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Barricadas trancan avenida Francisco de Miranda a la altura de chacao | @larryperdomo

Barricadas trancan avenida Francisco de Miranda a la altura de chacao | @larryperdomo

Desde el 12 de febrero, el "municipio más tranquilo de Caracas" pasó a ser emblema nacional e internacional de las protestas de la oposición y testimonio vivo del uso desproporcionado de la fuerza por parte de los organismos del Estado. Al lugar van manifestantes de otras zonas de Caracas. Desde ese mes, Salud Chacao se ha transformado casi en un hospital de campaña

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P um. Pam. Bang. Plof.

Ahhhh. Chacao de noche es una onomatopeya. Detonaciones y más detonaciones, gritos, ambulancias. Chacao es también asfixia, la que produce el humo de la basura quemada por los manifestantes de la oposición, la que "aliñan" luego con creces los gases lacrimógenos como respuesta de las fuerzas del Estado. Y la otra asfixia, la intangible que sufren los vecinos, esa de no salir si no se revisa primero Twitter para ver si está pasando algo; esa de no llevar a los hijos al colegio; esa de hacer todo en la mañana porque a media tarde empieza el toque de queda que impone esa batalla campal que va in crescendo hasta que en algún momento de la noche todo es silencio. Un silencio que también es ruido. La escena se repite día a día, hasta el hartazgo.

Desde el 12 de febrero el que por siempre ha sido considerado el municipio más tranquilo de Caracas parece un campo minado. Una película de Tarantino sin director. Chacao está en el centro de las noticias internacionales como el emblema caraqueño de las protestas. Eso ha tenido su costo en la salud de los vecinos. Y a la vez ha revelado un uso de la fuerza desproporcionado por parte de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional Bolivariana, evidenciado en la potencia y cantidad de los gases que lanzan indiscriminadamente, en los disparos de perdigones a quemarropa, en la cacería de manifestantes dentro de los edificios sin orden de allanamiento, en las detenciones injustificadas, en los expedientes con datos falsos, en las tanquetas que atraviesan las calles y chocan carros.

La guerra allá abajo

Los habitantes de Chacao, Altamira, La Floresta, La Castellana, Los Palos Grandes, Bello Campo, han tenido que cambiar su vida. Los que pueden han buscado refugio en otra zona. Sin embargo, Dolores, mamá de una bebé de 7 meses, no tiene dónde huir y sufre lo que es vivir en una de las zonas más "privilegiadas" de Caracas: Altamira. "Todas las noches, sin excepción, desde que esto empezó, tenemos aquí abajo una zona de guerra. He visto a la gente subir aterrorizada desde la plaza, a la GN persiguiéndolos, cazándolos". Ha tenido que esconderse en un cuarto mientras su esposo cierra las ventanas. Teme por su hija.

"Las guarimbas me parecen inefectivas, sólo están dándole a este gobierno un "argumento", nada válido, por cierto, para hacer lo que más le gusta: reprimir", dice, aclarando que es opositora. Vanessa, otra vecina de Altamira Sur, tiene otras prioridades: "Tengo conmigo a mi madre asfixiada, pero nos sacrificamos porque estamos con la resistencia", expresa, aunque reconoce que es testigo de una escalada de violencia "demencial".

El alcalde Ramón Muchacho, recién estrenado en el cargo, recibe reacciones a favor y en contra cuando informa desde las redes sociales sobre la situación del municipio o acusa a la GNB de "violentar los derechos humanos e invadir la propiedad privada". Unos lo acusan de promotor de las guarimbas, otros le reclaman que no las apoya suficiente.

Médicos antibalas

Al ser la zona prácticamente declarada el campo de batalla de Caracas, la emergencia de Salud Chacao se ha visto obligada a convertirse en una suerte de hospital de guerra. Desde el 12 de febrero (cuando además se produjo la primera y única muerte en la zona) y hasta el 4 de marzo han ingresado 164 pacientes que participaban en las manifestaciones o estaban cerca de ellas.

De estos, 38 llegaron con heridas de perdigón y 4 por bala.

El director del organismo, el médico Jorge Hernández, tiene apenas tres meses al frente del cargo. Llegó con la idea de convertir la institución en un servicio con énfasis en medicina preventiva, más que curativa; además de digitalizar todo el sistema. "Pero nos encontramos con esta contingencia".

Tuvo que posponer proyectos y responder a la ofensiva diaria. Sin embargo, la emergencia no luce colapsada. Sus pacientes habituales (la mayoría provenientes de otros municipios), no pueden llegar a Chacao y se dirigen a otros centros de salud. Entonces el servicio se ha centrado en atender a los "heridos de guerra".

Desde hace casi un mes, la médico Giuseppa Quinci carga una prenda adicional como parte de su uniforme: un chaleco antibalas. "No debería usarlo, soy médico", reconoce.

