• Caracas (Venezuela)

Sergio Ramírez

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Las ciudades del sol

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La carretera que lleva desde Santa Cruz de la Sierra hasta la frontera con Brasil se extiende por la planicie en una recta infinita, como tirada a cordel, y el paisaje salteado de campos de soya me recuerda el de Nicaragua. Los cerros son raros, apenas uno o dos en la distancia cuando bajo un cielo nublado nos acercamos a nuestro destino que es San José de Chiquitos. La explicación es que chiquitos pasaron a ser llamados los naturales de la región a la llegada de los colonizadores debido al exiguo tamaño de las puertas de sus chozas, y así fue bautizada también su lengua.

La Chiquitania, el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo XVII aquí y en Moxos, en lo que hoy es el departamento de Beni, obra iniciada en Paraguay y en los territorios fronterizos de Argentina y Brasil. Una utopía cuya naturaleza aún se discute con ardor, y que vio su final cuando Carlos III decretó la expulsión de los miembros de la orden de los territorios de la corona española en 1767, con lo que las poblaciones indígenas de las reducciones se dispersaron o cayeron en la servidumbre.

Hay una banda sonora que llevo en la cabeza mientras nos acercamos a las goteras del pueblo, la que Ennio Morricone compuso para la película La Misión de Roland Joffé; y lo mismo me persigue la imagen con que el filme se abre: el misionero jesuita atado a una cruz que va dando tumbos entre las aguas embravecidas, hasta despeñarse por el torrente de la catarata del Iguazú, sometido al martirio por los indios guaraníes. Rebeldes al principio a toda doctrina, serían luego la hacendosa y creativa población de las misiones paraguayas, un fenómeno de resistencia y sometimiento que se dio en todas las demás.

También ronda mi cabeza el largo poema La arcadia perdida de Ernesto Cardenal, donde describe con admirada meticulosidad la vida y organización de las misiones, separadas unas de otras por centenares de leguas, entre selvas y páramos: “En las oscuras selvas del Paraguay/ Por esas avenidas iban y venían los indios con poncho y boina/ Niños de doce años tocaban con el arpa melodías de Bolonia/ Máquinas hidráulicas extraían el agua de los ríos/ Cada reducción con inmensas huertas…”.

Hay quienes las califican de una “teocracia socialista”, organizadas bajo un modelo paternalista de premio y castigo. En todo caso, una singular experiencia de evangelización de infieles y de colonización comunitaria como no se vio en ninguna otra ocasión en América, sobre todo tratándose de territorios remotos e inaccesibles.

La vida primitiva de quienes eran atraídos a las reducciones por los jesuitas sufrió una transformación radical. Siguieron hablando sus lenguas originales, que fueron respetadas, y aprendieron a trabajar en comunidad en la agricultura y en diversos oficios artesanales e industriales, para su propia manutención y el beneficio de las misiones, que llegaron con el tiempo a ser muy ricas, y por tanto envidiadas y codiciadas.

Beneficiaban azúcar y hierba mate, fabrican tejidos de algodón, lo mismo que muebles y joyas, y tenían fundiciones de bronce y estaño, además de procurarse sus propias armas. Y una de las ventajas que los indígenas encontraron en las reducciones es que podían defenderse de ser tomados como esclavos por las bandeirantes que incursionaban desde el territorio de Brasil.

Cada reducción tenía a la cabeza una pareja de padres jesuitas, no más, uno encargado de los asuntos espirituales y otro de los asuntos prácticos. Una utopía como la de Campanella o Tomás Moro, que también se parecía al sistema de las sociedades comunitarias prehispánicas. Un modelo de aplicación severa que atendía al fin esencial de la redención de los indios que de otro modo irían al infierno, viviendo como antes vivían en la poligamia y entregados al culto de dioses falsos. La doctrina salvaba sus almas, pero la organización comunitaria proveía a sus cuerpos, y también a sus espíritus.

Si no, que lo diga la música. Los aborígenes aprendieron en las misiones el arte del canto, a tocar los instrumentos europeos, arpa, vihuela, violín, viola, mandolinas, cornos, fagotes y trompas, y también a fabricarlos con gran destreza. La evangelización encontró un vehículo propicio en las artes musicales, y en lo hondo de los montes empezaron a resonar las más complejas piezas renacentistas y barrocas, de Arcangelo Corelli a Händel y Vivaldi.

Los padres jesuitas, suizos, alemanes, holandeses, italianos y españoles, eran maestros músicos y quedan centenares de piezas de su autoría, aunque anónimas, que pudieron ser preservadas a lo largo de los siglos por el celo de los indígenas, que las ocultaron aun en las hendijas de las columnas de las iglesias; y así mismo enseñaban a componer: en los festivales chiquitanos se ejecuta una ópera, obra de uno de aquellos discípulos nativos.

Y también eran agricultores, y arquitectos y maestros constructores, como lo demuestran sus soberbios templos y edificios, como estos de San José de Chiquitos que admiramos durante un recorrido nocturno que termina en la iglesia de espléndidos altares barrocos recubiertos de pan de oro y donde, al pie del altar mayor, la Orquesta San José Patriarca, compuesta de niños y adolescentes, nos obsequia con un impecable concierto.

Como una herencia de aquel pasado, hay orquestas semejantes en todos los poblados donde antes se erigieron las antiguas misiones, y entre ellas compiten en maestría. Esta la dirige el maestro francés Antoine Duhamel, quien vive desde hace años en San José de Chiquitos, y sus pequeños músicos tocan con brío piezas de Purcell, de Haydn y de Mozart. El método de aprendizaje proviene del que ha desarrollado en Venezuela el maestro José Antonio Abreu para la red de orquestas Simón Bolívar.

Al final del concierto le pregunto a una de las ejecutantes, que andará por los 12 años, cuánto tiempo toma aprender a tocar un instrumento. “Toda la vida –me responde con aplomo– en música nunca se deja de aprender”.

 

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