• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

La pornografía apocalíptica de Alejandro González Iñárritu

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Fuego fatuo, el arte en todo su esplendor hipster. El renacido supone un depurado ejercicio de saqueo cultural, amparado por la Academia, al regalarle doce nominaciones al Oscar. Mientras, excluyen al verdadero cine disidente parido dentro y fuera de la industria. El representado por títulos como Tangerine, Trumbo, Listen To Me Marlon o la descomunal Straight Outta Compton, por citar algunas. El mal entendido con Alejandro González Iñárritu comienza desde hace tiempo. No es noticia.

Arranca por sus lecciones de moral, para dummies, envueltas en un celofán de un supuesto realismo sucio y descarnado, pero auténticamente binario, superficial, choronga y catequizador. Meras canciones de Ricardo Arjona disfrazadas de relatos duros, trascendentes y complejos en su estructura.

Sin embargo, detrás del artificio del autor, solo encontramos aire, humo y la recreación del peor melodrama de la cadena Televisa, aunque con actores de la meca. Novelones ampulosos, inflados por la prensa, protagonizados por un desfile de estrellas retroprogresistas y seudoconcienciadas (Javier Bardem, Sean Penn, Brad Pitt).

El colmo de la burbuja del realizador llega con la exaltación de la gansada de Birdman al Olimpo de la historia de la cultura audiovisual. Un filme tramposo y trucado, como su forzado plano secuencia y sus arbitrarias consignas del guion: el genocidio de Hollywood, la pornografía apocalíptica del género de superhéroes. Pamplinas diseñadas al gusto de un público snob, fácil de engatusar. No soportan el menor análisis. Solo recuerde usted el tráiler de Watchmen y ríase con confianza del falso credo de Alejandro (alias “el Negro”).

Ahora el cómplice del “genio”, con pies de barro, es Leonardo DiCaprio, actor del método, vendedor de chimeneas y reconocido por papeles estupendos, al servicio de veteranos consagrados (imbatible con Martin Scorsese, imponderable a las órdenes de Clint Eastwood).

Paradójicamente, ganará el Oscar, después de cinco intentos y ante la ausencia de una competencia de altura, por comer el pescado crudo, sobrevivir al ataque de un oso pardo, dormir en la barriga de un caballo, lanzarse a un abismo suicida y resucitar de entre de los muertos de una de las estafas más flagrantes de los últimos años.

The Big Short denuncia el desfalco de la banca y sus secuelas. El renacido exhibe, involuntariamente, un choreo estético y posmoderno, con pretensiones de clásico automático, de western indómito.

La verdad es un collage de estampas fotocopiadas de un álbum de cromos de Herzog, Tarkovski, Malick, Ford, Gibson, Weir y Cameron, sintetizado en una trillada pelea de vaqueros, cuerpo a cuerpo, a lo Depredador, salvando las distancias, pues aquí la brutalidad debe venir acompañada de “frases importantes”, incluidas a juro para imprimirle el sello de calidad “personal” al subproducto.

Simple y llanamente se nos cuenta una estereotipada tragedia de venganza y redención, legitimada por un calculado mecanismo de efectos y golpes bajos. La especuladora reivindicación de las tribus originarias. Las imágenes bucólicas y metafísicas, secundadas por vuelos oníricos y sueños calcados de una fantasía de Disney (Pocahontas).

La visión etnocéntrica camuflada de defensa de las etnias arrasadas por la colonia. El hombre blanco, la estrella lidera el reparto. Los indígenas son el relleno, el telón de fondo y la fuente de inspiración del mártir. Reciclaje de la ideología culposa de “Danza con Lobos”. Encubrimiento del mito reaccionario del “buen salvaje”. Extrapolando las palabras de Slavoj Zizek, la compasión por el “otro” oculta su explotación vampírica. Una balada típica de una lectura caricaturesca del marxismo, al nivel de los dogmas alienantes de la revolución bolivariana. 

Las cámaras lentas del desvarío ostentoso de Nolan, acompañadas por una música de librería instrumental en clave de “escuchen los ecos del sublime horror del Lejano Oeste”. La cursilería rampante de almas levitando sobre un vacío metafórico agotado y redundante. El desenlace de reminiscencias coppolianas (Apocalipsis Now), lastrado por un mensaje predecible, conservador y reduccionista.

El villano unidimensional paga por sus fechorías y el renacido cumple con su tarea de impartir justicia, por su propia mano, antes de ascender al reino de los cielos. Okey. ¿Ya captaron la trampa cazabobos? Es El conde de Montecristo meets La Pasión de Cristo en el infierno de un bosque invernal, arropado por pieles de factura sintética.

¿Cuál es el barullo entonces? El de una época conformista, desmemoriada y urgida de dosis de opio, encapsuladas en píldoras de larga duración. Una épica del encanto y el desencanto kitsch, irónicamente gore y sadomaso.

¿Quién entiende a González Iñárritu? Es como un demagogo chavista. Si para Diosdado ser rico es malo (menos para él), para “el Negro” lo triple X funciona, cuando lo adorna y enaltece con su sermón trucho de la montaña.

Lo dicho. El renacido te chulea con el sabor procesado y adulterado. La esencia original radica en lo desdibujado por la paleta del pintor de brocha gorda. El rey tuerto de un mundo ciego. La esperanza para la ignorancia hecha virtud.