• Caracas (Venezuela)

Sergio Ramírez

Al instante

Prohibido hablar, prohibido reírse

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El asalto despiadado de unos fanáticos yihadistas al periódico humorista Charlie Hebdo, y el asesinato masivo causado por este ataque, que diezmó la plana mayor de la redacción del semanario, entre ellos varios de los dibujantes de caricaturas de Mahoma, ha sido uno de los hechos que mayor indignación y repudio ha causado.

Todo pasó hace ya algunas semanas, pero nunca se llega tarde a esta clase de acontecimientos. Se trata de un ataque a la libertad de expresión y un ataque a la libertad de reírse, perpetrado desde las oscuras cavernas de la ignorancia fundamentalista que se profesa como religión, porque la ignorancia también llega a ser una profesión de fe. Como no entienden de bromas, las risas las apagan a fuego de metralla.

La indignación despertada por este crimen inaudito ha sido como una gran ola que ha estallado por todas partes, muy saludable en un mundo donde todos los días vemos amenazada la libertad de palabra por la pesada mano del poder. Periodistas decapitados por denunciar a los traficantes de drogas, y perseguidos y encarcelados por exponer los actos de corrupción gubernamental; diarios y revistas que se cierran por temor ante la represión, o por amenazas, o porque los gobiernos les quitan o restringen el acceso al papel de imprenta, o la publicidad oficial; estaciones de radio y televisión compradas por el poder, para acallarlas o mediatizarlas. De todo eso, que no son sino formas de intolerancia, tanto como la intolerancia religiosa, somos testigos a diario en América Latina.

Pero al paso de esa ola de indignación, comenzamos a escuchar voces que nos preguntan si los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo no debieron ser más moderados para evitar así la represión brutal de que fueron víctimas. Nos dicen que si se hubieran abstenido de burlarse de Mahoma, porque todas las religiones merecen respeto, esa tragedia se habría evitado. O sea, que estaba en manos de las propias víctimas evitarse el riesgo de ser asesinadas, con solo hacer uso de la moderación y el buen juicio. ¿Por qué caer en actos de provocación, si uno sabe que en eso le va la vida?

Esas reflexiones sobre la prudencia desbordan la infamia de los asesinatos de París, y se extienden a todo el oscuro territorio de la libertad de expresión, amenazada en tantas partes. ¿Por qué un periodista de esos que son asesinados en Honduras o en México no piensa mejor en la familia que va a dejar desamparada, antes de exponerse, con sus pertinaces denuncias, a la ira de los narcotraficantes o de los pandilleros? ¿Por qué mejor no se quedan callados los medios de comunicación que hacen revelaciones peligrosas para que no les pongan una bomba? ¿Por qué no guardan silencio los periódicos a los que reprimen negándoles papel, y así tendrán suficiente para imprimir todo lo que quieran, menos aquello que al poder no le gusta?

Si se trata de una fiera que ya sabemos que es peligrosa, que tiene colmillos afilados, y no entienden ni de chistes ni de bromas, ¿la sensatez no nos indica que no debemos provocarla, ni burlarnos de ella, ni reírnos en sus narices? Estos razonamientos son parecidos a los que se usan para eximir de culpa de los agresores sexuales. ¿No harían mejor las mujeres en vestirse de manera recatada, en lugar de usar provocativos escotes, o minifaldas atrevidas? Son ellas las que los incitan al pecado, y después no deberían quejarse si las violan.

Si esta lógica de la cobardía prosperara, estaríamos aceptando que la libertad de expresión debe ser cedida por partes, según la conveniencia de la sensatez lo vaya dictando, y luego, cuando abriéramos los ojos, nos daríamos cuenta de que la hemos cedido toda, y la hemos dejado en manos de quienes, gracias a nuestra prudencia, la estarían ahora administrando: los fanáticos que solo saben leer en las páginas en blanco del libro de la ignorancia. Los capos del narcotráfico. Los dueños iluminados de la verdad. Los autócratas que tienen proyectos de redención para sus pueblos, y a quienes la palabra libre estorba sus planes.

Y habríamos cedido también el saludable derecho de reírnos en público. De reírnos de las ideas fijas y solemnes, de las verdades cerradas, de los personajes pomposos que tanto se toman en serio a ellos mismos, de las ridiculeces y de las iniquidades del poder, de los políticos corruptos, de los oropeles y fastos con que se visten los reyes del narcotráfico y sus acólitos. Permitiríamos ser expulsados del mundo de la risa, que es por naturaleza irreverente.

No hay risas reglamentadas. Y como la risa es un don creativo, también los administradores y censores, o supresores, de nuestra libertad nos exigirían entregar el resto de nuestras potestades creativas. Escribir solo aquellas novelas que no ofendan al Dios autoritario que los extremistas tienen en sus cabezas; no más caricaturas, canciones ni películas opuestas a la fe de otros, que debemos respetar al precio de pagarles el tributo del silencio.

Un escritor argelino, Kamel Daoud, se está viendo en esas ahora mismo, después de la publicación de su novela Meursault, contrainvestigación, candidata en Francia al premio Goncourt. Un oscuro clérigo salafista que dirige el grupo Frente Despertar Islámico, nada versado en literatura, tildó al novelista de enemigo de la religión, y llamó a su ejecución pública “por la guerra que está instigando contra Dios y el profeta”.

Ahora Daoud se halla bajo amenaza de muerte, aunque la solución, para su tranquilidad, hubiera sido presentar primero su libro a la censura de un ungido de la fe, que apenas sabe leer, a fin de que suprimiera lo que no fuera de su gusto. Y los caricaturistas de Charlie Hebdo estarían vivos si hubieran hecho lo mismo, someter sus dibujos a los dueños de la sanidad religiosa, que no entienden de bromas ni de risas.

Así viviríamos todos felices, serios y callados, contemplando en la pared de nuestras celdas mentales el rótulo: “Prohibido hablar, prohibido reírse”.

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