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Epidemia

Epidemia de Leonardo Padrón / Ilustración Lemus

Epidemia de Leonardo Padrón / Ilustración Lemus

Veo los síntomas de una epidemia. Tú me desprecias, yo te ofendo, todos nos insultamos. Es como si el país entero hubiera comido del mismo plato envenenado

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Ella suele trotar por las calles de La Floresta dos veces a la semana. Lo hace con un grupo de amigas, pero esa mañana se ejercita sola. Escucha una canción de Gustavo Cerati en su iPod mientras incrementa el paso. El circuito abarca 5 kilómetros de cuadras, arboledas y carros estacionados. Asegura bien su celular dentro del koala. Ese día se siente enérgica y creativa. Va enfundada en unas licras que glorifican sus curvas. Se le atraviesa un pensamiento inesperado: el país. Se le ocurre que sería buena idea proponer una campaña de concientización. Algo original. Andamos en crisis de valores, eso piensa. Le gusta la idea. Va a desarrollarla. Se siente bien consigo misma. Está en la mitad de una calle larga. Al fondo, aparece un motorizado. La avista trotando en solitario y una perla de malicia ilumina su mirada. Observa rápido hacia los lados y acelera. Ella piensa en una campaña por las redes sociales, algo que subraye la decencia, el espíritu comunitario. Él se acerca, maniobra el volante hacia su costado derecho. Ella ajusta el audífono en su oreja. Él se aproxima ominosamente. Los separan 5 metros de distancia. Él extiende la mano, abre la palma y aprieta fuertemente la nalga izquierda de ella. La carne se contrae. Sus glúteos chillan de furia. Él sigue de largo. Ella le grita: “Desgraciado! ¡Maldito! ¡Quesúo!”. Él le lanza un beso y acelera. Ella se detiene, sudando rabia. Una frase se le queda estacionada en la boca: “¿Cómo voy a estar pensando en una campaña de valores ciudadanos si el país siempre termina agarrándome el culo?”.

Treinta tiros para robarle una camioneta a Ricardo en una callejuela oscura de Caracas. No sólo te asesino, también te desprecio. Te mato treinta veces. Soy la fiesta de la muerte.

Zayda se sienta a comer pizza en la única mesa libre del restaurante popular. Un grupo de adolescentes invade las sillas vacías. Ella les dice que la mesa está ocupada, ya viene una amiga del trabajo. Ellos la ven fijamente. La llaman vieja, fea, gafa, pajúa, te vamos a matar. La pizza se convirtió en gastritis y miedo.

Cabeto baja por la Cota Mil para llegar a San Bernardino. Hay tráfico duro. 5:00 pm. Habla por el celular pero tres detonaciones lo interrumpen. A metros de él, un hombre le descarga su arma a un motorizado. Cae al suelo, el asesino insiste, cuatro balazos más, el cuerpo del motorizado brinca varias veces, como en las películas. Te llamo después, están matando a un tipo.

Todos lo saben: la impunidad es la gasolina de la violencia extrema. La crónica roja habla de crímenes nunca vistos, marcados por la saña, el encono, el resentimiento. La Ley Desarme se pudre en una gaveta de la Asamblea Nacional.

Me topo con un poema de Szymborska titulado “El odio”. Leo las tres primeras líneas: “Mira qué eficiente es todavía /cómo se mantiene en forma /el odio en nuestro siglo. /Qué fácilmente salta los más altos obstáculos. /Qué rápido se abalanza sobre nosotros”. Se me cruza el país en la mirada, lo aparto de un manotazo. No es fácil. Por todas partes siento un olor acre. Veo los síntomas de una epidemia. Tú me desprecias, yo te ofendo, todos nos insultamos. Es como si el país entero hubiera comido del mismo plato envenenado. Como si la toxina de la furia navegara irremediable por nuestra sangre. Toda sociedad tiene corrientes subterráneas de insatisfacción. Pero aquí ya nada subyace. Perdimos la compostura. Se soltaron los caballos. La rabia sale a trabajar todos los días. Es la única farmacia bien provista.

