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Francisco, un constructor de puentes

Papa Francisco / Foto: Archivo

Papa Francisco / Foto: Archivo

El Papa realizó en 2015 su primera visita a la región. Visitó Cuba y Estados Unidos en pleno deshielo en sus relaciones y consolidó su liderazgo moral 

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Viajó a once países de cuatro continentes. Escribió una encíclica sobre el ambiente, Laudato Sí, la primera de un papa sobre este tema que preocupa a todos, creyentes y no creyentes. Inauguró el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, tema central de su pontificado, no en el Vaticano, sino en Bangui. La capital de República Centroafricana, ex colonia francesa víctima de una guerra civil desde hace años, periferia de las periferias del mundo y todo un símbolo del rumbo renovador de su pontificado.

El papa Francisco cerró así un año intenso, en el que consolidó su liderazgo moral mundial. Su rol de papa “diplomático” quedó afianzado con el histórico deshielo entre Estados Unidos y Cuba. Su viaje de septiembre a la isla comunista del Caribe y el histórico vuelo que, por primera vez en más de cinco décadas, hizo desde allí, uniendo la ciudad de Santiago de Cuba con la base aérea Andrews de Washington –donde excepcionalmente lo esperaba Barack Obama– demostraron que, si hay determinación y voluntad, puede funcionar esa cultura del diálogo que pregona desde el día de su elección, el 13 de marzo de 2013.

“Una de las frases favoritas del papa es que hay que derribar muros y construir puentes. Creo que el viaje a Cuba y Estados Unidos fue una concretización de esta idea fantástica, porque ha sido un puente entre dos realidades que no se hablaban. El papa es un gran defensor de la cultura del diálogo y lo está demostrando con hechos”, dice el padre Mariano Fazio, argentino como Jorge Bergoglio y desde hace un año vicario general de la prelatura del Opus Dei.

El deshielo entre Cuba y Estados Unidos –impensable hace dos años, pero posible gracias al impulso de un pontífice latinoamericano, más allá de los esfuerzos que venían haciendo el Vaticano y Canadá– marca claramente ese pasaje de Francisco, el papa de los pobres, el papa cercano a la gente, a un papel político-diplomático de inmensa trascendencia en un mundo azotado por lo que el ex arzobispo de Buenos Aires considera una “tercera guerra mundial en pedazos”.

“Es increíble que Francisco, el papa-pastor que más rechazaría la imagen del papa político-diplomático, finalmente sea el papa que logra dar estos pasos fundamentales en la escena internacional”, afirma el uruguayo Guzmán Carriquiry Lecour, el laico con el cargo más alto en el Vaticano, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.

“Eso ya estuvo presente en la intuición profética de san Juan Pablo II cuando, caído el muro en la dialéctica Este-Oeste y caído el socialismo real, pensó inmediatamente que entonces tenían que caerse los muros en la dialéctica Norte-Sur. Y qué mejor que el continente americano de gran presencia católica para que esos muros fueran cayendo. Esto del papa entre Cuba y Estados Unidos de alguna manera prosigue esa intuición profética, dándole la posibilidad a Estados Unidos de hacer una revisión profunda de sus responsabilidades graves con América Latina en los últimos 20 años de su política incierta y de descuido del continente, para relanzar la relación, mientras que al mismo tiempo esta reapertura del diálogo trae consigo graduales pero profundas transformaciones en todas las dimensiones de la vida de la nación cubana”, añade.




Ese papel de papa-diplomático fue más allá de Cuba. Consciente de su rol de “pontifex”, de puente, desde la emblemática Plaza de la Revolución, donde la inmensa silueta de otro argentino –el Che Guevara– dominaba el ambiente, Francisco también se interesó por el fin de otro conflicto que lleva más de 50 años y que provocó miles de muertes: el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno colombiano.

“Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación", dijo Francisco, en alusión a las negociaciones que se desarrollaron en Cuba entre el gobierno colombiano y las FARC, que deberían desembocar en la firma de un acuerdo de paz en marzo próximo.  

Antes de pisar Cuba y Estados Unidos –un viaje que unió a dos países hasta hace poco enemigos, con sistemas opuestos– no casualmente el papa visitó Ecuador, Bolivia y Paraguay, en la primera gira a su continente (el viaje para la Jornada Mundial de la Juventud), en julio pasado.

