• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Anécdotas sobre Emmanuelle narradas por periodistas

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Yo tendría como 13 años de edad cuando conocí a Sylvia Kristel cierta madrugada en Guanare. Mis primos mayores me dijeron: “Vamos a ver Emmanuelle, que es un clásico del cine erótico. Te puedes quedar, pero tú mueres callado, chamo”. Yo no entendía mucho lo de clásico y menos lo de erótico, pero cuando le dieron play a ese VHS, además de abismado y acalorado (que estábamos en Guanare, insisto), caí profundamente enamorado de esa diosa en cueros. Sylvia fue y será siempre una de esas maestras que se atesora con cariño.

José Urriola

Escritor y periodista

 

En el avión

No recuerdo con exactitud el día, el mes o el año en que ese gran desorden anunció el fin de la inocencia. Cerca de casa había un autocine –esos lugares maravillosos para la iniciación de las parejas, lamentablemente desaparecidos. Pero entonces, yo era un púber ¿mediados de los setenta? Y había un terreno baldío desde el que podíamos atestiguar las películas censura D, siempre que los tombos no nos espantaran con sus luces giratorias. La temida patrulla de la PM. Desde ese doble alborozo trasgresor de asistir a una película prohibida y sin sospecha de nuestros mayores vi por vez primera a Sylvia Kristel, aquel seráfico rostro, aquel cuerpo soñado para siempre.

Recuerdo la famosa escena de Emmanuelle en la que la irresistible holandesa seduce a un incauto en mitad de un vuelo de avión, una secuencia inolvidable de un cine erótico que hoy luce candoroso.

Cada vez que vuelo, la recuerdo.

Armando Coll

Escritor, periodista y guionista

 

Recuerdo falso

Ahí la veo, sobre una silla de mimbre de espaldar enorme. El mimbre marca una época, un exotismo. Y por supuesto, el lente soft. No había nada más erótico que el soft. Y estaban sus teticas. Eran años de teticas, nada de silicón porno. Y sus piernas de alabastro, desparramadas, lascivas. Todo un estilo ya cliché que todavía ves en malos canales de cable y que sólo excita a un adolescente furtivo. En aquel entonces yo era un muchacho también y entre las películas ocultas de mi viejo encontré a Sylvia Kristel.

Fedosy Santaella

Escritor

 

El día que la conocí

A diferencia de La guerra de las galaxias, Emmanuelle llegó a mi vida con retraso. No pudo ser de otro modo: al momento del boom no tenía yo la edad para enredarme en esas cosas. Así que, más que al huracán, sucumbí a su coletazo. Llegó a mi vida precedida de su monumental fama, quizás por vía de mi hermano mayor o por algún compañero de colegio que la descubrió oculta entre los enseres eróticos de sus padres. No recuerdo. Lo que sí recuerdo es el día que –por fin– la vi: mis nervios, mi ansiosa excitación, la sudoración en las manos, la mezcla de miedo, taquicardia y curiosidad. No me decepcionó, tampoco me escandalizó. Lo que vino después, y luego, con las cientos de repeticiones, ya pertenece al ámbito privado. Una cosa: nunca me interesaron sus segundas, terceras o cuartas partes, pues Emmanuelle, como Lolita, sólo hay una.