Escribe Szymborska sobre el odio: “Talentoso, diligente, trabajador. /¿Es necesario mencionar cuántas canciones ha compuesto, /cuántas páginas ha añadido a los libros de historia, /cuántas alfombras humanas ha desplegado /en incontables plazas y campos de fútbol”.
Alguien dice que Twitter es lo más parecido a un baño público. Es una autopista con tramos sórdidos. Me he acostumbrado al hedor de esos pasajes. Allí también está el país. Cómo ignorarlo. A cada frase que descuelgo como opinión o reclamo, se activa un pequeño comando de ataque. Es la sala situacional del odio. Me lanzan perdigones verbales, puñados de estiércol, adjetivos gruesos, infamias, humoradas procaces. A veces, me asomo al perfil de esos personajes. Son los fantasmas del Twitter. Gente con 5, 10, 20 seguidores. Gente contratada para golpear tu ánimo. Buscan callarte, intimidarte. Que te vuelvas silencio, repliegue. Leo la biografía de uno de ellos: @Sargento_1ro. Dice: “Sargento 1ro de la GNB y Miembro del grupo especial de la GNB al DIM. Soy asesino por excelencia. 100% Chavista”. Oh.

“El odio. El odio. /Su cara torcida en una mueca /de éxtasis erótico”, sigue escribiendo Szymborska. Recuerdo al siniestro “animador” de las noches del canal de televisión de todos los venezolanos. Su sonrisa torva cada vez que escupe un insulto: “Hijo de puta”, llama al director de un periódico. “Homosexual”, le dice al líder de la oposición. “Lacra”, a un columnista de prensa. “¡Son todos unos perros sin madre!”, a un partido político entero. Y así, desarmando el diccionario. Revolviendo el olor pútrido de ciertas palabras.  Es el cabecilla oficial del desprecio.
Nada más eficaz para reafirmarse en el poder que arroparse bajo una ideología que desprecia al contendor. Te llamo enemigo, te digo traidor, te grito corrupto. Tú eres la escoria, yo soy el héroe. Tú el villano, yo la patria. Hemos aprendido a odiarnos más y mejor a través del lenguaje. Chávez logró armar un discurso amoroso y a la vez construyó una gramática del odio. Inventó términos, resucitó otros. Como apostando por la máxima de Calígula: “Que me odien con tal de que me teman”. Su gabinete de gobierno, sin duda, está lleno de destacados aprendices. Me dices mercachifle, apátrida, rastrero, majunche, pitiyanqui, nalgas blancas, golpista, escuálido. Es cada vez más extenso el glosario de los insultos. El corazón del pueblo rebosa bilis. Decía Toni Morrison en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: “El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia: es violencia”.

Los estudiantes en protesta reciben la visita de un ciudadano. Algo les reclama que los ensoberbece. Lo empujan. Le gritan piedras. Lo sacan de la calzada. Alguno le lanza un manotazo para arrebatarle lo que resultó ser un marcapasos. Momento bajo, indignante. Luego estos dirían que era sólo un aparato para medir la tensión. Excusas.

En un evento de la oposición un grupo de comunicadores oficialistas, que se destacan por  provocar, recibe una andanada de golpes. Un camarógrafo resulta seriamente lesionado. La otra mitad del país también ejerce su costal de odio. Lenguaje sexista, racista, bélico, airado, fogoso. Nos empujamos verbalmente. Nos zarandeamos el hombro. Baudelaire escribió en una ocasión: “El odio es un borracho en el fondo de una taberna que constantemente renueva su sed con la bebida”. Y, no lo olvidemos, somos un país de grandes bebedores.

La muerte de Chávez sacude al país. Era un desenlace quizás previsto, pero oír la noticia no deja de ser estremecedor. Hay consternación y respeto masivo. Muy pronto unos convierten el dolor en violencia. Una corresponsal del noticiero RCN de Colombia es golpeada hasta la sangre. Como si informar fuera una herejía. Por otro lado, algunos convierten la muerte en champaña. El absurdo se impone.

La línea final del poema de Wislawa Szymborska sobre el odio reza: “Dicen que es ciego. ¿Ciego? /Tiene la mirada precisa del francotirador y mira con fijeza el futuro, /como sólo él puede hacerlo”.

Se solicita un antídoto. El fin de la epidemia.