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Cacería en Boston, aquí, a pocas cuadras de mi casa

Tres personas murieron tras las explosiones en el maratón de Boston / BBC Mundo

Tres personas murieron tras las explosiones en el maratón de Boston / BBC Mundo

El lunes 15 de abril un atentado terrorista en la línea de meta del Maratón de Boston mató a 3 personas e hirió a más de 170. La búsqueda frenética de los 2 sospechosos del crimen –unos hermanos de origen checheno– llevó a las autoridades hasta los suburbios más pacíficos de la ciudad

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La última noticia que escuché el viernes 19 en la noche, antes de cerrar los ojos, fue que había sido el día más cálido desde octubre. Fue, en efecto, un día cálido, y húmedo también, con una llovizna casi imperceptible que envolvía todas las cosas como con un velo de gasa muy delgada. Lo más increíble, sin embargo, es que, siendo el día más cálido, la gente de Cambridge, Watertown, Newton, Allston y otros suburbios de Boston tuvo que vivirlo en sus casas, encerrada y pegada a la televisión en medio de un estado de sitio que duró casi 24 horas.

Todo el día estuvo marcado por la irrealidad de los sueños y pesadillas. Al irme a la cama el jueves en la noche, encendí la televisión y encontré las extrañas imágenes de una búsqueda policial en el Stata Center del Massachusetts Institute of Technology, después de un tiroteo en la calle Vassar. Es un lugar muy familiar, al que suelo ir con frecuencia a visitar a un viejo amigo cuya oficina está ubicada en el octavo piso del edificio Dreyfoos.

En la tarde, justo antes de encontrarme con unos amigos en Harvard Square para tomar unas cervezas y comentar la desquiciada situación de Venezuela, vi en las noticias las imágenes de los 2 jóvenes sospechosos de los ataques del lunes en el Maratón de Boston que hasta entonces habían dejado 3 muertos y más de 170 heridos. El domingo, sólo 24 horas antes de que detonaran las bombas, mi familia y yo habíamos caminado por el lugar de las explosiones e, incluso, habíamos entrado en la tienda Lords and Taylor, cuyas cámaras captaron a los sospechosos.

Al ver las noticias el lunes, mi hijo Bruno, de 10 años de edad, había quedado muy vivamente impresionado y desde entonces no había parado de preguntar si estábamos seguros en casa y de hacer conjeturas en voz alta. De modo que me entretuve pensando que los horribles sucesos que en otros lugares del mundo son el pan de cada día pueden bruscamente mudarse muy cerca de nosotros, y me entretuve suponiendo que la policía había encontrado en el MIT alguna clave de los ataques. Pero ya en ese momento estaba casi dormido.

 

La ferretería. No recuerdo qué soñé. Lo que sí puedo recordar con toda nitidez es que a las 6:30 am, cinco minutos antes de que sonara el despertador, nos despertó una llamada de mi suegra desde Nueva York urgiéndonos a ver CNN. Otra vez las imágenes tenían la desconcertante familiaridad de los lugares conocidos, pero estaban teñidas con la intermitente luz violeta de las patrullas de policía. La acción transcurría en Watertown, un pueblo contiguo a Cambridge, donde resido desde hace casi cuatro años. Entre las estampas en movimiento de un descomunal despliegue de agentes policiales con armas de asalto, reconocí la estación de gasolina que está a unos metros del Arax Market, un pequeño automercado armenio, donde suelo comprar deliciosa comida del Medio Oriente.

Poco después, la transmisión televisiva me hizo abrir aún más los ojos. En la esquina izquierda de la pantalla aparecía la fachada de una ferretería. Tardé unos segundos en contar las cuadras que había desde mi casa. Dos largas y tres cortas, cinco o seis a lo sumo. Es la esquina de la céntrica calle Cambridge, una de las principales arterias de Cambridge, y Norfolk, en Inman Square. Más policías, muchos parapetados con armaduras, como en la película The Hurt Locker, y además un despliegue amplio de camiones blindados antibombas.

El flujo noticioso era incesante y estaba marcado por ese lenguaje de las sospechas aún no confirmadas que caracteriza a la prensa estadounidense. Los “sospechosos” eran “supuestamente” unos hermanos de origen “supuestamente” checheno o, tal vez, ruso, y “podrían tener entrenamiento paramilitar terrorista”. No era nada muy preciso, salvo los hechos en sí: eran los mismos que habían sido captados por las cámaras de seguridad en Lords and Taylors el lunes a la hora de las bombas, habían asaltado una tienda 7 Eleven la noche anterior, y luego asesinado a un joven policía de MIT, antes de robar una camioneta Mercedes Benz, a cuyo dueño le dijeron que ellos eran los atacantes del maratón.

