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Maracaibo apagada y sin un real

Foto: José Nava

Fotos: José Nava / Diario La Verdad de Maracaibo

La capital del estado Zulia sufre en carne propia lo que en otras partes del país se vive a retazos: racionamiento eléctrico y de agua, escasez de gasolina y desabastecimiento de productos de primera necesidad. Los bachaqueros se mueven como pez en el agua en una ciudad donde además el calor hace de las suyas, con temperaturas cercanas a los 50° C de sensación térmica. Salir por las noches se puede convertir en una tragedia, ya que gran parte de las avenidas y calles presentan deficiencias en el alumbrado público, potenciando la inseguridad, lo que llevó a que en 2015 el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia de México la calificara de la 49ª ciudad más violenta del mundo. De su desarrollo industrial y comercial solo queda el recuerdo. El “¿Qué más te puede pasar que no te haya pasado?”, que le cantó Ricardo Aguirre a la ciudad, sigue vigente 

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Cuando en 1969 Ricardo Aguirre, uno de los más reconocidos símbolos de la zulianidad, escribió la gaita Maracaibo marginada, jamás pensó que casi 50 años después su adorada ciudad se convertiría en el epicentro de todos los problemas que aquejan a Venezuela: racionamientos de electricidad y agua; fallas en la distribución de gasolina, lo que origina larguísimas colas en las estaciones de servicio; desabastecimiento de alimentos y productos de primera necesidad, con alta presencia de bachaqueros en supermercados y farmacias, y precios exorbitantes muy por encima de las regulaciones, todo bajo la mirada indiferente del gobierno nacional, que distribuye el presupuesto discrecionalmente y reparte las cuotas de sacrificio a las regiones de forma desigual. 

“Maracaibo, tierra mía idolatrada y olvidada por ser leal, Maracaibo marginada y sin un real, ¿qué más te puede pasar que ya no te haya pasado?”, cantaba el gaitero, como si adivinara, cual pitoniso, el colapso inminente de la capital zuliana, ya golpeada por lo extremo de sus temperaturas, que pueden llegar a 50° C de sensación térmica en junio, julio, agosto y septiembre.

La ciudad, que tiene 1.459.448 habitantes, representa 39,4% del total del estado Zulia, según el Censo 2011. 2 de cada 5 habitantes de la entidad habitan en la capital. Su superficie es de 419 km cuadrados.

El Sambil Maracaibo, inaugurado el 28 de octubre de 2004, otrora símbolo del empuje comercial y del entretenimiento, abarrotado de gente a toda hora, hoy está a oscuras y sin aire acondicionado. Sus pasillos se encuentran a medio iluminar y casi vacíos. Las tiendas funcionan de 10:00 am a 6:00 pm, aunque ya a las 5:30 pm desalojan apresuradamente para apagar a la hora prevista. Lo que allí sucede es en menor medida lo que acontece en toda la ciudad al caer la noche: Maracaibo se convierte en una oscurana, ya que el alumbrado público brilla por su ausencia, en algunos casos debido a las medidas de racionamiento eléctrico y en otros porque los bombillos se quemaron y no han sido sustituidos.

El trayecto entre el sector La Limpia y la Universidad Rafael Belloso Chacín, gran parte de las avenidas Libertador, El Milagro, Bella Vista, Universidad, Padilla, la autopista, y las prolongaciones de la avenidas Goajira y Fuerzas Armadas, son una boca de lobo. Ya la noche del 26 de abril los amigos de lo ajeno aprovecharon esta situación y en medio de la confusión por los reclamos por los cortes de luz saquearon 73 comercios, lo cual profundizó aún más la crisis que sufre la capital del mayor estado petrolero del país.

Si al rosario de problemas se le suma la inseguridad, entonces el coctel es potencialmente incendiario: según cifras extraoficiales, en lo que va de año asesinaron a 211 personas en la capital zuliana. En 2015 ocurrieron 477 homicidios, lo que ubicó a Maracaibo en el 49° lugar de la lista de las 50 ciudades más violentas del mundo, elaborado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia de México. 


El Bicentenario

Los alrededores de los Abastos Bicentenario de Costa Verde a las 10:00 am parecen un hormiguero. La cola que empieza en la puerta trasera del centro comercial recorre la avenida 3G y se pierde de vista en la esquina con la calle 65, unos 200 metros más allá.  Centenares de personas llegan a diario en busca de productos de primera necesidad. Las colas son una amalgama de razas, en las que se entremezclan quienes tienen necesidad real de comprar y quienes han hecho del contrabando y el bachaqueo su forma de vivir.

Los que están en cola se organizan ellos mismos, señala un funcionario de franela roja con la identificación colgada al cuello, al que se le acerca un grupo de señoras curiosas, ávidas de información que les baje la incertidumbre. “Uno lo que hace es agarrarles la cédula y hacerlos pasar”. Discapacitados, embarazadas y personas de la tercera edad sufren la misma calamidad que todos los demás. Los van pasando de 30 en 30, muy poco a poco, casi en cámara lenta.

