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Feudalismo comunicacional

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Un señor podía vender o traspasar la propiedad junto con los vasallos. No fue inhabitual durante el feudalismo. Se trasladaba el contrato de señorío a un nuevo detentador, quien disponía de la “protección” de los siervos como continuidad de la obligación de un derrotado señor cuyas lanzas y emblemas dejaban de existir por diferentes razones que no vienen al caso. Se encargaba de la casa un flamante dominio que ni siquiera daba razón ante el monarca de lo que haría con sus hombres, o con sus animales, debido a que la Corona no era tan poderosa como para pedirles cuentas a los caballeros armados hasta los dientes con quienes establecía pactos de sobrevivencia mientras esperaba mejores vientos, o mientras fraguaba pactos con otros factores de poder que la hicieran respetable. Seguramente nadie se ocupe hoy de este tipo de relaciones de trabajo y dependencia porque fueron propias del Medioevo, condenadas a desaparecer poco a poco durante la formación de la era moderna y arrolladas, finalmente, por el huracán de la Revolución Francesa. Se trata de situaciones impensables en la actualidad, cuando los señoríos se convierten en influencias e instancias reglamentadas por el Estado y cuando quienes los habitan adquieren, aparte de un emolumento por los servicios que prestan en la propiedad, derechos individuales y colectivos que los diferencian de los bienes y los semovientes que antes dependían de un control alejado de cualquier norma de policía.

Ya no se puede hablar de señores feudales para explicar situaciones de actualidad, especialmente cuando la sociedad ha sido convocada a una trasformación revolucionaria que no sólo acabará con los vicios del pasado reciente, sino también con las injusticias de una historia que viene de la antigüedad colonial. Sin embargo, es una imagen útil para procurar el entendimiento de sucesos como el que se viene dando alrededor de los medios de comunicación social que pasan de manos sin que se consideren los derechos, o los legítimos intereses, de quienes se han ubicado en su seno como profesionales o trabajadores asalariados. Las operaciones de compra-venta de medios que estamos presenciando en la actualidad no sólo incluyen los objetos materiales que forman parte de cualquier transacción habitual en un sistema capitalista –edificios, equipos, mobiliario, por ejemplo– sino también a los seres humanos que se han establecido en esos edificios, han utilizado sus muebles y han manejado sus equipos como parte de una rutina en la que mediaba su calidad de expertos en el área dentro de la cual ejercían competencias determinadas. Los inmuebles y los artefactos no les pertenecen a cabalidad, son un patrimonio esencialmente ajeno, pero es evidente el previo establecimiento que existe de un dominio provocado por el ejercicio de una actividad que no se puede modificar sin aviso ni protesto, partiendo de una voluntad parecida a las de las baronías medievales.

La situación puede remontarnos al más escandaloso anacronismo, si se considera la posibilidad de que los sorpresivos señores no sólo se antojen de cambiar de oficina a los asalariados, o de ponerlos a manejar equipos distintos, o de diseñarles un hermoso uniforme corporativo como parte del estreno de victoriosos emblemas, por ejemplo; sino también de pedirles que escriban y piensen distinto de como escribían y pensaban antes de que llegara el nuevo e inesperado señorío. No estaríamos entonces ante una simple mudanza de despacho y atuendo, ante un comprensible maquillaje, sino frente a la solicitud de una metamorfosis de ideas y conductas sobre cuya existencia se ha perdido la memoria por tratarse de solicitaciones que, sin exageración, bien pueden llamarse prehistóricas. Entonces una analogía esencialmente absurda se volvería sensata. Entonces se pudiera pensar en el retorno de indeseables fantasmas que parecían enterrados en rincones prescindibles de un pasado que sólo puede adquirir consistencia en el seno de una pesadilla. Pero, tratándose del fruto de una pesadilla, se puede dar ahora el predicamento insólito de que, como jamás antes, los intereses del feudalismo coincidan con las necesidades de una tambaleante Corona. La historia no se repite, pero “todo es posible en revolución”.