Luego de eso se habían enfrentado a tiros con la policía y le habían lanzado artefactos explosivos. Uno de los dos hombres, el mayor, que ahora identificaban como Tamerlan Tsarnaev, fue abaleado en un tiroteo con la policía. Según las informaciones de televisión, la detonación de uno de los artefactos explosivos había alcanzado a Tamerlan, quien tenía el cuerpo perforado por clavos y perdigones semejantes a los que causaron estragos en los cuerpos de muchas de las víctimas del atentado del lunes. Su hermano Dzhokhar logró escapar, pero en la huida, “aparentemente”, había arrollado a Tamerlan, quien finalmente fue declarado muerto poco después en un hospital no muy lejos de donde ocurrió la acción.

 

Muchacho tranquilo. A lo largo del día las noticias mostraban otros lugares familiares. Miles de funcionarios policiales, militares, de las agencias de seguridad del Gobierno, como la CIA y el Homeland Security, desarrollaban una cacería humana frenética, peinando metro a metro en un perímetro de 20 cuadras. De pronto, se supo que Dzhokhar se había graduado en el Latin and Rindge School, la secundaria de Cambridge, que está a escasos 200 metros de mi casa. Los compañeros entrevistados hablaban de él con cariño y lo describían como un chico tranquilo. Su tío, un ruso residenciado en Maryland, se había encargado de reforzar una leyenda que se difundió a lo largo del día: Tamerlan era un perdedor y Dzhokhar era un chico dulce y bueno.

Poco después supe que el chico bueno había sido compañero del hijo de una amiga. Y que parecía eso, un chico bueno, sin motivos aparentes para tramar y ejecutar un atentado masivo. La noticia acentuó una vaga sensación de lástima que había tenido desde que había visto en televisión las imágenes de los dos jóvenes sospechosos. Dolor por las víctimas, pero lástima por esos chicos que, al parecer, habían decidido atacar un evento cosmopolita con una saña y una alevosía que sólo podían surgir de un lugar muy oscuro.

La calle donde vivo suele ser muy transitada debido a la vecindad de uno de los hospitales de Cambridge y la cercanía de otros lugares muy concurridos. Pero ayer todo era silencio, un silencio que no era limpio como el de un domingo, sino que estaba afectado por el ruido blanco de miles de televisores encendidos.

La tarde caía con una atmósfera melancólica. La concurrida y bulliciosa Inman Square, uno de los reductos de la bohemia alternativa y rockera de Cambridge, estaba muda. Había una brisa cálida que soplaba bajo un cielo blanco y espeso que de pronto soltaba chispas de agua.

Como a esa hora ya habían levantado el famoso “lockdown” o enclaustramiento de emergencia, decidí ir al Market Basket, el supermercado local que está cerca de la casa. No estaba lo vacío que esperaba, quizás porque era el único local comercial abierto en muchas cuadras a la redonda, pero nunca había hecho las compras tan rápido, pues suele estar abarrotado. La gente movía los carros de compras con un ritmo nervioso y como si careciera de la concentración que exige ubicar los productos en los supersaturados anaqueles. Incluso la cajera, una chica centroamericana, estaba distraída conversando con la empaquetadora, de origen asiático. La noticia que circulaba a esa hora, ya cercana a las 8:00, era que acababan de capturar a Dzhokhar. El hombre trataba de ver la televisión por su teléfono inteligente, pero no lo lograba. La mujer que venía detrás de mí ofreció más detalles. Lo encontraron metido dentro de un bote en el estacionamiento de una casa.

Al llegar a casa con la compra, Bruno me dijo que aún no lo habían capturado, pero que según las noticias la policía o alguien dijo que, como su hermano, podía tener un “chaleco suicida”. Bruno me pidió que le explicara qué era un “chaleco suicida”. Cuando se anunció la captura, me dijo que estaba aliviado. No quería que alguien así estuviera suelto, pero tampoco quería que hubiese más violencia de la que ya había habido. “Me alegra que no lo hayan matado, cuatro muertos es mucho”, me dijo. Luego me preguntó por qué creía que habían hecho todo esto. Pero preferí evadir el tema a falta del entendimiento personal que me permitiera darle una explicación más amplia sobre todo lo que habíamos vivido en esta semana de vértigo. Te la debo, Bruno.