• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

No es otra tonta película de superhéroes

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Screen Junkies fabrica críticas lapidarias de las películas a través de una famosa serie, transmitida por Youtube, llamada Honest Trailers
Al canal de la red social no le hará falta dedicarle uno de sus irónicos avances a Deadpool, pues contiene el suyo en la hilarante sección de créditos. Toda una declaración de principios estéticos.
Así de consciente, mordaz y deconstructiva es la socarrona ópera prima de Tim Miller, nominado al Oscar en la categoría de cortometraje y responsable del diseño de la secuencia de apertura de Thor: The Dark World.  
El despiadado prólogo anticipa, a modo de titular del Chiguire Bipolar o de un un sketch de Saturday Night Live, el desarrollo tragicómico de la cinta, una sanguinaria autoparodia del género de superhéroes y de una cierta tendencia del cine inspirado en las historietas gráficas de Marvel, cuyas tramas y estereotipos son puestos al desnudo por el filme, como si fuese un cínico collage de citas y referencias gestado por la verborrea posmoderna de un fan de Tarantino, quien con el poder de las imágenes y las palabras se encarga de develar desde los dispositivos de las corrientes clásicas hasta las estructuras de las vertientes de explotación.
Se trata del mismo procedimiento asumido por dos leyendas del pánico anglo, Wes Craven y Sam Raimi. Agotados los códigos del terror a finales de los setenta, ambos emprenden la tarea de dinamitar sus fórmulas a partir de los ochenta en tres sólidas franquicias del teatro macabro del absurdo: Evil Dead, Pesadilla en la calle del infierno y Scream. Aunque usted no lo crea, Deadpool le debe mucho a cada una de ellas. 
De la primera resucita el espíritu burlón y caricaturesco, influido por las vertiginosas, lúdicas y satíricas viñetas animadas de Chuck Jones y Tex Avery, un binomio de oro.
La lógica subversiva del largometraje se arma y desarma como un bucle, un rompecabezas de clichés disparatados, un espiral hiperviolento y sádico de gags vertiginosos o minimalistas, cual episodio sarcástico de Looney Tunes, marcado por la sensibilidad after pop y de contracultura de masas de Los Simpson.  
Fallecido Umberto Eco, Apocalípticos e Integrados conviven en son de paz y de guerra dentro del entramado audiovisual de la obra.
El realizador dosifica la velocidad de su metralleta de efectos, para dejar bien en claro cómo opera la máquina del circo contemporáneo de las cámaras lentas, las coreografías imposibles y los tradicionales enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Una forma de ajustar cuentas, de reírse de Michael Bay, de la desmesura de la acción mainstream, del hiperbólico despliegue de medios técnicos.
De la saga de Freddy Krueger, Deadpool hereda y replica el humor negro de su carbonizado monstruo carismático, siempre dispuesto a comunicarse con el público y a romper la cuarta pared, tipo Godard remedado por un Bugs Bunny quemado al fuego de un artificio mutante, sin mordaza o reparo en lo políticamente correcto.
Encarnado por Ryan Reynolds, el personaje principal va tirando bombas con su lengua viperina, al margen de la calidad de su carga maldita. Precisamente ahí radica el chiste, en disparar punch lines a mansalva de puro non sense, a la usanza de los hermanos Marx. Por inercia, algunos dan en el clavo, varios se digieren a dentelladas palomiteras. Pero en su completo descargo, la saturación verbal beneficia el ritmo del montaje y le garantiza un “plus” al guión deslenguado.
Además, el actor se saca la espina de Linterna Verde, considerada una de las peores adaptaciones de un cómic.
Deadpool reivindica al intérprete y le permite concretar su revancha dulce, en un libreto definido por el argumento universal de la venganza, según una clara relectura sardónica. Por ejemplo, lo opuesto a la redundante y solemne Taken, destrozada en una de las ácidas intervenciones de la estrella del reparto.   
Por último, la esencia de la saga de Ghost Face se palpa en la convicción del autor por despertar a la audiencia, enseñándole los trucos y los embelecos de un espectáculo degradado por su reproducción mecánica.
El enmascarado quiere enterrar al cuerpo descompuesto, por exposición múltiple a la radiación comercial, en una fosa común. No es casual el título, Pozo de la Muerte. Tampoco la enfermedad sufrida por la figura del elenco, el cáncer.
¿Deadpool es la cura para el síndrome de la clonación indiscriminada de un signo? Es inútil perdirle tanto.
Pronto llegarán sus secuelas y acabarán por abastecer a un mercado del descontento, urgido de carne fresca.
Al menos no existe el interés mesiánico y demagógico por salvar a la humanidad. Solo resta por disfrutar del viaje hacia el fondo de un abismo sintético y plástico, de la mano de un guía nihilista, secundado por su fiel escudera ciega (adicta a la cocaína).
Un retrato grotesco y gracioso de nuestra condición de espectadores y consumidores de una cadena de afectos y situaciones predecibles, de manual.
El chico encuentra a la chica, devuelve la estabilidad al planeta, derrota al villano de la función y flecha el corazón del happy ending. Con una gran diferencia a la regla de costumbre. Deadpool te ofrece la llave para abrir la olla podrida, distanciarte del reinado del simulacro veraniego, escapar del círculo vicioso. En el propio epílogo te despide, invitándote a abandonar la caverna de Platón.
Ya es cuestión personal tomarlo como un consejo, entenderlo como una alerta de spoiler para futuras experiencias de corte similar o quedarse enganchado en la repetición de la dosis. Dilema complicado e intenso.
Optamos por meditarlo luego y apostarle a propuestas de semejante calado metalingüístico. En dos platos, un placer al borde de lo culposo. En realidad, una de las imbatibles e imprescindibles de su rara especie.