• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Cien escritores amurallados

Centro histórico de Cartagena

Centro histórico de Cartagena

Durante cuatro días esa latitud del mundo llamada Cartagena de Indias fue distinta. La cotidianidad de su belleza se empinó una larga copa de champaña llena de inteligencia.

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No sé si son cien realmente. Es inútil contarlos. Vistos desde un helicóptero podrían ser más. Súmenle editores, parejas, discípulos. La ciudad antigua de Cartagena, abrazada por una muralla de once kilómetros, recibe a escritores de veinticinco distintas partes del mundo invitados por el Hay Festival 2013. Dentro de esa muralla habita toda la belleza residual del colonialismo del siglo XVI. Una belleza que encandila. Las calles están repletas de gente con parsimonia, sombrero y sol en el ánimo. Infinidad de restaurantes y cafés al aire libre prueban que allí la vida transcurre con talante de tertulia caribeña. Hay una permanente sospecha de música en el ambiente. Allí, el peatón ha triunfado. Y lo mejor: la literatura, por cuatro días, es la gran protagonista.

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El hotel Santa Clara, un viejo convento trocado en imponente hospedaje, bulle de excitación. El lobby congrega a los invitados, desde donde salen disparados a los foros y cocteles que la agenda marca. Si te demoras ronroneando el hielo de algún trago puedes perderte un coloquio con David Grossman, Jon Lee Anderson o Juan Gabriel Vásquez. Por allí anda Fernando Savater exhibiendo una sonrisa sospechosa. Vargas Llosa, dicen, está chapoteando en la piscina. Herta Müller, más allá, parece una evanescencia a pesar de su premio Nobel. El ex presidente Belisario Bentancur recibe, cada cinco minutos, la visita de algún escritor a su mesa. Vasco Szinetar y Daniel Mordzinski son los paparazzi oficiales del festival y llevan a fotografiar a los escritores a la misma pared terracota, sin saber que están repitiendo al otro. La ciudad está tomada por aquellos que excavan

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Hay almuerzos que se recuerdan por detalles poco gastronómicos. En Club de Pesca, plácido restaurante a orillas de una marina, la editorial Planeta organizó un encuentro con varios autores. Me toca compartir mesa con la poeta nicaragüense Gioconda Belli, el narrador cubano Leonardo Padura, el editor Sergio Vilela y un cálido etcétera. De pronto, el nombre de Venezuela salpica la mesa con el tema ineludible: el presidente Chávez y el misterio de su enfermedad. Para mi asombro nadie le requiere información a los únicos dos venezolanos presentes en la mesa, Mariaca Semprún y yo, sino a los dos cubanos: Leonardo Padura y su esposa. Padura es cauto, apenas suelta frases como: “Sí, está vivo” o “él quiere morirse en su país”. Mariaca y yo hacemos aspavientos con las manos, enfatizamos nuestro origen. Sólo nos falta entonar un joropo. Es inútil. Muy claro el mensaje: ¿Para qué preguntarle a un venezolano, si aquí hay un cubano? La desinformación ya es parte de nuestro estatus y gentilicio.

Gioconda Belli comenta –no sin sorna– que gracias a Chávez la ciudad de Managua superó su crisis eléctrica. En el acto me cruzan la mente nombres como Turmero, Puerto La Cruz, Nirgüa, San Cristóbal. Nombres que suelen estar a oscuras en Venezuela. El esposo de Belli, productor de cine estadounidense, propone nombrar un coordinador sueco para componer los entuertos del Caribe, pero Padura lo neutraliza al decir que ante un buen par de tetas, un culo de pronóstico y un “¿oye, tú, mi amor, te sirvo un cafecito?” de la secretaria, se acabaría el rigor sueco en segundos.
      
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Me tocaba participar en tres eventos que resumen algunos de mis trasnochos: la poesía, la crónica y la televisión. La llamada Gala de Poesía ocurrió en la gigantesca Plaza de la Aduana. Nos reunieron a los autores en una pequeña sala mientras llegaba la hora. Apareció el poeta español Antonio Colinas, con la cabeza llena de relámpagos despeinados y maneras de caballero antiguo. Luego llegaron Gioconda Belli y su simpatía. De súbito, allí estaba Herta Müller, mínima, delgadísima, como si estuviera a punto de partirse en dos. Cuando nos habló, en voz baja, asomaba la cicatriz del horror que dejan los dictadores en el ánimo.
El aforo estaba repleto. Sobre la tarima, patriarcal, nos esperaba el poeta Cobo Borda, aferrado a un bastón que contenía su desmesura corporal. Un muy premiado poeta galés, Owen Sheers; el trinitario Earl Lovelace y el norteamericano Edwards Hirsch completaban la lectura. Fue el gran momento de la poesía. Ella, a veces, simula ganar el rating.

