• Caracas (Venezuela)

Sergio Muñoz

Al instante

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Cuando leí que Luis Almagro, candidato único a la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos, dejaba en manos de Unasur exigir la libertad inmediata del preso político venezolano Leopoldo López sentí un escalofrío.

¿Será este el mejor candidato para rescatar a una institución que ha perdido la credibilidad después de una década de irrelevancia bajo el mando de José Miguel Insulza?

Almagro ya es el secretario general de una institución que como me dice Peter Hakim, presidente emérito del Diálogo Interamericano, “no cuenta con representantes permanentes de Estados Unidos, Canadá y Brasil, tiene serios problemas financieros y en la que las diferencias políticas e ideológicas imposibilitan cualquier acuerdo en temas políticos o de seguridad”. Peor aún, instigados por las naciones pertenecientes al Alba, los países suramericanos eluden a la OEA y prefieren discutir los problemas hemisféricos en Unasur, que excluye a Estados Unidos, Canadá, México América Central y el Caribe.

El divorcio ideológico del hemisferio es un obstáculo real para que la OEA funcione como instancia de resolución de conflictos continentales. Y más cuando su nuevo secretario general admite que será Unasur la que decida si el asesinato y la encarcelación de la oposición constituyen una violación de los derechos humanos de los venezolanos.

Lo preocupante es el señalamiento que hace el director del Centro de Periodismo Investigativo en las Américas, Ezequiel Vázquez-Ger, quien relata que Almagro ha sostenido varias reuniones con el ministro de Relaciones Exteriores de Ecuador para acordar una agenda común. Ecuador ha liderado el esfuerzo por socavar el trabajo de la CIDH. Por otro lado, como ha escrito Vazquez-Ger, “a juzgar por lo que está pasando en Venezuela, parecería que el objetivo de Unasur no es defender a los ciudadanos de violaciones de derechos humanos por parte de sus gobiernos, sino para defender a los gobiernos de las quejas de sus ciudadanos”.