• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El renacimiento de una nación

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Cuatro películas diferentes, pero similares en su contenido. Nominadas a los premios de la Academia, edición 2016. Definen una tendencia del mainstream, con espíritu independiente, valorado por las diversas categorías del Oscar.

Desarrollan guiones lineales, cronológicos y de formato clásico. Introducción, punto de no retorno, nudo y resolución del conflicto dramático. No destacan, precisamente, por su voluntad de romper códigos argumentales preestablecidos.

Exponen la crisis de los modelos y arquetipos del sueño americano. Apuestan por su reconstrucción, desde el ámbito de lo individual a lo colectivo. De menos a más, las vamos desglosando.

Cine de rearme moral lo calificó Román Gubern en los ochenta. Fue consecuencia del síndrome de Vietnam y el clima político de recuperación de la autoestima, proyectado por la gestión republicana del gobierno de Ronald Reagan. Las cintas de hoy en día reavivan aquel ánimo de reivindicación, bajo una línea editorial permeada e influida por los grandes problemas de la agenda contemporánea: el efecto de la recesión económica, la desarticulación del tejido social, la disfuncionalidad familiar y la orfandad del sujeto posmoderno.

Joy busca una respuesta en el espacio micro de una joven emprendedora, quien conquista el éxito y la fama después de sortear una serie de obstáculos. Típica historia de superación de la adversidad. Se salva de ser otro prescindible libro de autoayuda, por la satírica dirección de David O. Russell.

De forma consciente, el autor devela la naturaleza artificiosa de su cuento de hadas al emparentarlo con los relatos aspiracionales de la caja chica, como si la protagonista fuera un personaje alienado por las fantasías de la programación televisiva (infomerciales, soap operas).

La resiliencia también constituye un factor determinante para rescatar a la heroína de su bancarrota existencial. Al final, alcanza el ansiado reconocimiento profesional en medio de un tradicional happy ending. El desenlace es consolador, populista y renuncia al costado agridulce de los dos primeros actos. A pesar de lo condescendiente de su epílogo, un filme entretenido, liberador, feminista y sintomático. Ante el desmantelamiento del estado de bienestar, mujeres y hombres deben arreglárselas por su cuenta.

Room sigue un derrotero análogo, aunque más trágico, opresivo y hostil. Una síntesis de las pesadillas del aislamiento, la inseguridad, el secuestro y la patología a la vuelta de la esquina. A una chica la raptan, la encierran y la violan en una habitación del pánico, durante años. Logra escapar con su hijo, concebido en cautiverio. Queda traumatizada. De nuevo, el respaldo de incondicionales, espontáneos y padres brindan apoyo a la víctima para resucitar de las cenizas.

Si exceptuamos el alto perfil de las interpretaciones principales, se trata de una pieza convencional de presupuesto modesto. Redunda sobre la conclusión de la obra anterior. Luego del trastorno de una inmerecida reclusión, surge un foco de esperanza hacia la clausura de la función. Aun así, el último plano despierta inquietud. En realidad, se palpa una tensa calma en la pantalla, cuando los créditos empiezan a descender.

Creed golpea con fuerza en el mismo cuadrilátero sentimental, analizado hasta ahora. Representa el spin-off o la versión afrodescendiente de Rocky, a la usanza de las escuelas alternativas y periféricas.

El realizador ganó el Festival de Sundance por Fruitvale Station, una denuncia en contra del racismo de la brutalidad policial. A partir de entonces, Michael B. Jordan es el actor fetiche del creador emergente, un outsider integrado a la industria. La sangre fresca le proporciona un segundo aire a la franquicia del veterano Balboa, cuya evolución creíamos extinguida.

Entre motos, pupilos, ediciones vertiginosas, texturas y una batería de aciertos estéticos, Stallone vuelve al ring de la cartelera para cederle el testigo al hijo de su amigo y rival, Apollo.

Emocionante, nostálgico y salvajemente fotografiado, el largometraje de Ryan Coogler ingresa cómodo al ranking del género pugilístico. Nos obsequia un paquete de secuencias inolvidables y furiosas. Se da el lujo de revisitar al Clint Eastwood crepuscular del siglo XXI, fungiendo de bisagra, homenaje y testamento de un ícono de la cultura pop. Por supuesto, garantiza su dosis de estimulante de neuronas deprimidas. Cumple con arrancarle varias sonrisas y lágrimas de felicidad al espectador. Más allá de lo prefabricado o no del producto, la gente quiere reconciliarse en la sala oscura con valores al borde de la escasez (la solidaridad, la amistad y el afecto intergeneracional). ¿La demagogia de costumbre? Preferimos disfrutarlo de manera terrenal, como la lucha por los derechos de los discriminados y huérfanos de siempre. Victoria por nocaut de los supuestos perdedores. 

Steve Jobs culmina el ciclo. Es la grande del cuarteto y apenas ofrece un pequeño respiro en sus minutos decisivos. Ahí se redime el egocéntrico, calculador, arrogante y mefistofélico genio de la computación. El escritor Aaron Sorkin lo deconstruye en una ficción de un ritmo endiablado y electrizante, a base de diálogos filosos, desoladores y brutales. Michael Fassbender se desdobla en la figura bipolar del emblema de Apple. Desnuda sus matices expresionistas, maquiavélicos y ambivalentes. Danny Boyle lo retrata en tres facetas dispares. Diluye su imagen mítica y derrumba parte de su intocable aureola. Por tal razón, incomoda a los fanáticos del ídolo y desata encendidas controversias. Su pesimismo la condena y le pasa factura en taquilla. Nosotros la defendemos y estimamos.

El poder absoluto envilece y corrompe. Tampoco es una opción. Del reencuentro con la humildad renace el humanismo de Steve Jobs. Símbolo de un país, de un mundo y de una corriente audiovisual, marcada por los desgarros de una época escindida.