• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Todos somos víctimas

El oficialismo, por su parte, tuvo que explicar mucho por qué fue que ganó

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La semana pasada mi suegra, ¡por fin!, logró cazar, es decir, casar a la última de sus hijas que se estaba quedando fría. Mi cuñada en cuestión tiene 68 años de edad y se casó con un señor italiano, ya mayor él, dueño de una zapatería.

En la reunión para festejar el enlace, nos encontrábamos todos los demás esposos quienes, durante años, hemos tenido que calarnos a nuestra simpática suegra y a sus hijas.

Allí estábamos todos, resignados, tomando un espumante de manzana nacional en un vasito plástico y comiendo chicharroncito de paquete. Fingíamos alegría por habernos casado y en el fondo compadecíamos a aquel pobre italiano que entraba a la familia.

Mi suegra tomó la palabra y dio su discurso triunfal: “Henos aquí, todos felices, reunidos para celebrar este enlace que Dios ha bendecido. Bienvenido a la familia señor Mario Laprea, a esta humilde pero hermosa y culta familia, en donde usted, a partir de hoy, echará fuertes raíces y sembrará la semilla que más pronto que tarde dará sus frutos; frutos convertidos en bellos nietos que correrán por mi hogar”.

“Señor Mario, aquí lo querremos hasta que la muerte los separe, cuente usted, señor Laprea, que cuando eso ocurra, aquí estaré yo, al pie del ataúd, llorando tan sensible pérdida. Igual, y si Dios quiere, lloraré uno a uno a mis queridos yernos; pero no tengo apuro. No, Dios sabrá cuando se los llevará, mientras, solo le pido al señor salud para esperar momentos tan luctuosos”.

“Gracias al nuevo miembro de nuestra familia, gracias al honorable Don Mario Laprea. Sí, es verdad, he perdido una hija pero he ganado, he ganado un hijo; un hijo de mi edad, pero un hijo al fin. Don Mario, solo espero que ojalá usted esté a la altura para satisfacer a mi inocente niña a la que hoy le hago entrega.”

“Don Mario, en esta familia lo queremos a usted, no por su fortuna ni por sus zapaterías. No. Lo queremos por su generosidad y desprendimiento. Espero que la hija que hoy le entrego tenga mejor suerte que las otras cuatro que, confiada, le entregué a estos muérganos aquí presentes a quienes no nombraré porque a ninguno le hablo para no ensuciar con sus nombres este impoluto acto. He dicho.”

Todos los yernos, de mala gana, aplaudimos el discurso de mi suegra y nos miramos las caras como diciendo: “Pobre este viejito Mario, no sabe lo que le espera después de esta euforia. Lástima que no enamoró a la suegra para que se la llevara para siempre, así habríamos ganado todos.”

¡Ganamos!

Las elecciones municipales tienen algo bueno y es que se parecen más a la idea de democracia: el que pierde, no lo pierde todo y el que gana, no lo gana todo. El gobierno anda muy molesto porque la oposición está contenta con los resultados. Creo que todos fuimos a las elecciones esperando unos resultados mucho peores. Quien esto escribe, por ejemplo, estaba instalado en modo depresión y al ver los resultados resurgió la alegría.

Al gobierno no le agrada que quien discrepa de él ande por ahí contento. Cuidado si no sacan una “Ley de tristeza obligada para fascistas, golpistas, burgueses, pelucones y suspiritos”. Pero la realidad es que, como dice Chúo Torrealba, hasta la provincia más radical del país –Twitterzuela– celebró.

El oficialismo, por su parte, tuvo que explicar mucho por qué fue que ganó, aunque objetivamente haya ganado más alcaldías. Pero ese encadenamiento sucesivo de la noche electoral para que nadie más hablara fue muy elocuente. Ya lo dice el dicho popular: “No aclares que oscureces”. El hecho de que cada candidato derrotado reciba un premio de consolación como una suerte de “alcalde-a-juro”, también dice mucho de la poca costumbre que tiene el oficialismo de perder. En el caso de la oposición, bien podríamos citar aquella canción de Serrat: “Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de ahí en adelante solo cabe ir mejorando”. La oposición solo puede mejorar, por eso está feliz.

Fueron unas elecciones raras: el que ganó siente que perdió y el que perdió siente que ganó. Así somos los venezolanos, contradictorios. Vivimos de sensaciones, porque somos un país sensacional.