“Lo que está llegando es puro jabón en polvo”, avisa el trabajador, al tiempo que indica que en el Bicentenario que está en la avenida 5 de Julio el abastecimiento es mucho mejor: “Allá sí hay aceite, desodorante y pañales”.

Mariana Guzmán, de 33 años de edad, vecina de Altos de Jalisco, barriada en el norte de la ciudad, le dice: “Yo prefiero comprar aquí, aunque no haya muchas cosas. En 5 de Julio a uno lo tratan mal”. Y agrega: “Una rotación de cédulas sería buena, porque si uno compra un día y no sacan productos está fregado”.

“Eso no lo puede hacer uno, señora, eso tiene que ser orden de Caracas”, responde el empleado.


La gasolina

“La situación cada día está peor; esto no se aguanta, patrón. Hay que salir de esta gente”, señala Benito Bastidas, de 44 años de edad, que es bombero en la estación de servicio BP de la avenida Bella Vista. Las colas para abastecerse gasolina aumentaron significativamente con la llegada de mayo. Hasta más de una hora puede tardarse el ciudadano común para llenar el tanque de su carro.

Aunque no hay una explicación razonable sobre la situación, Bastidas ensaya una respuesta: “Hay demasiadas bombas a las que no les llega gasolina. También se les va la luz y no tienen planta eléctrica, por lo que a veces hay que esperar hasta cuatro y cinco horas para que les restablezcan el servicio”.

Los carros llegan sin descanso, uno tras otro. Como hay cuatro islas las colas avanzan rápido, pero son continuas. En El Milagro, donde vive, la estación de servicio de Cotorrera es una de las más afectadas por el desabastecimiento de combustible. “A veces pasan hasta cuatro o cinco días sin que le llegue gasolina, no sé por qué”.


El racionamiento

En un supermercado de la avenida Doctor Portillo hicieron una muralla de carritos para cerrar el paso. El antiguo estacionamiento, otrora full de vehículos, está ahora cerrado. Una sola puerta permite el paso a las decenas de personas que se agolpan desde las 5:00 am con la esperanza de comprar alguno de los productos de primera necesidad. En Maracaibo están prohibidas las colas nocturnas por orden del gobernador, Francisco Arias Cárdenas, luego de que el 12 de enero de 2015 saquearon una farmacia a las 3:00 am.

“Aquí son demasiado groseros”, afirma María Rangel, de 51 años de edad, que es discapacitada. Le operaron la columna hace pocos meses. “Yo les enseño el informe de mi operación y me dicen que me vaya a hacer la cola”. Vive en Valle Frío con sus tres hijos y no le queda otra que salir a comprar porque a su esposo, que realizaba esas labores y mantenía el hogar, le dio un infarto. “Lo tuve que mandar a Mérida con su mamá y sus hermanas porque yo no lo podía atender. Allá también está pasando un calvario para conseguir las medicinas”.

La cola no avanza porque no hay luz. En el establecimiento no cuentan con planta eléctrica y tienen que esperar que se cumpla el plan de racionamiento, que estipula cortes de cuatro horas diarias. Nilson Pérez, de 40 años de edad, aprovecha en las inmediaciones. Es vendedor de empanadas,  pastelitos y refrescos. Vive en Ciudad Lossada,  parcelamiento popular que está más al norte. Llega a las 6:00 am y hace más llevadera la mañana para quienes intentan afrontar la situación en medio del calor y la desesperanza.

“La luz nos la cortan regularmente, pero ¿en qué parte no se va? Tenemos que aguantarnos”, refiere al preguntársele sobre lo que viven los habitantes de su barrio, en el que un consejo comunal se encarga de cobrar los servicios, muy por debajo de lo que se paga en otros sectores residenciales. “El agua llega dos o tres días y se nos va por otros seis”, indica acerca del otro racionamiento que sufren los marabinos debido a que los embalses de Tulé y Manuelote siguen en niveles críticos, a pesar de las lluvias. Esta contingencia se repite año tras año. “Somos siete personas en la casa. Yo tengo tres pipas de 500 litros y 8 pipas pequeñas, además de tobitos y baldes”.

En la casa de Tito Hernández, de 77 años de edad, vecino del colegio de Los Maristas, en la avenida Santa Rita, el racionamiento de agua es similar, aunque dispone de 2 tanques de 6.000 litros para paliar la contingencia. Dice que la electricidad se le va los lunes, miércoles y viernes cada semana por 3 horas. La situación de escasez de alimentos lo obliga a colaborar con la familia a una edad en la que debería descansar. “Me vine con la nieta y su marido, y el nieto a comprar. Ellos ya entraron al supermercado. Anoche estuvimos a punto de entrar, pero no llegamos. Estamos aquí desde las 5:00 am y nos pusimos a hacer la cola”.

