• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Leonardo Padrón

Extremos

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La violencia es el beso de encuentro entre los extremos de un país.
                
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“La oposición es un nido de fascistas”, grita el gobierno y repite el vendedor de naranjas sin tener muy claro qué significa la palabra. “El régimen es quien reproduce los mecanismos del fascismo”, aclara la oposición. “¡Asesinos!”, acusa uno. “¡Dictador!”, refuta el otro. “¡Pelucones miserables!” gruñe el presidente. “¡Maburro ignorante!”, se excede alguien. La revolución condena a las camisas rojas que cuestionan la línea oficial: “¡Traidores!”. En la oposición unos quieren elecciones, diálogo y protesta. “¡Traidores!”, los llaman los que prefieren guarimbas, estallido social y golpe de estado.

El ping pong de los insultos es el verdadero deporte nacional.
 
La  violencia es la invitada de honor. El lenguaje es un pantano infecto donde todos chapoteamos.

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Sí, protestar pacíficamente es un derecho inalienable. Derecho confiscado desde hace tres lustros. Nos han ahogado la voz a punta de bombas lacrimógenas. Por eso vale la pena esforzarse en ser asertivos en la protesta. La resistencia debe pensarse como un ajedrez, no como un ring de boxeo. A veces es más eficaz deslizar un silencioso peón que saltar con el caballo. Evaluar las consecuencias del próximo movimiento. Toda estrategia exige sensatez.
    
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El episodio: una movilización llamada “La marcha del millón de máscaras” tenía previsto desembocar en el borde de la Plaza Altamira, el mismo lugar donde ese día ocurría la clausura del Festival de Lectura de Chacao. Las máscaras no llegaron al centenar pero igual activaron la inmediata respuesta de la GNB. Algo previsible dado el instinto represivo del régimen. La convocatoria, además de poco exitosa, desembocó en la clausura precipitada del festival y en el unánime malestar de editores, escritores, lectores y paseantes. Un clima de autogol inundó el aire. El rechazo apareció también en formato 2.0. Entonces, furiosos tuiteros de la resistencia extrema, apostados bajo seudónimos, intentaron una masacre cibernética contra gente que, en rigor, convive con ellos en el mismo lado de la decepción que es hoy este país.
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Trate usted de no cuestionar nada que haga la oposición radical. Será radicalmente vapuleado. Con la velocidad de un chasquido de 140 caracteres pasará a ser un traidor, un colaboracionista, un patriota cooperante y, en mi caso, un pusilánime escritor que solo acecha por los portentosos dividendos que le dará la venta de sus libros en una plaza. (Por cierto, no conozco un solo autor venezolano que viva exclusivamente de sus derechos de autor). Al parecer de este grupo, solo es válida la protesta de calle, máscara o capucha mediante. Si usted no tiene el rastro de un perdigón en su rostro, si no ha caído preso en la turbamulta que confunde a estudiantes con infiltrados y mercenarios, si se atreve a ir a una obra de teatro en vez de trancar su propia calle, será síntoma evidente de que es un conformista, una escoria camuflada, un oficialista encapillado que no le importa la falta de reactivos químicos ni la violación de los derechos humanos.
No basta todo lo que haya escrito o declarado sobre los venezolanos asesinados, los estudiantes torturados, los presos políticos o la libertad de expresión. No importan las marchas acumuladas en sus zapatos. No cuentan los ataques recibidos en cadena nacional por el propio Nicolás Maduro, su gabinete ministerial, sus hackers y anclas televisivas. No bastan las amenazas de muerte. Su verbo solo servirá escrito en una pancarta, envuelto en una capucha y al ras de una bomba molotov. El resto es basura.  
¿Saben cuántos artículos de sus viernes le ha dedicado Laureano Márquez a la lucha por la democracia? ¿Saben de las multas millonarias que ha debido pagar? ¿Imaginan la faena diaria que durante 25 años ha librado César Miguel Rondón por sumar decencia a este país desde su cabina de radio? ¿Saben de los 18 juicios que le ha montado el gobierno a Ibéyise Pacheco? ¿Sospechan a lo que se ha expuesto el periodista Chuo Torrealba desde sus programas de radio o televisión? (Por cierto, ahora, como es el secretario general de la MUD ha perdido, para los radicales, toda credibilidad y consistencia.) Según parece, solo son dignos de encomio los “guerreros” de la Plaza Altamira. Son poco menos que Los Templarios. Los únicos que realmente han dado la talla en esta larga contienda contra el autoritarismo revolucionario.
El calibre de los insultos que se puede recibir de estos héroes de la resistencia parece un calco del usado por la “Tropa” chavista para embestir a la oposición: atacan en masa, difaman, exhiben la misma procacidad, farfullan los mismos adjetivos.
¿Será que ya el país entero se ha demonizado en un solo discurso de violencia?
Los extremos se tocan la punta de los labios.   
            