“Nos está enseñando a ver que los primeros son los más débiles, los más humildes. Y viajó a tres países que son, ante los ojos humanos, periféricos, pero con una gran riqueza, que es su fe”, señala Fazio.

Y hablando de las periferias, el papa tampoco casualmente cerró su año de viajes internacionales con una gira por Kenia, Uganda y República Centroafricana, la visita más arriesgada de su pontificado. Allí, en otra ruptura con la tradición de la Iglesia Católica, se convirtió en el primer papa que no abre en el Vaticano un año santo. Inauguró anticipadamente el Jubileo de la Misericordia abriendo la Puerta Santa de la catedral de Bangui, capital de un país desangrado por una cruenta guerra civil desde hace cuatro años.

“Por primera vez en la historia un gesto típico del centro de la Iglesia, como abrir la Puerta Santa de un Jubileo, fue realizado en una periferia de periferias. Eso es totalmente novedoso, no solo para leerlo en clave de descentralización de la organización de la Iglesia, sino también para leer la visión de la realidad desde las periferias del papa”, destaca el padre Carlos Galli, miembro de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano.

Jorge Bergoglio, que en Filipinas celebró en enero una misa en medio de un tifón en la isla de Tacloban, castigado un año antes por el huracán Haiyan, enfundado en un poncho de plástico amarillo igual que el que vestía la multitud, volvió a impactar por su estilo humilde, sencillo, simple, cercano a la gente. En Estados Unidos usó para desplazarse un simple Fiat 500. Y como siempre detuvo su papamóvil para darle una caricia a un discapacitado, a un niño, a una anciana. Así y más allá de las resistencias de un núcleo duro conservador que lo acusa de populista y le teme a esa Iglesia que no condena sino que acompaña, volvió a insistir en la urgencia de salir a curar a los heridos de hoy, sin excluir a nadie.

Para Galli en este sentido es clave un discurso que hizo Francisco para la conmemoración del cincuentenario de la institución del sínodo de obispos, justo en medio de la asamblea que hubo en el Vaticano en octubre pasado donde por primera vez se discutieron con franqueza y libertad temas antes tabú que hacen a la familia de hoy.

“Entonces dijo que la Iglesia debe ser una pirámide invertida: el pueblo arriba, los ministros, obispos y todos los demás en el medio, y el papa abajo de todo, porque es siervo de los siervos de Dios”, destacó.

“Esa frase que puede sonar simpática tiene un sentido eclesiológico profundamente renovador. ¿Por qué? Porque el que conoce la historia de la eclesiología sabe que antes del Concilio Vaticano II la imagen de la Iglesia era piramidal, pero al revés: el pueblo de Dios abajo, los ministros y el papa en la punta. Esa figura simbólica muestra claramente este giro copernicano de la pirámide invertida, donde todos nos servimos mutuamente”, agrega este teólogo argentino.

En ese mismo discurso clave, que pronunció en medio de un sínodo marcado por divisiones, Francisco reafirmó su autoridad. Recordó que es el “supremo garante de la obediencia de la Iglesia a la voluntad de Dios”, llamó a reforzar el camino sinodal a través de la escucha del pueblo, a una “saludable descentralización” de la Iglesia y hasta a “la conversión del papado” mismo.

Fueron palabras fuertes, en un año en el que las resistencias a la reforma estructural de la curia romana que está llevando a cabo quedaron más evidentes que nunca en dos libros best seller (Vía Crucis y Avaricia) recientemente publicados, basados en documentación filtrada desde el mismo Vaticano. Pero eso al papa no le quitó el sueño, como él mismo aseguró.

En un 2015 marcado por los atentados de París y un estado de alerta mundial por temor a nuevos atentados fundamentalistas, Francisco se convirtió en el primer pontífice que hizo subir a un imán a su papamóvil, durante su arriesgada visita a un encalve musulmán de Bangui, la capital de República Centroafricana. Allí fue aclamado por la gente no como jefe máximo de la Iglesia Católica, sino como líder moral mundial creíble cuya presencia concreta, más allá de cualquier discurso, significó un mensaje de paz. Un mensaje de esperanza de que las cosas sí pueden cambiar si hay voluntad, determinación, fe, más allá de esa “tercera guerra mundial en pedazos” en curso en este mundo.