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Crónica de vacaciones: A cambio del café

 Scala de Milán / EFE

Scala de Milán / EFE

La Estación Central de Milán, el Palacio de los Sforza, el teatro La Scala. Esta crónica cuenta el viaje a una Italia que fue anidada antes en la imaginación. La narradora y ensayista Gisela Kozak (Caracas, 1963) es investigadora y profesora universitaria. Tiene varios libros publicados, entre ellos Latidos de Caracas, En rojo y Todas las lunas

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Chicas de la vida alegre de nacionalidades diversas saludaron a Roberto, mi anfitrión, cuando salimos de su minúsculo apartamento en un viejo edificio de la Vía Ormea en Turín aturdidos por una fuerte resaca de vino, María Callas, La Lupe, Liliana Felipe y la Tigresa del Oriente. Una de ellas, rumana cuarentona de 1,60 con los ojos tan negros como su cabello y las gracias de una vida dedicada a gustar, le guiña el ojo pícaramente.

--Has sido un cliente potencial pero ahora creerán que tienen chance. Ignoran las virtudes de nuestra amistad casta-- le indico a Roberto con agrado.

--Son buenas vecinas-- contesta de modo afable.

Tomamos un autobús. Durante el trayecto constaté que no en balde alguna de nuestras primeras autoescuelas fue fundada por italianos: infracciones a granel. Me sentí en casa.

10:00 de la mañana, estación de tren de Turín.

Me detengo a comprar un chocolate artesanal.

Roberto me apura con ademanes gentiles y con esa mirada algo extraviada de sus ojos azules que lo califican de hombre de talento supongo que tanto como su pluma y exclama: --Ese chocolate está carísimo.

Debemos correr al tren porque si no perderemos la oportunidad de una vuelta por Milán antes del compromiso de las 7:00. De antemano sé que no veré La Última Cena de Da Vinci, pero me consuelo con el recuerdo de una amiga de la familia que lo escogió como motivo que adornará su urna en relieve. Se lo digo a Roberto, quien hizo una piadosa observación:

--Llévale alguna reliquia de santo, por aquí abundan, o al menos un calendario con la faz de Juan Pablo II que falleció hace poco. Eso sí, prepárate, porque valen un ojo de la cara. ¿Has estado en la estación de tren de Milán? Conocí fugazmente la Estación Central de Milán en un viaje anterior, pero en aquella oportunidad solo vi rieles y un andén al que brinqué sobresaltada por el apuro y corriendo con unas maletas para abordar otro tren. Observé el andén con la confusa sensación de una memoria ajena: las historias de viejos inmigrantes que conocí en mi infancia y adolescencia sobre las huidas antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, ficcionalizadas en las tantas películas estadounidenses y europeas sobre esa época.

Cuando se lo comento, Roberto me indica que la estación fue terminada durante el fascismo y que su salida principal desemboca en una avenida horrorosa. Voy preparada a adentrarme en una avenida Baralt italiana con desorden, un toque sucio, gritos, el detalle antiguo que tanto abunda en las ciudades europeas y olorosas a comida.

Bajé y subí escaleras en la Estación Central de Milán sobrecogida por su tamaño y la danza de los ríos de gente que caldean la atmósfera de las urbes populosas. Salgo de aquel palacio de entrañas metálicas y veo la avenida: en realidad era la Vía Vitruvio bellísima, despejada y muy contemporánea pero sin encanto para Roberto por carecer de antigüedad, humedad y calles estrechas. Lo convencí con algún esfuerzo de comer en un lugar del que solo recuerdo el queso mozzarella. La sistematicidad turística de Roberto es implacable y quería llevarme a conocer todo lo posible en unas cuatro horas. Al salir del restaurante me detengo a contemplar una vidriera: el rostro de Juan Pablo II vestido de blanco y con expresión serena adorna llaveros y cajas de caramelos. Llevar perolitos del extranjero a mi gente me encanta aunque sean hechos en Taiwán y formen parte de esa globalización que nos muestra el mismo bolso pero identificado como "New York", "Maracaibo" o "Beijing" en mandarín. Roberto me toma por el codo espantado de mi espíritu botarate y nos vamos al metro: circulamos entre personas vestidas estupendamente, otras trajeados con el universal uniforme de jeans, camisa o franela. Abundaban los turistas solitarios, en pareja o en grupo con ropa gringa para el calor, alertas para no perder la parada indicada; actitud que contrastaba con la soltura de los milaneses que andaban en familia o en parejas y hablaban italiano. Había desde luego inmigrantes pero ya en esas ciudades grandes no es fácil saber quién lo es a menos que lo escuchemos hablar. Una masa compacta me empuja suavemente y salimos del subterráneo.

