• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Medianoche a las 7:00 pm

La Encuesta de Condiciones de Vida de 2015 reveló que 63% de las personas han restringido sus actividades cotidianas en cuanto a diversión y recreación porque la mayoría siente que puede ser asaltado en cualquier sitio de la ciudad. La inseguridad y la inflación han dejado desiertas las calles y los sitios nocturnos caraqueños, que se han visto obligados a reducir personal. 9 de cada 10 personas consideran que la violencia ha aumentado en el país. En Caracas, los números de muertes violentas aumentaron el primer semestre con respecto al mismo período de 2015. Hasta el 30 de junio se habían contabilizado 2.826 ingresos a la morgue de Bello Monte

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En los pueblos del llano del país a las 7:00 pm la única acción posible es coger impulso con la pierna para mover un chinchorro mientras se espera por el sueño. Nadie acostumbra a “andar por ahí” después de esa hora. Y a este ritmo se están incorporando las ciudades. En Caracas la noche envejeció.

Es viernes. Las personas parecieran competir por ganarle tiempo a un reloj que marca las 5:00 pm. Piernas suben y bajan las escaleras del Unicentro El Marqués en un dinámico y creciente compás. Unas se dirigen a los cajeros automáticos, a las farmacias y otras apresuran el paso hasta la última  función del cine. El premio de la caminata nerviosa en modalidad “miedo olímpico” es doble: lograr no ser alcanzados por el plan de ahorro energético que restringe el horario de los centros comerciales ni por un asaltante en el camino que lo convierta en la estadística cotidiana de la violencia.

Después de esa hora, comienza la transformación. El Unicentro El Marqués se convierte en una pintura con técnica en claroscuro. La luz natural y las sombras se apoderan de la edificación. Los pasillos son túneles de carretera con iluminación tenue. A cada paso surgen voces desde las tiendas que amenazan con extinguirla: “Nos estamos yendo. ¡Venga mañana temprano!”. 

Los maniquíes acortan su exhibición. “Ya uno no tiene tiempo de ver con calma”, vocifera una mujer mientras observa como el dueño del local da la última vuelta a la llave que cierra por completo el establecimiento. Del otro lado, un hombre apresura cada mordida de su merienda. Logra un tiempo récord mientras el mesonero alerta cuántos minutos restan para cerrar la pizzería. En muchos casos los usuarios deben ordenar para llevar. 

Y cuando cierra un local, los demás se contagian. A las 6:30 pm los pasillos ya son fosos. Demora unos segundos pensar qué dirección puede ser más segura para transitar entre ellos. En esta oportunidad no hay luz ni al final del túnel. Una trabajadora comenta que en el Unicentro El Marqués “hay zonas rojas”, las cuales después de las 3:00 pm dejan de ser frecuentadas debido a la oscuridad.

En el estacionamiento la luz blanca y desgastada de un bombillo no da seguridad a los visitantes, que prefieren estacionar sus vehículos en las adyacencias del centro comercial. Si los adultos no pueden estacionar, los niños tampoco pueden pilotar un avión, unas de las atracciones infantiles. Daniel, de 6 años de edad, insiste en subir a la aeronave. Por falta de energía la señal de despegue es desactivada.

Pasadas las 6:45 pm ya no se distinguen los colores, solo siluetas. La voz del jefe de seguridad comunica que ya no queda nadie en los pisos. En este momento la única luz disponible la tiene la pantalla de su celular.

 

Sin noches ni estrellas. Las puertas de la tasca El Castillo están abiertas, pero pocos entran. Las mesas se mantienen en perfecto orden a pesar de ser viernes en la noche. Suena el “Conteo regresivo” de Gilberto Santa Rosa y un mesonero atiende a alrededor de siete clientes.

“Cada fin de semana es peor. Casi nadie viene”, dice Germán Demey, que trabaja como músico en el lugar. El personal de la tasca se redujo a cuatro personas. Desde este año cierran tres días por semana: domingos, lunes y martes. “Antes con este trabajo era suficiente. Ahora también estoy en una agencia de festejos y solo hemos tenido dos fiestas. La gente ya no sale”.

Las sillas continúan sin ser levantadas a las 9:00 pm. Terminando el “Conteo regresivo”, una pareja choca sus cervezas y dicen “salud”. Cuando la canción llega a uno se levantan y se van.

Los locales del centro comercial San Ignacio también se encuentran desolados. Con el racionamiento eléctrico dejaron de utilizar el aire acondicionado, mantienen la televisión apagada y las luces bajas. Aunque aún asisten personas al lugar, ya no se hacen colas para entrar y, en su mayoría, las mesas están vacías.

Un grupo de jóvenes comenta que este año acordaron salir solo una vez por mes para ahorrar el dinero. El encargado de uno de los establecimientos asevera que el viernes es el único día de mayor trabajo. La clientela fija ya no es segura.   

