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Capriles y la carrera de fondo

Capriles en Maracaibo | Foto: Agencias

Capriles en cierre de campaña / Agencias

De envoltura austera, disciplinada, frugal; magro como un cable conductor de electricidad, el candidato de oposición ha templado el carácter y la sonrisa en la molienda de la política

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Dos latas de atún. Cualquier mediodía era posible ver a Henrique Capriles Radonski almorzar dos latas de atún en su despacho de la Gobernación de Miranda. “Es que si me siento a comer no me da tiempo de nada”, decía. En las mañanas prefería recorrer en moto los más de 20 kilómetros de la carretera Panamericana hasta la sede del Ejecutivo regional en Los Teques: la congestión de la vía no era compatible con su ritmo de trabajo embalado.

De envoltura austera, disciplinada, frugal; magro como un cable conductor de electricidad, Capriles ha templado el carácter y la sonrisa en la molienda de la política. Es ahí donde está desde los 25 años de edad cuando se convirtió en el diputado más joven de la historia parlamentaria de Venezuela. Es ahí donde, a los 40 años, intenta igualar esta marca en la Presidencia del país, con lo que dejaría, además, otra huella: la de haber ocupado todos los cargos ejecutivos de elección popular.

Capriles es un corredor de fondo, que apura el paso en la recta final justo cuando los demás contendores acusan fatiga. No es de los que arranca de primero en el grupo, ni de los que más patrocinantes tiene, pero no baja el ritmo. Aguanta. Cambia de zapatos si se les rompe la suela, pero no se detiene. Resiste. Así lo ha hecho durante 15 años.

“Le falta carisma”, “No habla con fluidez”, “Siempre tiene el ceño fruncido”, “Abre mucho los ojos; está como asustado”, “Es una versión baja en grasa de Chávez, lo imita. Mueve las manos igualito”. En el momento en que Capriles comenzó a ser escrutado por todo el país durante la contienda de las primarias, las críticas a su desempeño como orador alcanzaban para editar un catálogo. Pero con cada mitin, con cada rueda de prensa, con cada entrevista, el mensaje y el cuerpo fueron coincidiendo en una sola voz. “El Flaco”, como lo llamaron en la campaña, parecía haberse alimentado de los más de 250 pueblos que visitó en los 3 meses de contienda hasta tonificar un discurso consistente que repitió con método ante cualquier micrófono. El aguante se convirtió en religión.

Cuando un novato Capriles fue elegido, en un difícil pulso entre partidos políticos, como presidente de la Cámara de Diputados del Congreso de la república ya estaba cantado que la institución sería disuelta por la Asamblea Nacional Constituyente. El comienzo de la carrera del candidato opositor coincidió con los primeros años del chavismo en el poder. Son historias que se han ido narrando en paralelo. En el hemiciclo, el 2 de febrero de 1999, durante la investidura como Presidente de Hugo Chávez, Capriles estaba a su lado. Fue testigo de primera fila del juramento sobre la “moribunda”.

Al año siguiente, se postuló como candidato a la Alcaldía de Baruta. Allí le ganó a Ivonne Attas y repitió en 2004 frente al actor Simón Pestana.
Su contienda electoral más ardua fue en 2008 frente a Diosdado Cabello, que buscaba la reelección como gobernador del estado Miranda, uno de los más importantes del país. Hasta último momento, la posibilidad de una victoria frente al poderoso ex militar era casi impensable. No entraba en las quinielas. Pero el resultado ni siquiera fue cerrado: 53% de los votos para Capriles, 46% para Cabello. Eran tres victorias en 8 años.

Por el caso de la Embajada de Cuba, ocurrido en los días del golpe de abril de 2002, Capriles estuvo detenido 119 días en el Helicoide. Allí, dice, robusteció su fe y se hizo devoto de la Virgen del Valle. Allí hizo un altar. “No vivo con miedo. Nunca he tenido miedo de enfrentar a la justicia, aunque me ha tocado enfrentar lo que no es justicia. Estuve preso cuatro meses sin haber sido imputado. Por supuesto que ha sido un proceso de curtirse”, dijo recién elegido gobernador de Miranda.

Con el triunfo de varios gobernadores de oposición en los estados más poblados del país, muchos servicios –salud, puertos y vialidad– fueron recentralizados y los mandatarios regionales perdieron buena parte del músculo económico de las entidades. Capriles centró sus esfuerzos en la construcción de escuelas y de una red ambulatoria de atención primaria. En diciembre de 2010, durante una vaguada que dejó decenas de miles de familias sin hogar, vivió –según cuentan allegados como Armando Briquet, su jefe de campaña– un quiebre existencial: “En los últimos dos años hemos visto una transformación. Durante las inundaciones de Barlovento se dedicó en cuerpo y alma a resolver la tragedia, se metió a vivir con la gente y de ahí salió otra persona en cuanto a su nivel de compromiso”.

En las primarias de febrero de 2012, Capriles fue el único de los seis candidatos que optó por modelar un liderazgo conciliador. Habló de sumar, unir, avanzar. Con una campaña serena y alejada de la confrontación logró vencer con casi 2 millones de los 3 millones de votos que se contabilizaron ese día. Con esta base arrancó su recorrido por el país al que, de acuerdo con sus cálculos, le ha dado tres veces la vuelta.

Se ha sumergido en los remotos bastiones del chavismo y, también, en las grandes avenidas de las ciudades. Le ha hablado al campo y a los empresarios, a los jóvenes y a los ancianos. A las mujeres y a los hombres. Le ha hablado, sobre todo, a los seguidores del Presidente. A todos en un cara a cara, que ha sido su fuerte. Hoy sabrá si la resistencia ha dado resultado.