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Uno de los mayores orgullos que ostenta el país democrático en estos tiempos turbios es el coraje demostrado por los jóvenes estudiantes. Han dejado el pellejo en la contienda. Sería inaceptable no valorar su arrojo. Pero, lo dicho, son tiempos turbios. Incluso en las entrañas de la lucha estudiantil hay serias confrontaciones. Disputas de fondo sobre la forma. Es un error empaquetar a todos bajo la misma insignia. Como me apuntó un joven y resonante líder: “El movimiento estudiantil es una figura que muchos usan para intereses particulares. Por eso en las actividades que hacemos ponemos los logos de los centros de estudiantes respectivos”. Vale la pena preguntarse si al menos una de las 40, 60, 80 personas que protestaron ese día ostentaba algún logo de la UCV, USB, Unimet o Ucab, por ejemplo. ¿Representaba ese grupo al movimiento estudiantil o quizás a un sector muy puntual con el cual los primeros –por cierto– han tenido no pocos desencuentros?

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 Escribió Sinar Alvarado: “Altamira, en Caracas, es el inofensivo patio de juegos de ciertos “guerreros” antichavistas. Que vayan a Fuerte Tiuna si son tan guapos”. Pero tales personajes arguyen que Altamira es un símbolo. Y así escamotean riesgos más “heroicos”. Aunque pareciera que Caracas está cansada del ritornello sobre el cemento de la pobre plaza.
En todo caso, un festival de libros es una lúcida forma de hacer contrapeso a los que monta el gobierno, donde el 80% del material bibliográfico es ideología dura. Tan claro tiene el régimen el tema que ha producido abundante material impreso para diseminar el credo bolivariano y ciertas telarañas marxistas. Cada palabra de Chávez ha sido editada y regalada en millones de ejemplares para agudizar el adoctrinamiento.
En ese festival, vacuo para cierto sector, se expusieron libros de autores que intentan combatir la mediocridad imperante, asomar un poco de sintaxis, ciudadanía y contexto histórico a este desquiciado jeroglífico que hoy somos.
Cuando un ciudadano desprecia el rol de los libros en la construcción de la sociedad se está colocando al margen de la civilización. Así de simple.

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“Simón Bolívar era socialista”, dijo el inefable en tantas de sus cadenas. “Simón Bolívar no andaba leyendo libritos”, grita la otra punta de la cuerda. Mientras tanto, el prócer bosteza de hastío. Pide que no lo manipulen tanto. Asombra que algunos asuman a Bolívar solo como un hombre de acción. Las debilidades de nuestro sistema educativo son alarmantes.

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Aclaratoria ¿necesaria?: ninguno de los que cuestionamos lo ocurrido el 23N estamos en contra de las protestas. Son imprescindibles. Y no deben cesar. Es un derecho constitucional. El cuestionamiento se hace por ejercerla en el marco de una actividad cultural, con un desenlace más que previsible. Quizás sea más efectivo asomar pancartas y consignas en las humillantes colas a las que se ve sometida la población en las farmacias y supermercados del país.
    
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Pregunta al desgaire: ¿por qué en los días sucesivos no hubo ni la sombra de una protesta alrededor de la plaza Altamira? ¿Se acabaron los motivos?

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“Detrás de eso hay un laboratorio”, apuntan algunos. ¿Es así? ¿Pertenece a un partido político de la oposición o al mismo gobierno para generar más desunión? Quién sabe. Aquí cada vez uno sabe menos.

Solo parece triunfar una certeza: la cultura del chavismo, construida desde el discurso de la violencia y la intolerancia, ha permeado al país. Estamos peor de lo que imaginamos.

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El país de los extremos hace mucho ruido. Sin embargo, el verdadero drama está en el medio, en los millones de ciudadanos que sufren una devastadora crisis económica y un sistema político que busca clausurar sus libertades básicas.

Es urgente apostar por la cordura, sobre todo cuando reinan la cólera y el incordio.

Estamos todos alterados. No nos está gustando nuestro país. Andamos rabiosos. Abrevando en los excesos.  

Los tiempos son tan oscuros que para algunos la comarca de las ideas es un estorbo. Entonces gritan, se ponen estentóreos, quieren cambiar la realidad con soluciones radicales. Qué nos importa equivocarnos si la patria lo permite todo.

Estamos viviendo el letal beso de los extremos.