El ajuste al bolsillo no solo restringe las salidas nocturnas, sino la calidad y cantidad de lo que se consume. El presidente de Asociación de Licoreros de Caracas, Carlos Salazar, dice que “la gente que tomaba whisky cambió a sangría”. Indica que la venta y comercialización de bebidas alcohólicas ha caído 50% este año. En 2015 fue 40%. En el San Ignacio los bartenders no están abarrotados de trabajo, los pedidos de tragos no se acumulan y las botellas de whisky se mantienen en exhibición. El cierre de las plantas de cerveza Polar, a finales de abril, todavía deja espuma.

Lisbeth Ordóñez recorrió tres lugares en busca de cervezas. Las pagó en 550 bolívares cada una. En otros sitios pueden costar hasta 800 bolívares. Al finalizar el año 2014 era de 100 bolívares. Las artesanales superan los 3.000. Ordóñez cambió su vida nocturna por una de atardecer: “Los precios, la inseguridad, todo eso me limita. Si sales un viernes, el sábado no”.

El psicólogo social Ricardo Sucre hace un pronóstico de los síntomas de la noche caraqueña. El ambiente de limitación contribuye a que “las personas sientan que sus capacidades y posibilidades de desarrollo están coartadas”. Este proceso que Sucre llama “privatización relativa” puede traducirse en frustración, y en autopistas y calles desoladas y despedidas furtivas frente a la puerta de la casa.

En Caracas existen unos cuatro locales de música en vivo para seguidores del rock y el pop. Entre los sitios compiten por mantener una oferta reducida de bandas. “Antes a todos los locales les iba bien. Ahora la gente elige solo un día para salir”, expresa Alejandro Moraos, encargado de Discovery Bar. La situación se refleja en los cierres de cajas que no superan los 100.000 bolívares diarios.

Tampoco es posible darle oportunidad a las nuevas agrupaciones como consecuencia de que la mayoría de las personas prefieren pagar por escuchar a bandas reconocidas o tributos. La Vida Bohème y Viniloversus, ambas con premios Grammy, iniciaron sus toques ofreciendo música los jueves en Caracas.

Desde la fiesta de Halloween que realizó Holic Caracas en 2015, no han conseguido llenar el lugar. Para entonces la convocatoria alcanzó a las 1.200 personas. Un empleado asevera que servicios de ron y vodka cuestan 10.000 bolívares. En febrero el precio fue 6.000. El whisky se sirve a quien pague 70.000 bolívares.

La opción más rentable de los viernes por la noche para los caraqueños es estacionar el carro a unos cuantos metros de la licorería. Beberse una caja de cerveza con amigos, cuyo costo es de 12.000 bolívares, y comerse una bolsa de tostones. A las 8:30 pm cerrar la cava, encender el vehículo, conducir hasta la casa y prender la televisión.

 

Callejones del hambre. El olor a salchicha, carne y cebolla, que se mantenía vivo después de las 11:00 pm en la avenida Francisco de Miranda hasta el año pasado se esfumó. La constante era escuchar “me das tres y un refresco” o “prepáreme una hamburguesa con todo”. Tras las frases había colas de clientes que querían hacerse oír por el cocinero.

El encargado de “Perrero, el goloso” está desganado. De 500 perros que preparaba a diario, ahora solo llega a 120.  “En 2015 usábamos de 10 a 12 cartones de huevos para las hamburguesas. Este año, lo que consideramos un viernes bueno, llegamos a los 4 cartones”, agrega. A pesar de continuar siendo “el sitio más económico” para comer, una hamburguesa se vende en 2.000 bolívares y un perro caliente en 550 bolívares.

En la venta de comida callejera la mayor competencia es la inseguridad. Ya no son calles del hambre, son callejones de los que es mejor salir rápido. Al puesto “Divino Niño” en Plaza Venezuela lo han intentado robar en tres oportunidades en lo que va de 2016: “El año pasado nos asaltaron varias veces. ¡Siempre ocurren cosas! Las personas vienen a pedirnos ayuda porque las asaltaron. En cualquier momento llegan los motorizados y te pegan un quieto”, comenta el dueño del carrito. Agrega que desde la esquina La Previsora hasta la parada del Metrobús no hay alumbrado, situación que los perjudica cuando reciben a un cliente: “Algunas veces comen, pero se ponen nerviosos y piden para llevar. Por eso ya antes de las 10:00 pm estamos recogiendo”.

Tienen permiso para trabajar desde las 8:00 am hasta las 11:00 pm. Sin embargo, la venta comienza pasadas las 10:00 am y termina casi a las 9:00 pm. En ese momento los puestos de comida rápida son rodados apresuradamente camino a casa. A esa hora nadie piensa en un perrito para llevar.