• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

La ventana indiscreta

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Spike Jonze es un poeta melancólico de los asuntos de la posmodernidad, como la pérdida de la identidad, la repetición de las mismas ideas, el síndrome de Peter Pan.

Sus personajes habitan mundos paralelos y alternativos, no muy lejanos de nuestra realidad.

En Being John Malkovich, el protagonista descubría un túnel de conexión con la mente de un actor célebre para manipularlo a placer, a la manera de un títere.

El guión aludía a la búsqueda de la fama, a cualquier precio.

Por su parte, Adaptation, otra gran pieza del cineasta, reflejaba las angustias de los libretistas de la meca, divididos entre copiar fórmulas o el intento de capturar un soplo de originalidad expresiva, albergado detrás de la vida común.
Ahora la cartelera brinda la oportunidad de disfrutar de la más reciente obra maestra del autor, Her, delicado ensayo sobre el amor líquido en el tiempo de las nuevas tecnologías.

En la cinta, la cámara flota alrededor del deambular taciturno de Joaquin Phoenix, abatido por el despecho y el recuerdo de una relación truncada.

La linealidad del relato se interrumpe por evocaciones de un pasado bucólico en pareja, mientras el presente del antihéroe es gris y depresivo, aislado por un entorno digital de diseño. Bien podría ser una proyección de la sociedad mediatizada del tercer milenio.

De hecho, el arquetipo del filme cumple un papel de víctima y victimario de la interfaz cibernética. Vive de la escritura de cartas románticas para terceros, sumergido en la burbuja de los procesadores personales.

Los aparatos le proporcionan consuelo y desahogo a su soledad, al punto de cambiarle el rumbo de la existencia. Así conoce a la nueva chica de sus ojos: un programa informático, una aplicación con la voz de Scarlett Johansson. Pronto surgen las ironías, las paradojas, las contraindicaciones en el uso del sistema.

Por un lado, renace la ilusión en el amor. Con ella, Joaquin Phoenix practica desde sexo a distancia hasta una forma de terapia psicológica.

Sin embargo, la esperanza empieza a esfumarse, cayendo por su propio peso. Entonces Her denota el riesgo de la dependencia afectiva hacia la cultura replicante, clónica.

La pantalla exhibe, juzga una conducta asumida por el público, por el espectador, enganchado a sus teléfonos inteligentes.
El drama y el humor convergen en la trama. El absurdo preside la mayoría de las acciones. La comedia es sutil, minimalista, de fábula distópica.

El realizador se crece en el desarrollo del segundo acto y atina a cerrar con un plano desolador del hombre frente al colectivo, a la masa extraviada dentro del laberinto de la ciudad cosmopolita.

¿Hay algún defecto notable? Los puristas reclaman el tono predecible del argumento, al vincularlo con la tesis del largometraje Simone, cuyo origen data del año 2002. ¿Un chiste reciclado luego del paso de una década? No es para tanto. Los críticos también se quejan de ciertas situaciones inverosímiles, a lo mejor impostadas. Es el caso del secundario de Amy Adams, sacado de la chistera del escritor a conveniencia del director. Ciertamente, son cuestiones válidas, a tener en consideración.

No obstante, según el juicio de nosotros, Her supone un trabajo de alta depuración en lo ético y moral, adoptando una inteligente postura de diálogo con el receptor del mensaje.

Reivindicamos su deconstrucción del discurso folletinesco, como diría Roland Barthes, a la inversa de las clásicas recetas edulcoradas.
Usted merece disfrutarla en la sala oscura.