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Una noche el Hay Festival nos brindó una fiesta “típicamente cartagenera”. Las grandes estrellas del festival no aparecieron, pero sí los amigos de ciudadanía. Allí estaban, al borde del ron y del mar, el abrazo de Francisco Suniaga, la inteligente belleza de Colette Capriles, la agudeza de Rayma, la calidez de Francisco Olivares. Todos festivos, como corresponde a nuestro ADN, pero con el país en el verbo, en el hartazgo, en el dolor. Avanzada la noche, Boris Muñoz se escapaba con Jon Lee Anderson y nos invitaba a prolongar el ron en un antro extramuros. Tuve que negarme. Tenía más de veinte horas sin dormir. Mientras me dirigía al hotel, Cartagena seguía dibujando gente en sus calles, como si la vida fuera una gran reunión de fin de año.

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A pesar de sus detractores, la telenovela sigue teniendo un colosal poder de convocatoria. Afuera del recinto, la cola desbordaba la cuadra. El foro iba sobre el género y su extremo: la narconovela. Me presentan a mi compañera de panel, Juana Uribe, productora de la exitosa serie Escobar, Patrón del Mal. Me confiesa el temor de que en el público pueda estar Jorge Luis Ochoa, miembro prominente del Cartel de Medellín, que –ya libre– reside en Cartagena, y quien la llamó días atrás para decirle que debían verse. Ella se negó y sabía que podía ocurrir cualquier cosa. Un detalle realmente perturbador.
Al iniciarse la tertulia junto con Juana Uribe y Fernando Gaitán, el célebre autor de Yo soy Betty, la fea y productor de El Capo, entendí la naturaleza de mi presencia allí. Ellos parecían los anfitriones de una sonada fiesta y yo el luctuoso portavoz del funeral de la telenovela venezolana. Fue inevitable confrontar la libertad que poseen los escritores de la televisión colombiana para narrar los temas más espinosos de su realidad versus mi parte de guerra de la televisión nacional: crisis económica, autocensura, Ley Resorte, RCTV cerrada, fuga de talento, bajísimos niveles de producción. Gaitán lo resumió todo en una frase: “Le agradecemos al presidente Chávez que, gracias a su gestión, Colombia haya tomado el lugar de vanguardia que tenía Venezuela en el continente”.
La polémica cobró cuerpo cuando, desde el público, una maestra bogotana cuestionó las narconovelas. Uno de sus alumnos, de diez años, le había dicho: ¡Yo quiero ser un capo! Se activó entonces la socorrida y compleja discusión sobre el rol de los medios y su influencia en la sociedad. Gaitán, en cierto momento, reveló que ya Colombia estaba preparada para escribir la telenovela sobre la guerrilla colombiana, pues ya había la suficiente perspectiva. ¡Ah, la envidia a un país que tiene posibilidad de reflexionar sobre su historia contemporánea a través de la poderosa vitrina que es toda telenovela!

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El último día nos tocó disertar sobre el fenómeno de la crónica latinoamericana junto con Alonso Salazar, autor de La Parábola de Pablo, libro que originó la serie televisiva sobre Escobar, y el peruano Daniel Titinger, antiguo director de Etiqueta Negra y agudo cronista. Fue una sesión divertida en extremo. Terminamos absolutamente confundidos sobre qué era realmente una crónica. En otra sala, no muy lejana, Sergio Dahbar conversaba con William Ospina en un foro donde también alzó vuelo la polémica. Chávez, de nuevo, aparecía en agenda.
Afuera, los coches a caballo dejan un sonido metálico en el aire.

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Alguien me pregunta si creo que esos festivales de escritores en los que se hablan temas sesudos y empinados modifican en algo al mundo. Creo, honestamente, que luego no hay mayores consecuencias. Quizás ciertas ideas o frases se conviertan en revelación y hallazgo para unos cuantos espectadores. El tesoro mayor ocurre allí. En el instante. Durante cuatro días esa latitud del mundo llamada Cartagena de Indias fue distinta. La cotidianidad de su belleza se empinó una larga copa de champaña llena de inteligencia. La fiesta colectiva de cien escritores amurallados.