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Duelo en tres actos

Féretro de Hugo Chávez en el Cuartel de la Montaña / Reuters

Féretro de Hugo Chávez en el Cuartel de la Montaña / Reuters

Un trío de grandes eventos populares y diferentes en naturaleza y emotividad enmarcó el fallecimiento del presidente Chávez: su traslado desde el Hospital Militar hasta la Academia Militar, su permanencia allí durante 10 días y la movilización al Museo Militar, en el acto más protocolar y reforzado en seguridad de todos. El día en que se cumplió una semana de su llegada al ahora llamado Cuartel de la Montaña ya no había colas para visitarlo

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1.- Hospital Militar: cercanía y estupor
Una señora menuda se empina en la punta de los pies y aguanta la respiración, como deseando crecer unos milímetros para capturar con su Blackberry la foto del féretro. Se hace un espacio ínfimo entre el tumulto y enfoca el teléfono hacia el camino de asfalto cercado por guardias nacionales por el que desfilaría el cortejo. Es el 6 de marzo al mediodía, y está ante las puertas del Hospital Militar, esperando a Chávez.

Son miles, pero todo está en silencio. Una expresión compartida de consternación, incredulidad y congoja acompaña a la masa homogénea que mira al cielo: algunos, quizá, buscando respuesta divina; otros, atentos al helicóptero de la policía que sobrevuela la zona y otros tomando un respiro por el calor de esa hora y el apretujamiento. "¡Quítense la gorra, que ahí viene!", grita de pronto una de las muchas mujeres que espera desde la madrugada la salida del presidente.

Pasan unos minutos más hasta que una sensación premonitoria en el ambiente lo confirma: ya viene. Desde una tarima, un hombre pide silencio a los pocos que entonaban consignas pro Maduro, y el abrazo colectivo se compacta.

Suena la música de antesala a la transmisión de la cadena televisiva, esa melodía que se hizo familiar gracias a la emisión del programa Aló, Presidente.

El repique del tambor arropa la expectativa mientras se acerca a la multitud, y aúpa el rugido de algunas motos en señal de homenaje. Se suma al encuadre trágico el grito ahogado de una señora: "¡Nos abandonaste! ¡Abandonaste a tu pueblo!" Su llanto de madre causa un efecto dominó en los que la rodean. Todos sollozan.

Mientras, el carro fúnebre pasa muy cerca, pero fugazmente.

Sólo las personas altas pueden avistar su estela. Una brisa se libera con la arremetida humana que rompe el pasmo para correr con ímpetu detrás del vehículo, a ver si lo alcanzan.

2.- Academia Militar: peregrinaje y material POP
Ella corre por la explanada, como si quisiera salvar su vida de un monstruo gigante que la acecha. El gesto de su cara es agobiante pero lo cambia mientras alarga la zancada. Su cuerpo delgado le ayuda a sacar ventaja y, tirando un par de manotones, llega. Finalmente, coge el objeto de su lucha: unos envases de jugo de medio litro que han estado lanzando los guardias nacionales sobre una camioneta a lo largo del Paseo Los Próceres.

Un par de mochileros extranjeros que vinieron a hacer "turismo solidario" mira la imagen con extrañeza. Pero no se detienen. Beben un sorbo del pote de agua que regalan en el lugar, cuya etiqueta de información nutricional es sustituida por una calcomanía que lleva la palabra "Chávez" graficada con un corazón.

Ese souvenir es un detalle soso comparado con los DVD, fotos enmarcadas, afiches, chapas, franelas para toda la familia, zarcillos, bandanas y gorras con motivos de Chávez.

El inventario se exhibe en tarantines a ras del suelo que se intercalan con puestos de churros, pinchos de carne, cotufas y bebidas no alcohólicas.

En paralelo a ese entramado de complejo ferial hay una larga y estática línea roja en dirección a la Academia Militar. El acto de honras fúnebres con representantes de más de 55 países ha comenzado con retraso y a puerta cerrada, lo que causa una paralización en la fila de peregrinos que acumulan más de 12 horas de espera para despedirse del cuerpo tangible de su líder político, emocional y espiritual.

Algunos se rinden y abandonan la vigilia. Escogen bromear mientras atrapan decenas de constituciones que llueven como serpentinas desde un camión, para luego botarlas a un lado de la acera, y se entretienen con una canción llanera que retumba desde un altavoz y proclama a Nicolás Maduro como candidato delfín.


3.- Cuartel de la Montaña: el luto no tiene cola
La boca de la estación del Metro Agua Salud escupe gente a borbotones. Se atoran en un pasaje estrecho que finalmente se abre para desahogar al tropel. Los kioscos de las aceras y las raíces de los árboles se convierten en trampas mamotréticas que hay que sortear para encaminarse hacia ese puntito lejano llamado Cuartel de la Montaña.

Por más que se azoren, es causa perdida siquiera ver de pasada el carro fúnebre. A diferencia de la cercanía de hace 10 días, se ha trazado una ruta expedita por la autopista para evitar la conglomeración en compañía de un séquito hermético de escoltas. Los que salen del Metro se resignan al ver el bloqueo de la Guardia al pie de la loma. Sólo han podido acceder a la fachada del museo quienes llegaron muy temprano y los vecinos del lugar.

El resto debe atender un ritual fúnebre menos majestuoso e impuesto por miles de motorizados que lideran el ecosistema propio de la parroquia 23 de Enero. Aceleran en lo que pueden y abren sitio a los más osados para que se luzcan con una maniobra que desafía la muerte: alzar la motocicleta sobre dos ruedas, haciendo rechinar el hierro de la parrilla sobre el asfalto. Aunque un cordón policial se extiende por la avenida, queda claro quién escribe la ley en este lugar.

Una pantalla grande es el único elemento encargado de recordarles a los asistentes por qué están allí. Muestra a un sacerdote dispuesto frente al féretro, echando bendiciones y pronunciando un discurso que, en condiciones lógicas, haría brotar lágrimas. Pero no es el caso.

Dos reservistas reposan en la acera mientras mordisquean una mazorca con mantequilla, y otro par opta por tomar una siesta en los autobuses que los trajo hasta allí para ver a nadie.

La pantalla sigue transmitiendo, pero es inútil. No ha transcurrido ni media hora y el tumulto se disipa. Una mujer, ataviada de rojo de pies a cabeza, enciende un cigarrillo y chequea la pantalla de su celular con tedio. Le dice a la hija que camina a su lado: "Vámonos, que esto se acabó".

Una semana después de la llegada del féretro a la montaña ya no hay cola para visitar al mandatario que reposa en un mausoleo de mármol, con vista al Balcón del Pueblo y sellado a prueba de escrutinios.

30 o 40 personas esperan para hacer un veloz tour dentro del museo que se convirtió en la curaduría a un elogio: el de la vida de Chávez, desde que era un niño de dos años hasta que se despidió, el 10 de diciembre de 2012, en la puerta del avión.

Los mitos necesitan imágenes; los duelos, también.