (rocas muy duras de muy baja porosidad, denominadas lutitas en el argot petrolero –“shales” en inglés–). Las nuevas técnicas de fracturación se deben a la perseverancia e investigación de campo realizada durante casi dos décadas por el petrolero texano George Mitchell. El resultado ha sido la “revolución del shale gas”, recientemente extendida al petróleo. Con base en esa técnica se calcula un suministro estable de gas natural interno de 75 años, con el potencial de cambiar las economías desde la electricidad de nuestros iPads hasta el transporte de camiones. Pero no se trata solamente del gas; la revolución se ha extendido también al petróleo. Los esquistos de Marcellus Shale en el nordeste del país, constituyen el yacimiento de gas más grande de Estados Unidos, mientras que los esquistos de la formación Bakken en Dakota del Norte y Montana, contienen inmensas acumulaciones de petróleo calculadas en más de 10.000 millones de barriles, y ya producen 750.000 bpd. El impacto en el sector de energía ha sido inmediato. En la primera mitad de este año Estados Unidos importó solamente 45% del petróleo que consumió, la cifra más baja en 20 años, mientras que el país está produciendo más gas que nunca, y es ahora el de mayor aumento petrolero mundialmente.

Esta revolución está perfilando inmensas implicaciones en el orden mundial. En el Golfo Pérsico la paz es mantenida por la Armada de Estados Unidos, la cual gasta 80.000 millones de dólares por año patrullando los canales acuáticos de la región. ¿Acaso lo continuará haciendo cuando Estados Unidos ya no requiera petróleo árabe? Vladimir Putin ha construido su Rusia en torno a un sistema amigable con los oligarcas, haciéndose la vista gorda en cuanto a métodos y maneras, siempre y cuando continúen fluyendo petrodólares del mar Caspio. Si ese flujo se estrangula, el Kremlin se vería forzado a encontrar maneras para garantizar un crecimiento estable de los negocios, como en Europa Oriental. Si las nuevas tecnologías de fracturación convierten a China en un país autosuficiente en energía, Pekín se hará menos dependiente de países como Irán. Los ayatolás están sufriendo mucho debido a un eficiente boicot de las potencias occidentales, y sus ventas de gas a India y China constituyen su línea de supervivencia. Arabia Saudita está construida sobre una alianza entre la monarquía y los wahhabis, algunos de los cuales son de línea dura y han usado su riqueza petrolera para impulsar el radicalismo desde los Balcanes hasta Afganistán.

Estas son solamente algunas de las situaciones que podrán crear inestabilidad. Finalmente, la reducción de las vulnerabilidades de Estados Unidos y del mercado petrolero, derivadas de cambios en los corredores de suministro y en el balance energético de muchos de los actores, tendrá inmensas consecuencias geopolíticas. Internamente en Estados Unidos podrían cobrar fuerza tendencias aislacionistas, con consecuencias para la estabilidad global que apenas estamos comenzando a vislumbrar.