• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Sin sombra no hay luz

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Hoy proseguimos con el repaso de la grilla del Festival de Cine Español 2014. Todavía quedan por destacar y comentar un puñado de títulos. El primero de ellos, Caníbal, no contó con el respaldo ecuménico del público. Sin embargo, convenció a la crítica. El filme, para ser honestos, se encuentra a varios kilómetros de distancia del resto de la selección oficial.

Dirige Manuel Martín Cuenca y protagoniza Antonio de la Torre. Es un largometraje frío, abstracto, implacable y sin concesiones.

Describe la doble vida de un hombre solitario, dedicado a su oficio. Trabaja como sastre, hace trajes a la medida, incorpora a una figura respetada de su comunidad.

Se escuda en una máscara permanente de seriedad y formalidad, pues esconde un lado oscuro. Como un vampiro, como Hannibal Lecter, tiene un apetito insaciable por la carne humana. Las mujeres son sus víctimas, a quienes disecciona y devora de forma mecánica. Pero pronto su rutina será alterada por la presencia de un curioso juego de espejos, a la manera de Vértigo de Hitchcock. Unas hermanas gemelas, de origen rumano, confundirán y moverán los cimientos del Drácula castizo, llevándolo a cuestionar su existencia.

El mérito de la pieza radica en no juzgar a su protagonista, bajo un código de corrección política. La fotografía expresionista y fantasmal desnuda la doble moral de un personaje emblemático. Símbolo y arquetipo de problemas latentes como la violencia doméstica, la guerra de sexos, la deshumanización, el vacío,  la depredación mutua y la aparente domesticación de los instintos básicos. Una cinta de una absoluta identificación con las obras maestras de los grandes de la madre patria: Buñuel, Berlanga, Saura y Azcona. Caníbal certifica la vigencia del conflicto entre civilización y barbarie.

Por ahí mismo van los tiros de Las brujas de Zugarramurdi, comedia explosiva, aunque irregular, del siempre oportuno Alex de la Iglesia, especialista en el asunto contemplado. Por algo se trata del autor de El día de la bestia.

La obra inicia con la consumación, a plena luz del día, de un insólito atraco en la Puerta del Sol, otrora ícono de la marca turística madrileña, hoy venida a menos y aquejada por los embates de la crisis. Buhoneros disfrazados de Winnie the Pooh y Mickey la convierten ahora en una suerte de Eurodisney, solo a un paso del tercer mundo.

Los ingenuos y aficionados aprendices de delincuentes buscan escapar con el botín, en una parodia de las típicas persecuciones de Hollywood. Lograda secuencia de acción y humor negro.

Del ambiente de un absurdo policial, Las brujas de Zugarramurdi deriva en el relato de pueblos malditos y encantados. Es decir, los forajidos terminan escondiéndose en una pequeña localidad de Navarra, controlada por una serie de hechiceras vascas.

Entonces, la picaresca de costumbres deviene en una pócima de cine de terror, cuya digestión no logra saciar el estómago de los fanáticos del creador de Muertos de risa. Algo se queda a medio camino, a pesar de comprender la intención de fondo.

La idea, compartida por Caníbal y Ocho apellidos vascos, es burlarse de las paradojas de un país, dividido por regiones y fragmentado por las luchas de clanes, por las reyertas intestinas.

Al final, Las brujas de Zugarramurdi también habla de la persistencia del arcaísmo, del choque de la tradición con la modernidad. De su guion lamentamos su enfoque de inquisición femenina, de caricatura unidimensional. Para equilibrar la balanza, aquí tampoco parece salvarse nadie del abismo, del Laberinto del fauno (Guillermo del Toro). 

Por último, El cuerpo secunda los conceptos pesimistas, antes versados. Desarrolla una ambigua trama de suspenso y misterio, coronada por un desenlace demoledor sobre el origen y la planificación de una venganza. De nuevo, No habrá paz para los malvados, nos sugiere el eco del libreto.

Ante la impunidad del poder, el ciudadano de a pie busca justicia por su propia mano. Un dilema complejo y discutible. En cualquier caso, ejemplo de las tensiones y fracturas de una sociedad como la nuestra.

Para reconciliarse con el optimismo, podemos recomendar las demás películas ligeras del catálogo. Una diversidad de opciones de entretenimiento, cuya originalidad e identidad responden a las demandas del gran público.

Del grupo “suave” del programa, aprovechamos para reivindicar La vida es fácil con los ojos cerrados. Una digna road movie con un justificado y emocionante happy ending. Una agradecida cuota de esperanza en medio de una ración de “rollos” sombríos.