Palacio de los Sforza. Camino rauda, veloz y seguramente maravillada, pero mi recuerdo más vivo no es del palacio sino de cuando nos sentamos a descansar, a petición mía, en un banquito cercano. Escuchamos hablar a un hombre con un castellano limeño y lo buscamos casi con ansia en medio del inglés, el japonés y el italiano que nos rodeaban. Se trataba de un predicador que advertía contra el pecado de la lujuria, pero "hermano" ­¿se trataba de la franquicia religiosa brasileña "Pare de sufrir"?­ Cristo es la salvación. Una mujer de unos 30 y pocos años, cabello teñido de amarillo con las raíces muy oscuras, pequeña y levemente gruesa traducía al italiano con el acento cantarino de su lejano Perú. El predicador se fijó en nosotros y nos dirigió su discurso, como si supiese que también veníamos del otro lado del mundo. ¿O tal vez Roberto y yo evidenciamos nuestras naturalezas pecadoras? Nos quedamos oyendo hasta que Roberto dio la señal de partida ante tamaña falta de buen sentido turístico.

Caminamos por la Vía Dante; aproveché, en acto de resistencia ante la disciplina fiscal de mi amigo, para comprar unos almanaques cuyos precios le parecieron el colmo del derroche. Me llevó por calles lindísimas; nos encontramos dos galfaros milaneses muy bellos cuya única finalidad era fuñir a la gente con bromas pesadas y luego cobrar por ello (aquí sería un oficio exitosísimo). De saber la "maldad" que me haría Roberto unos minutos después, se los hubiese entregado hasta con un lazo de regalo. Pasamos de largo.

El turismo es emocionante cuando sabemos de antemano lo que veremos y la memoria lo reviste de una belleza radical. Haber pasado por las Galerías Vittorio Emanuele II es una imagen tan vívida como cualquier cosa que me haya pasado hoy.

Arrebatada por alguna reminiscencia cinematográfica intenté tomarme un café, pero Roberto simplemente se negó cual puritano a un acto que le parecía el colmo de la ostentación. Me indigné aunque me reía, pero él me arrastró por lo hombros hacia la salida y me dijo: --Mira esto.

Catedral de Milán. Las estatuas de su exterior parecían estar vivas y la plaza donde está seguro tiene réplica en el paraíso (esperemos que junto con la pasta y el vino). La recorrimos a toda carrera porque teníamos que ir a nuestro destino final, ese destino que me producía esa sensación que suelo tener cuando voy a visitar un lugar que ya ha anidado en mi imaginación por cualquier razón.

Me gusta todo tipo de música, desde la salsa hasta el rock pasando por la Movida Acústica Urbana, el bolero, el tango, el fado, el jazz y las fusiones de ritmos tradicionales que ahora abundan en el mundo. Pero La Scala para mí es el Madison Square Garden para los salseros neoyorquinos, el Olympia para los contemporáneos de Edith Piaf, Camp Nou para los seguidores del Barça y la iglesia de Santa Teresa para las devotas del Nazareno. Verla y sentir suaves alfilerazos en todo el cuerpo fue el mejor preludio para nuestro compromiso de las 7:00 de la noche, una ópera con la que tendría la oportunidad de ver un montaje del Teatro Alla Scala: Electra, de Richard Strauss, dirigida por Luca Ronconi, con uno de esos elencos internacionales idénticos a las filas de los buenos equipos de fútbol europeos.

Y todo a cambio del café...