Las Pulgas

El mercado Las Pulgas fue construido en 1972 en el sector Las Playitas por mandato del presidente Rafael Caldera. Formó parte del proyecto de modernización urbana que demolió el tradicional barrio El Saladillo, en el centro de la ciudad, y construyó el Paseo Ciencias. Sustituyó el Mercado Principal de Maracaibo y permitió reubicar a los buhoneros que hacían vida en la plaza Baralt.

Hoy en día su estructura, poco ortodoxa como resultado de continuas remodelaciones, aloja a miles de comerciantes, pequeños y medianos, que interactúan en los estrechos pasillos, un laberinto para los visitantes nuevos. “Lo que no se consigue en Las Pulgas es porque no existe”, repite la conseja popular, lo que para el marabino es motivo de orgullo. Frutas, verduras, electrodomésticos, artículos de ferretería, cosméticos, productos de primera necesidad, ropa y licores, uno tras otro hacen su aparición en los intrincados vericuetos del mercadito popular, donde se atiende a diario a 150.000 personas.

Insecticidas a 1.500 bolívares, desodorantes en 1.200, champús entre 2.000 y 3.000, paquetes de 12 pañales a 4.000 bolívares, fórmulas lácteas para bebés entre 9.000 y 12.000 y jabón en polvo a 1.000 bolívares forman parte de la oferta descarada que se muestra en el mercado, tan solo a 200 metros del módulo policial, bajo la mirada complaciente y permisiva de los guardianes de la ley. Hasta los controles de Directv, tan escasos en estos tiempos, allí abundan, cada uno a 4.000 bolívares, incluso con garantía.

A unos pocos kilómetros de allí, los comerciantes del mercado de Santa Rosalía, en el centro de Maracaibo, otrora dedicados a la venta de quesos, huevos, frutas y hortalizas, también especulan con productos de primera necesidad. La salsa de tomate se consigue a 1.500 bolívares, el rollo de papel higiénico lo venden en 500 y el paquete de arroz, cuando se consigue, sobre los 1.100 bolívares. El cuarto de kilo de café ronda los 1.000 bolívares.

La barbería

Pepe Fígaro es italiano de nacimiento. Llegó a Venezuela hace más de 40 años e hizo de Maracaibo su hogar. Su barbería en Zapara II, en el norte de la ciudad, es lugar donde confluye una clientela variada, constituida principalmente por gente de la tercera edad, que desfilan uno tras otro por un corte de pelo que cuesta 600 bolívares. El local recuerda las peluquerías de la década de 1960, con sus grandes sillas antiguas, un teléfono de la época y grandes estanterías.

En la barbería no hay espacio para el silencio. Pepe Fígaro habla con cada cliente. El Giro de Italia, la carrera ciclística, tiene un espacio preponderante, pero nunca mayor del que se da a la situación de emergencia que vive Maracaibo. El teléfono suena una y otra vez. “No, a esa hora no puedo, quitan la luz. Véngase a las 4:00 pm, que la electricidad se va a las 12:00 m y llega a las 4:00 pm”, se le escucha decir. “Si es mañana, véngase a las 6:30 am, yo ya estoy a esa hora porque a las 8:00 am me quitan la luz”.

No se explica por qué Venezuela llegó a estos extremos en materia eléctrica. “Este país no tiene razón de estar como está. No entiendo por qué a Caracas no se le va la luz. Ellos no son mejores que nosotros. Si nos cortan la electricidad a nosotros, por lo menos le tendrían que quitar dos horas a los caraqueños”. Tampoco comprende por qué razón no hay clases los viernes. “Usted cree que los muchachitos en la casa no van a prender los aires acondicionados y la televisión. ¿Entonces? Hay muchas madres de familia que llevan a sus hijos al colegio y a la guardería, ¿cómo van a hacer para trabajar?”.

Solo tres puntos de control

El 27 de abril el comandante general de la GNB, Néstor Luis Reverol, anunció que 3.500 efectivos serían desplegados en Zulia, la mayoría en Maracaibo, para evitar disturbios y mantener la seguridad, luego de los saqueos del 26 de abril en la noche. Ese día detuvieron a 121 personas. En esa oportunidad precisó que los militares harían patrullaje constante.

Un recorrido por la ciudad permitió determinar que tres semanas después del despliegue las fuerzas de seguridad solo se concentran en puntos de control tradicionales, como la alcabala móvil de la avenida Padilla, cerca del centro comercial Ciudad Chinita, donde habitualmente hay dos efectivos; el que está frente al terminal de pasajeros, con otro par de uniformados, y otro en las cercanías del centro comercial Lago Mall, en la avenida El Milagro.