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“La Iglesia es más que el Papa”

El papa Benedicto XVI se despedirá el 27 de febrero desde plaza San Pedro / AFP

El papa Benedicto XVI se despedirá el 27 de febrero desde plaza San Pedro / AFP

Rafael Luciani, doctor en Teología Dogmática que se encuentra en Roma, considera que la renuncia de Benedicto XVI es un gesto transformador que contribuirá a que el ministerio de Pedro sea visto como un servicio y no como un poder adjunto a una persona

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El venezolano Rafael Luciani, investigador y profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está en Roma como invitado en la Pontificia Università Gregoriana. Llegando, fue recibido con la noticia de la renuncia de Benedicto XVI. Le asombró el interés de las personas y de los medios de comunicación por “la ilusión que produjo esta decisión”. Le asombró, también, la poca voluntad de evaluar el sentido profundo de la renuncia, del cambio fundacional que esto representa para la teología cristiana. Luciani considera que la decisión sólo será valorada con la serenidad de los años.

—¿La renuncia del Papa terminará siendo una peculiar manera de humanizar a la más alta jerarquía de la Iglesia Católica? Es decir, Benedicto XVI recibió un deber de por vida, pero reconoció que no podía. Benedicto XVI es de carne y hueso. Como todos. 

—Más allá de saber cuántos han renunciado o de pasar al debate trivial de quién será el sucesor de Pedro, debemos entender lo que esto significa para la comprensión del ejercicio del ministerio petrino en la historia de la Iglesia. El papado es, ante todo, un servicio para la Iglesia universal y, especialmente, como voz de los más pobres y sufridos de este mundo. En este sentido, va más allá de una persona que en un determinado momento haya sido elegida para llevarlo adelante. Por siglos, la conciencia cristiana ha creído que el papado va adjunto a la persona que lo ejerce de forma inseparable y que, por tanto, ésta debe continuar hasta que muera, independientemente de sus condiciones físicas o mentales. No lo han entendido como una función de servicio, que puede ceder en un momento determinado para dar paso a otra persona que sea elegida para tal fin y así cumplir con la única misión que le da sentido, que es el seguimiento de Jesús en el mundo de hoy. Más allá del estado de salud de Benedicto XVI, el gran mérito por el cual lo recordarán en la historia será el gesto de haber devuelto al primado de Pedro su carácter funcional, es decir, habernos recordado que es, ante todo, un servicio que no depende de una persona hasta que muera. La Iglesia es más que el Papa. Eso lo ha entendido bien Benedicto XVI y ha tenido la humildad necesaria para reconocer cuándo ha debido ceder en su función para que la Iglesia, como pueblo de Dios, pueda escoger a otro papa que la oriente en los próximos años.

—¿Esta renuncia abrirá las puertas para discusiones de fondo sobre el papel de la Iglesia y sus miembros? 

—Sí. Como decía anteriormente, este es un gesto que tiene grandes consecuencias eclesiológicas, porque recupera el sentido funcional y de servicio del papado. Entiende que el poder es para servir y no para retenerlo a toda costa. Tal vez este gesto no sea apreciado con todo su peso en este momento, pero la historia lo reconocerá como un gesto profético.

—¿Es posible que el nuevo papa tenga un perfil menos conservador?

—En las últimas décadas la institución eclesiástica ha buscado optar por posiciones más conservadoras. Ese sigue siendo el deseo de muchos de lo que hoy constituyen el Colegio de Cardenales. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer en la historia de la Iglesia momentos como cuando Juan XXIII, quien habiendo sido elegido para un papado de transición, sorprendió a todos al convocar el concilio que cambiaría el rostro y el modo como la Iglesia estaría presente en el mundo: el Concilio Vaticano II. Por eso, aunque la tendencia sea de buscar a alguien que sea conservador, o no tan liberal, no podemos dejar de creer en que el espíritu de Jesús siempre actúa en medio de la comunidad cristiana que lo busca con sinceridad y quiere responder a los retos del mundo hoy, como son la falta de voluntad política ante el crecimiento, cada vez mayor, de la pobreza y la violencia; la gran tentación de vivir en los propios espacios privados y eclesiales sin mirar y luchar en favor de tantas víctimas de nuestra sociedad. Es por ello que lo social, y la opción en favor del pobre, debe ser un gran eje del discurso y la praxis del próximo papa, porque desde ellos nos humanizamos y estamos llamados a reconstruir, como cristianos, los espacios de nuestra sociedad a la luz del Dios del Reino, el Dios de Jesús.

—¿La historia absolverá a Benedicto XVI? Es probable que en este momento haya sido juzgado de manera injusta porque le explotaron en las manos problemas muy serios de la Iglesia. 

—No podemos olvidar los hechos que sucedieron bajo el pontificado de Juan Pablo II y que el papa Benedicto XVI ha tenido que asumir. El gesto de su renuncia puede expresar ese cansancio físico de quien siente el peso de los problemas de la Iglesia hoy y los retos que debe afrontar. Pero no lo podemos ver como un hecho que sustituya u olvide todo lo que ha venido sucediendo, sino que abra paso a la posibilidad de una reconciliación real de la comunidad cristiana herida o alejada por tantas ofensas de algunos de sus pastores y líderes religiosos. Es una oportunidad para reconstruir una comunión que sane a los corazones rotos en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Más que una renuncia o una retirada del cargo, Benedicto está ofreciendo una nueva puerta que abre la posibilidad de renovar la esperanza y responder ante los retos del presente con energía, sinceridad y compasión. Dependerá, claro está, de quien sea el próximo papa.

—En esta era del mercadeo y la imagen, ¿también el Papa debe ser un líder con carisma? 

—El Papa debe ser un servidor. Uno que entregue su vida al mundo para dar testimonio de que es posible vivir como Jesús, hablando en nombre de los más pobres y de las víctimas, y representándolos como su vocero en un mundo en el que la persona es consumida por la lógica del mercado y las nuevas formas de totalitarismos. Por ello, hoy más que nunca, debe combinar la solidez de una visión humanizadora del presente que se comprometa con la construcción del futuro de la Iglesia a partir del trabajo continuo y cercano con las iglesias locales. Para ello, es necesario el carisma que llegue al corazón de los pueblos, que entienda su diversidad y los escuche con humildad y reconocimiento. Que sepa ver los grandes problemas y sufrimientos del mundo presente para hacerlos suyos y, así, hablar con claridad y autoridad ante los poderosos de este mundo. El carisma no puede ser visto como la capacidad de provocar entusiasmo entre los cristianos o admiración en los no cristianos, sino desde la autoridad de quien hace suyos los problemas de los alejados, los pobres, las víctimas y los olvidados de nuestro mundo, y los represente con su voz y con sus gestos.