Pero lo tiene que portar porque ha estado al frente de la atención de los heridos. Aunque su cargo es ahora el de directora de Gestión Médica de Salud Chacao, no deja de salir a la calle, por su experiencia de 15 años atendiendo emergencias.

Fue la primera que llegó cuando cayó el joven Roberto Redman, quien murió de un disparo en la cabeza el 12 de febrero.

Se trasladó en una moto de la Unidad de Respuesta Inmediata, lo que le permitió llegar en menos de 3 minutos. Aunque las heridas por arma de fuego no le son ajenas, le afectó particularmente que un muchacho haya recibido un disparo (en la cabeza, además) cuando estaba manifestando. "Es absurdo que alguien muera por protestar". Los vecinos (sus vecinos, porque ella vive allí desde hace 20 años) estaban enfurecidos.

La médico actuó rápido y lo trasladó al hospital de El Llanito. Con ella estuvo el paramédico Douglas Belisario, que asegura que este mes ha sido muy fuerte el trabajo por la cantidad de pacientes provenientes de las guarimbas.

Al enfermero Alberto Camacho le tocó atender a un compañero universitario que estaba en Altamira. "Estaba muy angustiado porque sufrió una herida en la cabeza". Como este caso, por lo menos 27 de los lesionados por perdigón y diversos objetos como piedras o palos han sido del cuello hacia arriba. Quinci vive en expectativa: "No sabemos qué nos depara el siguiente día, qué manifestación habrá, que nuevo sistema de control. Ahora al gas lacrimógeno y al gas pimienta se le han unido palos extensivos". Por esa razón llegan muchos heridos con traumatismo en el cráneo.

Quinci vivió los sucesos de la noche del 6 de diciembre de 2002, cuando la plaza Altamira fue centro de protestas. Estuvo entre los médicos que atendieron a las víctimas de los disparos que hizo un civil, Joao de Gouveia, a la población desarmada que manifestaba. Ese día hubo 3 muertos y más de 20 heridos. "En ese momento hubo violencia, pero ahora es más sostenida, hay más gente y el sistema de control de manifestaciones es más agresivo", dice.

La historia es muy distinta a la de hace 12 años, cuando las fuerzas de seguridad se mantuvieron al margen de la toma de Altamira por orden presidencial. "Que se cocinen en su propia salsa", recomendó el entonces vicepresidente José Vicente Rangel al jefe del Estado, Hugo Chávez. Los hechos demuestran que esa "auto cocción" no ha sido la política aplicada en la zona en 2014 por el presidente sucesor.

Estar al frente. Es 4 de marzo a las 4:30 pm. Salud Chacao está prácticamente sola. Sin embargo, el panorama cambiará pronto. A las 5:00 pm, un paramédico le dice a otro. "Ya viene la hora". Y sí, como un reloj, a los pocos minutos llega en una moto el primer herido de Altamira: un muchacho con un golpe en un hombro.

Aunque las barricadas de Altamira no han parado ni un día, el 3 y 4 de febrero bajó el número de heridos (2 el día 3, 5 el día 4) . Los manifestantes explican las razones. "Hemos aprendido a protegernos mejor, porque los guardias están más agresivos, ya están disparando los perdigones de frente, nos cazan". Quien habla dice que es estudiante de la UCV y forma parte de un grupo de 30 jóvenes (unos estudian y otros no) que se reúnen a diario en Altamira Sur, aunque ninguno vive en el municipio. Por ejemplo, uno es de Candelaria, otro de Los Ruices, otro de El Cafetal, otro de un barrio de Guarenas. "Nos conocimos en la guarimba y nos hemos hecho amigos; no somos el único grupo, hay varios y entre todos nos ayudamos". Se sienten apoyados. "Las señoras nos regalan comida y nos dicen que somos héroes", cuenta uno y enseña el envoltorio de un sándwich que le dieron."Pero nos han lanzado botellas de un hotel", reclama otro.

Mientras, en la avenida Francisco de Miranda, una tienda de ropa infantil luce aún los disfraces de Carnaval que nadie adquirió y que no han descolgado de la vitrina. Pero Chacao se amolda a esta violenta cotidianidad tan extraña a su esencia de municipio de abuelos. El miércoles 5 de marzo en la noche, a pocos metros de las quemas y minutos antes de que lleguen las tanquetas de la GN, un local exhibe su combo de pollo a la brasa a 240 bolívares. Les sale cerrar la santamaría. Esperar. La rutina asume las onomatopeyas como ruido de fondo.

164

pacientes provenientes de las manifestaciones ha atendido la emergencia de Salud Chacao desde el 12 de febrero hasta el 4 de marzo. Entre estos hay 4

heridos de bala (uno murió), 38  por perdigones, 70 por laceraciones y contusiones. 18 personas han sufrido fracturas o quemaduras, 31 han presentado disnea por inhalación de gases tóxicos y 3 han tenido crisis hipertensivas