• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Ni policías ni víctimas del fashion

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El documental The True Cost nos invita a preguntarnos cuestiones urgentes sobre la industria de la moda, su manera de procesarse, consumirse, domesticarse, degradarse y reinventarse, para buscar un pequeño resquicio de humanidad en un mundo subyugado por el régimen de los falsos semblantes, la esclavitud, la precariedad laboral y las apariencias engañosas.

Pagamos un alto precio por la ilusión de las rebajas permanentes y los bazares de descuento. Los pliegues de la belleza barata ocultan puntadas e hilos de sangre.  

Pero la moda, tal como la conocemos en la actualidad, no preocupó a Sócrates, cuyo legado pasó a la historia no precisamente por el cuidado de su imagen. Fundó una escuela de pensamiento, sin prestarle una mínima atención al mal estado de su atuendo.

Hoy no faltaría un diseñador hipster que considere cool hacer un desfile de túnicas al estilo de Sócrates, para lucir al descuido programado en las calles de Brooklyn.

Por su lado, los monjes budistas tampoco sienten presión por comprar alguna prenda de vestir, en aras de alimentar su autoestima y buscar la aprobación de los demás. Les basta con recubrir su cuerpo bajo una manta unicolor y asumir su lógica de la renuncia total, en la que solo necesitan del alimento, la comida y la meditación para ser felices. 

¿Por qué entonces las mujeres y los hombres de Occidente hemos devenido en un rebaño de víctimas del fashion?

¿Somos realmente libres, independientes y autónomos a la hora de definir nuestra identidad con una combinación de telas, bordadas por las máquinas de coser de las fábricas y maquilas de lo trendy, lo mainstream, lo alternativo?

¿El ecofashion, la alta costura con responsabilidad social, el pret-à-porter dedicado a los “niños pobres”, son meras expresiones de la mala conciencia, de la frivolidad demagógica, de la necesidad de lavarle la cara a una firma, con el único propósito de dar un saludo a la bandera y expiar los complejos de culpa de la producción textil en masa? 

Si queremos responder a las preguntas, deberíamos repasar y revisar ciertas fuentes, antes de llegar a una conclusión dogmática, binaria y cerrada.

Comencemos por un flanco divertido y contemporáneo de abordar el problema, el representado por la película Zoolander 2.

Reciclando el molde de la cinta original, la secuela se propone seguir develando las costuras del materialismo histérico, de los trapos y su gente posmoderna.

Ben Stiller, el director de la pieza, ofrece la mirada menos complaciente de la escena dominada por los indies, los gafapastas, las ridículas campañas de publicidad de marcas establecidas, la viralización del narcisismo por redes sociales, la aniquilación del estrellato pop, las conspiraciones de las mafias for export, las sectas de los inquisidores de las temporadas de otoño, invierno, primavera y verano, desde un Will Ferrell transfigurado en una caricatura de Karl Lagerfeld hasta la propia emperatriz de Vogue, Anna Wintour, secundada por Valentino y compañía, a la espera de un sacrificio por obtener una gota de la ansiada fuente de la juventud.

A punta de selfies autodestructivos, el largometraje apela a los recursos del grotesco, la farsa, la sátira política y la parodia, en una versión monstruosa, al límite de un freak show, de la dictadura de la “idiocracia”, del teatro del absurdo de las pasarelas y sus arbitrarios designios. Es el lado oscuro de la fábula moral, conservando la línea de varios argumentos planteados por el trabajo de no ficción, The True Cost.

Parte de una corriente audiovisual, abocada a desnudar a los paraísos artificiales y fiscales de la confección al por mayor. Sus daños colaterales, sus efectos derivan en la contaminación del planeta, a merced de la explotación indiscriminada de las reservas coloniales de algodón. Una nueva forma de adoptar la vieja práctica de la pesadilla de Darwin.

En un tono diferente, concluimos con la relectura de dos autores indispensables. Así abrimos el abanico de las opciones y sumamos a otras voces a la conversación.

De acuerdo con Gilles Lipovetsky, vivimos en una era de éxtasis líquido y satisfacción inmediata a la carta. Ello nos enfrenta a un dilema: aceptar lúdicamente las condiciones del sistema o intentar imprimirle un sello subjetivo al dispositivo de control, a través del reforzamiento de nuestra creatividad individual.

Nicola Squicciarino comparte la idea del sociólogo francés al reivindicar un paradigma de flujos descentrados, por encima de los estándares piramidales y verticales instrumentados por los dueños del negocio a escala mundial.

Los ciudadanos abandonan su rol de esponjas, expuestas a la absorción pasiva del goteo de los símbolos de estatus, a fin de participar activamente en la construcción del mercado de bienes y servicios.

Nos distanciamos de las máscaras y los disfraces del carnaval del poder. Nos aproximamos a un look capaz de reafirmar el espíritu, la esencia y la ética de las personas de a pie.

A propósito, cabe rescatar dos magníficas citas del libro El vestido habla. Con ellas nos despedimos, por lo pronto, en el ánimo de sembrar inquietudes y despertar el interés por la discusión del tema.

“No se puede saber cuánto influye la ropa sobre la educación. La ropa más sencilla, más cómoda, la que menos le oprima es siempre la mejor”.

“Si en vez de vivir la moda la padece, el hombre corre el peligro de perderse a sí mismo, de alienarse, de transformarse en un maniquí inanimado de mirada ausente, sin objeto, sobre el que se colocan prendas de vestir con la finalidad de exponerlas, pero con las que no se expresa ni se elabora una figura de su identidad personal y social, indispensable para la constitución de la propia e irreductible diferencia”.