• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

La máscara del poder

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La pantalla proyecta la imagen de un avión volteado, cayendo al vacío. La película se llama El vuelo, la dirige Robert Zemeckis y la protagoniza Denzel Washington. El piloto aterriza de milagro, salva la vida de sus pasajeros y la mediática lo erige en héroe accidental de la semana. Pero el personaje oculta un doble rasero. Por fuera, es el ícono del sueño americano, del hombre afrodescendiente amoldado al patrón de éxito de la generación Obama. Un arquetipo de la ambigüedad ética y estética del poder.

Por dentro, el aeronauta lleva la procesión de un adicto al licor y las drogas duras, cuyos efectos parecen estimular el sexto sentido del conductor de la hazaña. Realizador y actor conspiran por largos minutos para burlar la alcabala de la corrección política impuesta por la censura de Hollywood. Convocan a John Goodman al recital interpretativo y lo disfrazan con la estampa de un camello trasnochado encargado de suplir estupefacientes al amigo vicioso, aquejado por la culpa y la depresión.

Distinguimos el tributo al Jeff Bridges de El gran Lebowski. El humor negro y la ironía del autor de Volver al futuro amenazan con adueñarse de la puesta en escena, hasta el final. Sin embargo, el realizador hunde la palanca en el retroceso para emprender un viraje de 180 grados hacia el desenlace de la historia. La conclusión reabre la caja de chocolates de ForrestGump, mientras el Tom Hanks de la moraleja confiesa sus pecados y delitos ante la cámara. Posibilidad de redención sólo contemplada en los tribunales de justicia de la meca. Recuerden el mismo cierre en Código de honor. Ojalá la realidad fuese así de honesta y transparente.

Con todo, la polis paralela del cine ofrece sus píldoras de conocimiento. De acuerdo con el mensaje de El vuelo, la democracia exige un ejercicio de autoconciencia por parte de los responsables de sus descalabros, catástrofes, corruptelas y fraudes a la nación. En el mundo idealizado del creador de El Expreso Polar, las manzanas podridas pagan sus delitos y errores de cálculo en prisión. La cinta Poder y traición, también en cartelera, apuesta por un enfoque menos optimista de los manejos dolosos de la república.

La impulsa y caracteriza el productor satírico de Argo, George Clooney, secundado por la promesa de RyanGosling, el rebelde con causa o el Robert Redford de los dilemas contemporáneos del ala progresista del sistema de estrellas. Ambos ilustran la compleja red de intereses escondida detrás del mercadeo de un candidato del partido del inquilino de la Casa Blanca.

Otra vez contemplamos la gran diferencia entre el discurso populista y la acción de los líderes de turno, adiestrados por pragmáticos asesores de publicidad. El filme revela el oportunismo del lenguaje de la propaganda para acoplarse a los designios de la masa cautiva. Por supuesto, la crítica es sutil y roza la punta del iceberg del conflicto. Igual cabe apreciarla en el contexto de las elecciones recientes de Venezuela.

En el fondo sufrimos problemas comunes. Existe el peligro cierto de quemar una identidad en el fuego de las guerras banales de la comunicación. La fama implica el riesgo de ganar audiencia, a costa de perder autonomía. El régimen de la apariencia afecta a tirios y troyanos. Urge desmontar el síndrome de la mentira fresca.