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Jóvenes encadenados frente a la embajada de Cuba en Caracas / Leo Noguera

Jóvenes encadenados frente a la embajada de Cuba en Caracas / Leo Noguera

Tres niños de 11 años conversan alrededor de unos chicken fingers. Hablan de su preferencia por David Guetta por encima de Steve Aoki, Afrojack o cualquier otro DJ. Sin transición posible, uno de ellos comenta: "¿Sabes que ahorita ningún presidente nos gobierna?". El otro blande una papa frita envuelta en salsa barbecue y lo corrige: "Claro que sí. El presidente de Venezuela es Fidel Castro"

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Soy una bala perdida. Vivo en el sector Los Encantos de la parroquia La Vega. Ayer le destrocé el pecho a Frenyer Blanco. Tenía 13 años y un guante de beisbol. Elijo niños que juegan en la calle. Madres lentas con su bolsa de mercado. Peatones desprevenidos. Busco el torso o el costado de una sonrisa. A veces me lanzo desde un auto en marcha, como una jabalina irresponsable. Soy la detonación sorpresiva. La calle final. Soy la estadística de la tristeza.


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Tres niños de 11 años conversan alrededor de unos chicken fingers. Hablan de su preferencia por David Guetta por encima de Steve Aoki, Afrojack o cualquier otro DJ. Sin transición posible, uno de ellos comenta: “¿Sabes que ahorita ningún presidente nos gobierna?”. El otro blande una papa frita envuelta en salsa barbecue y lo corrige: “Claro que sí. El presidente de Venezuela es Fidel Castro”. Ambos le dan un mordisco a su comida y acto seguido juegan a adivinar las edades de Messi y de Puyol.


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Soy un país millonario. Los vecinos me ven con gula. Por eso me palmean halagos, me insisten en su amistad. Los especialistas dicen que todavía me quedan cien años más con dinero. Pero la verdad es que estoy endeudado hasta el paroxismo y en los mercados no se consigue arroz, ni azúcar, ni leche. Sí, lo sé, soy un millonario extraño, con la despensa vacía, con perpetuas fallas de luz y con el dólar convertido en pecado. Mis vecinos se hospedan en mis hoteles, pasean por mi sol, brindan por mi bienestar y cuando me tienen ya borracho de ego me registran los bolsillos buscando oro negro. Me saquean las entrañas. 


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Lisbeth Carolina aspiraba a que los hombres al verla pasar boquearan cien piropos ante un trasero inesperado. Buscó una clínica modesta. En Facebook consiguió lo que buscaba. En Aguacaticos, en la avenida Fuerzas Armadas, había una opción casera. Una dosis de biopolímeros a 5.000 bolívares. Ella necesitaba glúteos. Nalgas. Culo. Más culo. Esa era su coqueta aspiración. Quizás regateó un descuento. En dos horas estuvo lista, sólo debía reposar y lavar con jabón azul la herida. Y así llegó la muerte en una jeringa barata. Soy un país vanidoso. No termino de entender que la belleza falsificada puede ser fatal.  


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Los periódicos están cansados de repetir los desatinos que soy. Los políticos realizan rabiosas jornadas de deshonra. Se insultan. Se acusan de narcotraficantes y corruptos. Diputados saltan de una ideología a otra. La verdad y la mentira se atacan a dentelladas. Triunfa el caos.

Días más tarde, una camada de estudiantes se encadena frente a la Embajada de Cuba para exigir el cumplimiento de la Constitución. La Guardia Nacional los reprime con el filo de sus escudos. Soledad Bravo, la memorable intérprete que nos enseñó los cánticos de la Nueva Trova Cubana,  se suma a los estudiantes que ahora algunos tildan de derecha. El mundo marea de las vueltas que da. El guionista que escribe mis días bebe más de la cuenta.


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Soy una abuela damnificada. Soy 35 familias en un refugio. Vivo estrujada con 8 personas más en la habitación de un hotel. Tengo 3 años como “turista” de refugios. Ya he conocido 4. Me alimenta la promesa de una casa que el Gobierno aún no me da. Me juran que una vida decente me espera en Charallave Norte. Mientras, trato de soportar el olor a orines, ratas y disparos. Hay otro peligro: mi nieta es hermosa. Rezo a la Virgen del Carmen para que no me la malogren los delincuentes del lugar. Gotean baba cuando ella vuelve del trabajo. Vivo en el Refugio de la Dignidad. Así lo llaman. No sabía que dignidad rimaba con nausea. Nunca pensé que dignidad era un señuelo, una palabra burlada.


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Tenemos un presidente enfermo. El Presidente antes cantaba. Desafinaba, pero entretenía. Insultaba, pero dicen que con carisma. Expropiaba, con salero y encono a partes iguales. Hablaba kilómetros y kilómetros en cadena nacional. Su voz de retórica y burla llegaba hasta el Delta. Ahora hablan dos por él. Y no se escucha bien. Se escuchan grietas, piedra. El vicepresidente es la sinopsis de un bostezo. El directivo de la Asamblea Nacional es un rencor con rango militar. Ser el líder del odio no es un oficio para cualquier mortal.


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Dormir ocho horas seguidas en este mapa entraña el riesgo de ser dejado atrás por el tren de los acontecimientos.

Lunes, febrero, madrugada. Chávez vuelve inesperadamente. Se descoloca la agenda noticiosa. La pantalla de VTV hierve de euforia. Intenta transmitir la veneración de 8 millones de gargantas. “¡Volvió el hijo de Dios!”, grita un seguidor, emocionado. Un hombre se desfoga frente al micrófono: “Somos conscientes de que el imperio norteamericano fue el que incubó el virus del cáncer en el cuerpo de Chávez”. Sin comentarios.

Nadie ha visto al Presidente. Alguno jura que caminaba al llegar. Pero no ocurre ni siquiera su silueta en una ventana. Un gesto de victoria. Un saludo. Algo tangible que destierre la cursi lisonja de Maduro. El misterio nos rodea por los cuatro costados. La verdad anda herida de bala.


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En la estación Palo Verde del Metro de Caracas se reparte gratuitamente un periódico que se llama Ciudad Petare. La revolución, según ese medio, es una hemorragia de buenas noticias. Casi medio millón de personas viven en Petare y no hay un solo muerto en sus páginas. No existen los malandros. Ni una sola nota sobre desabastecimiento. No hay hospitales agónicos. 30% de las madres del barrio La Dolorita es adolescente. Pero nadie se preocupa. El país, yo, soy un presente perfecto.


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No pida lingüinis en aceite de trufa. No hay costillitas de cerdo. Se extingue el papel higiénico. Tuve que golpear mi moneda. Los que me gerencian gritaron cincuenta veces que no habría devaluación. Pero cada bramido fue una estafa. La gente compra lavadoras que no necesita,  neveras repetidas. Quieren ganarle la carrera a la inflación. La vida duele 46,5% más. Ahora, vestirse, comer, enfermarse, es más caro. No hay otra verdad. Hoy soy el socialismo que se desdice. La utopía rota. La alegría devaluada.


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Domingo. El Ávila recalca su belleza. Se vuelve ostentación y cielo limpio. El viento revuelve las hojas de una ceiba centenaria. El valle de Caracas es una larga mansedumbre. La vida parece dormitar. Al fondo, suena a infancia la música de un heladero. Dos muchachas buscan dinero y corren para conquistar un helado de parchita. Hay un dato conmovedor, a pesar de la letra desvaída con la que escribo estas líneas. Insisto en un viejo axioma de supervivencia: soy el país del futuro. ¿Alguien se atreve a colaborar con este saludable absurdo?