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Navidad en Weston

Weston, Florida, Estados Unidos

Weston, Florida, Estados Unidos

Durante ocho días traté de concentrarme en las ofertas de Best Buy y Costco, en las fiestas que imponía la época navideña y en la calidez de un profuso núcleo familiar

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No hay vacaciones posibles cuando tu país ensaya torcidamente una revolución. Menos aun si el líder de ese proceso se debate entre el limbo y la resurrección. Nos hemos convertido en una sangría de noticias inesperadas. Por tal motivo, el sobresalto te persigue hasta el confín del mundo. Lo encontrarás en el sello del pasaporte, en la espuma de afeitar, en tu manera de escanciar un trago. Todo intento de desconexión termina siendo un gesto incierto. El acto fallido se agrava cuando las circunstancias te obligan a pasar las Navidades en una zona del planeta llamada Weston, Florida, Estados Unidos.

Nunca he sido de los que se entusiasman con viajar a Miami. Siempre me ha parecido una ciudad desangelada. Un largo bostezo lleno de autopistas y centros comerciales. Allí el peatón sólo cobra razón de ser en Lincoln Road. A menos que quieras deambular como zombi en los pasillos interminables de ocho o diez malls. Sí, Miami ha ido ganando textura urbana, ha logrado un tono, una manera, pero está lejos del temple real de una verdadera ciudad. Posee glamour, moda, centimetraje mediático, dinero, toneladas de latinos y unos quince o veinte gringos. No mucho más. Todo se acentúa cuando nos deslizamos hacia la periferia, donde vive la mayoría de los venezolanos que han tenido que emigrar de esa playa, esa caja de cervezas, esa carcajada, ese riesgo de muerte, ese caos entrañable llamado patria.

Durante ocho días traté de concentrarme en las ofertas de Best Buy y Costco, en las fiestas que imponía la época navideña y en la calidez de un profuso núcleo familiar. Un libro de Clarice Lispector y otro de Paul Auster agregaban dignidad estética al breve exilio. Pero apenas transitábamos diez millas en la 95, alguien soltaba una noticia proveniente del Twitter: “Dicen que Chávez se agravó”; “parece que hay cadena”; “el ministro Villegas declaró que sí y que no”. Y entonces la próxima media hora nos desfogábamos en un ardoroso debate en el cual reinventábamos a la oposición, a la Asamblea Nacional y el destino de nuestros hijos. Los tweets de Bocaranda y el doctor Marquina se peleaban el rating, los de Lucio Quincio se volvían excesivos, y las intransitables frases del vicepresidente Nicolás Maduro nos impedían observar con serenidad al rotundo hipopótamo del Zoológico de Miami. Al llegar a casa, nos disgregábamos hacia nuestros aparatos electrónicos. El espacio se cargaba de un silencio denso que se iba astillando en la medida en que alguien encontraba una noticia más angustiosa que la otra. El país no dejaba de tocarnos el hombro.

En Weston la vida es una presunción. El aire se aburre pasmosamente. Allí, la naturaleza tiene una organización industrial. Cada árbol se replica a sí mismo, cada esquina es una foto repetida. La simetría llevada a la exasperación. El tiempo circula en puntillas. No hay perros, kioscos de periódicos, ni peatones a la deriva. Para muchos, Weston es un paraíso de confort y seguridad. Para otros, un pantano de exilio y aburrimiento.


La tradición la llama Westonzuela. Un amigo, con seis años en la ciudad, se desmarca: “Westonzuela no existe. Es Doralzuela. Allí te puedes conseguir en una esquina a un maracucho jugando dominó y hablando de Chávez. En Weston eso no pasa”. Además, ya es notorio que hay más colombianos que venezolanos. “El venezolano que llega a Weston –me cuenta– se anestesia”. Se repliega en la sombra de su propia vida. Muchos frenan sus impulsos bautismales. No osan ponerle nombre a sus casas. Grafías como “La Gonzalera”, “San Judas Tadeo” o “La Tinajita” no se consiguen. Mi cuñada sabe cómo ubicar su casa porque al lado vive un policía cuya patrulla está puntualmente en la calzada a la hora de la cena. Nadie se atreve a personalizar su espacio. A plantar una mata de sábila en el porche. A insinuar una hamaca. A desafinar una canción de Guaco a las 3:00 de la tarde. Esa monotonía urbana tiene un nombre: “The cookie-cutter-houses”. Casas diseñadas como galletas. Todas del mismo color. La calle es grama, buzón de correo, arbusto, garaje. Todo impecable. Todo nacido bajo la dictadura del urbanismo clásico de los suburbios americanos. Es el virus de la mansedumbre.

En Weston inventaron el silencio. La vida ocurre con sordina. Después de las 9:00 pm no hay pruebas de la existencia de vida terrestre.

Cocaine Cowboy, un documental que narra la guerra por el control de las drogas en los ochenta en Miami refleja los orígenes de Weston y tantas otras ciudades de la Florida: el lavado de dinero. A pocos les interesa ese prontuario. Hoy se trata del reino del orden, la seguridad y la educación. Un detalle de asombro para cualquier caraqueño: no hay rejas en las puertas. No hay muros. Puedes dejar el carro abierto. Lo conseguirás intacto, como si el planeta no hubiera orbitado alrededor del Sol. Todo es tan seguro que la muerte simula pasar de largo.

Si urges a algún habitante de esa ciudad a que te de la razón por la que vive allí dirá: “Por los niños”. Nadie sin hijos se atreve a hundirse en ese pantano perfecto. Ya en 2008 la revista Money le otorgaba a Weston el puesto número 73 como el lugar ideal para vivir en América. Posee los mejores colegios de todo el sur de la Florida. “Si tienes dinero, ese es el sitio”, te juran mientras intentan conectarse por Wi-Fi con la tremebunda realidad venezolana. Otros no, otros han preferido cubrir la nostalgia con un particular distanciamiento brechtiano. Al fondo, “The Weston Moms” trotan impecables alejándose cada vez más de esa zozobra llamada Prados del Este, El Marqués o Miraflores.

El año nuevo lo recibimos en Cooper City. Otra ciudad galleta. Arregladita, abúlica. Los invitados vienen de Doral, Aventura, Weston. Hay demasiada autopista entre tus ganas y el primer whisky. Mientras surge el pan de jamón, la ensalada de gallina y el etiqueta negra, todos ronronean nuevas noticias del país, siempre desde el estupor. Algunos padres traen fuegos artificiales para insistir en que es diciembre. Se acerca la medianoche. Las casas vecinas están tragadas por la oscuridad. El feliz año parece ser un asunto clandestino. Una juerga privada. Ni siquiera se advierte el hábito americano de celebrarlo en bares. A lo lejos se observa otra casa llena de carros y gente: “Seguro son venezolanos”, concluye alguien. Entra el año. Abrazos, brindis, deseos. Nadie alcanza a emborracharse. Allí las fiestas domésticas no son estridentes, a menos que quieras saludar de cerca a la policía. Una gaita opaca suena en la sala. Es la hora de bailar “Oppa Gangnam Style”. Algunos vuelven al Twitter, a ver si todavía hay país.